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domingo, diciembre 06, 2015

La casa de la ahorcada V (fin)

El hombre me miró con rabia. No quería escuchar una historia sobre ahorcadas. No después de que le hubiera contado mi sueño. No después de que hubiera ido a su casa, hubiéramos tomado juntos, nos hubiéramos acostado semidesnudos en la semioscuridad. No quería seguir escuchando mis cuentos, mis historias que siempre terminaban ahí, en las palabras. Me puso de nuevo las manos en el cuello, con más violencia y me dijo que estaba cansado de mis vueltas. Que esta vez se iba a hacer lo que él quería. Ya no podía hablar, yo, con la presión sobre mi garganta. Me dio vuelta agresivamente y sosteniendo con una mano mi nuca contra el colchón y con una rodilla sobre la espalda, tomó una sábana que había quedado desparramada por el suelo y soltándome la nuca pero aún aplastando mi cuerpo, la usó para atarme las manos.  Volvió a presionar mi cabeza contra la cama: era la única forma de que parara de gritar.
A pesar de que intentara moverme, de que intentara zafarme de su peso, no podía lograrlo. Él se estaba terminando de sacar la ropa y no dejaba de murmurar que ahora se iba a hacer lo que él quería. Con fuertes rodillazos me abrió las piernas. Yo solo podía llorar y mis lágrimas se mezclaban con la transpiración y la humedad del ambiente. Tenía su pija a centímetros de mi cuerpo cuando las arañas que habían salido de abajo de la cama comenzaron a subir por su cuerpo y por la ventana entreabierta empezaron a entrar cucarachas voladoras de todos los tamaños, mezcladas con el olor a basura que reinaba desde hacía días, que volaban alrededor de él y se posaban en toda su superficie.  Desesperado intentaba sacarse los bichos de encima y perdió el equilibrio, cayendo hacia un costado. Rodé por el colchón y forcejeé unos segundos hasta que logré zafar la sábana que me inmovilizaba las manos. El hombre estaba cubierto de bichos que lo picaban la pija, le caminaban por encima, le entraban en la boca cuando gritaba, en las fosas de la nariz. Con una velocidad que aún me sorprende, tomé mi poca ropa y corrí aún desnuda hacia el comedor, en donde había dejado la cartera. Logré salir del departamento y corrí en bombacha y corpiño dos cuadras, hasta que logré calmarme, vestirme.
En la calle no había nadie, solo se escuchaba lejana la sirena de los bomberos.


A la ahorcada la encontraron cuando vieron que del terreno salían despavoridas en manada, las cucarachas. El cuerpo estaba ya hinchado y el olor de su descomposición tardó de irse del barrio. Estaba colgada del árbol con una sábana, como se suicidan los presos. Hay quien dice que a pesar del estado, en su cara se percibía una mueca relajada. Casi una sonrisa.

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