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jueves, octubre 15, 2015

La casa de la ahorcada IV

Creo que se llamaba Graciela, la ahorcada. Ya no me acuerdo cuándo se ahorcó, es posible que haya sido un par de años antes de que yo naciera o un par de años después, pero no mucho más ni mucho menos. Desde chica que escucho su historia, aunque a medida que fue pasando el tiempo la historia fue dejándose de contar y solo persistió el nombre para su esquina, para su casa que, de alguna manera, era lo que había quedado de ella después de muerta, el reemplazo de su verdadera identidad -que al fin y al cabo ni siquiera recuerdo con exactitud- por la forma de su muerte.
La esquina de la casa de la ahorcada sigue siendo el baldío que era cuando me empezaron a contar el relato. Donde antes había un alambrado, ahora había una pared baja, pintada por los niños del jardín de infantes cercano con murales por la no discriminación, el respeto a la diversidad, todo en muchos colores y con cierta desprolijidad típica -y aceptable- de los nenes chiquitos. El lateral del terreno tiene la pared un tanto derrumbada y desde ahí se puede seguir viendo el interior. No hay nada. Ni basura, ni cacharros, ni plantas, ni arbustos, ni el arbol de donde se colgó Graciela. El pasto cuidado daba la sensación de que alguien todavía se preocupaba por mantener ese lugar. Sabíamos que después de la muerte de la ahorcada y de las tragedias que se desencadenaron en esa familia (que no fueron más que otras muertes, sucesivas en lo inmediato; es decir: las tragedias que siempre golpean repentinamente a las familias) la casa estuvo abandonada durante mucho tiempo o por lo menos durante unos años y que luego alguien fue a vivir allí, pero nunca tuvo cartel de venta ni de alquiler y hasta se rumoreaba que estaba ocupada.
Las tragedias de la familia de la ahorcada son tan difusas a nivel certezas como su nombre y como los actuales habitantes de la casa y como mis recuerdos acerca de ese predio. A esta altura de los años debo ser la única a la que se le ocurre pensar en ello y me gustaría preguntarle a mi madre, a mi abuela, si lo que quedó en mi memoria de esa repetitiva historia es algo real o no pero dudo que incluso ellas lo sepan.
Estaba por llamar a alguna de las dos por teléfono cuando comprendí la fecha que era. Me corrió un escalofrío pues comprendí que como yo sostenía mis recuerdos sobre la casa de la ahoracada en otros recuerdos y en otros recuerdos que llevaban a nada, también sostenía los recuerdos de esa fecha particular sobre instantes que ya dudaba que hubieran sucedido. Las maldiciones y los monstruos se parecen mucho, porque viven de la superstición, de la palabra que rueda y se transmite deformada y de los rituales naturalizados.
Volví a ver las cucarachas saliendo por entre las plantas de hacía unas noches. El calor y el olor a la basura. Y la fecha que era. Puse música y subí el volumen. No quería que los pensamientos -autodestructivos pero no como los de Graciela- me movilizaran de nuevo hacia el teléfono para llamar no a mi madre ni a mi abuela sino a otra persona. A la persona de esa fecha, de esos recuerdos, de esas monstruosidades adictivas.
Pero el teléfono sonó igual. No el de mi casa sino el celular.


Horas más tarde estaba en la semioscuridad de un cuarto, apenas interrumpida por la luz a través de las persianas bajas, relatandole a un hombre semidesnudo, apenas interrumpido por unas bermudas desabrochadas, un sueño en el que casi teníamos sexo violento en un ascensor pero llegábamos antes a destino. Cuando terminé de hablar puso sus manos sobre mi cuello y me preguntó si eso era realmente lo que me gustaba. Si eso era realmente lo que quería. Yo no tenía que estar ahí. Yo no quería estar ahí. Pero tampoco quería no estar. Dejé deslizar uno de mis brazos al costado de la cama y al tocar el piso sentí un cosquilleo repentino, como de arañas pasándome por los lados. Seguía haciendo el calor húmedo y asfixiante que venía soportando hacía días. Se sentía como confusión, como deseo, como venganza pero más que nada, como la fuerza opresiva del desgarro emocional.  Entonces suavemente saqué las manos del hombre de mi cuello y le pregunté si conocía la historia de la casa de la ahorcada.

1 comentario:

Brian Janchez dijo...

Ah, buenisimo! Por fin la seguiste, espero que sigas con ritmo! la radio esta buenisima, saludos a todos los que me conocen.
brian.