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lunes, agosto 03, 2015

La casa de la ahorcada III

La casa de la ahorcada me hacía acordar a la mansión que había aparecido frente a mis ojos una mañana de agosto, un lunes, cuando venía de pagar los impuestos. Venía caminando por una calle que resultaba ser el camino más corto a mi casa pero también el camino más cargado de recuerdos y cuando estaba por cruzar hacia la manzana que resumía gran parte de mi adolescencia y del final de ella, noté que en el terreno que recordaba vacío había una mansión enorme y por sobre todas las cosas, antigua. Me congelé, fue como si ese caserón hubiera crecido ahí mismo mientras miraba. Crucé a la esquina de en frente y me senté en el cantero en donde me sentaba a los diecisiete años hasta que nadie pasara para esconderme en el estacionamiento. Ahora lo hice para mirar, no sin cierto horror, esa casa. Estaba en refacción y por un momento pensé que quizás la estaban construyendo, quizás no había estado siempre, quizás todos esos años que anduve furtivamente por ese barrio, tantas tardes, tal vez realmente no estaba. Pero el hierro de los balcones, las persianas verdes, su arquitectura, cierto desgaste en la vegetación del terreno, me convencieron de que no podía ser algo nuevo.Y sin embargo la sorpresa que me había causado verla ahí, a mí que siempre miro esas cosas -las abandonadas, las derruídas, las viejas- me me daban la pauta de que había algo más. Todo ese universo había cambiado. Me recordaba haciendo ese camino los lunes del último año de la secundaria, en otoño, en invierno, hasta que en agosto se terminaron y solo volvió a darse una vez más a principios de noviembre, por causas fúnebres. Tenía presente la ansiedad, la tensión sexual, los dobles sentidos, la fingida inocencia. Podía ver como todo eso brotaba de los arbustos y de los grafittis de los edificios todos iguales de ese barrio. Pero esa casa no estaba ahí. Esa mansión que me embrujaba nunca había estado. Entre tanta perplejidad imaginé que se trataba del lugar donde todos mis fantasmas -esos fantasmas tristes e inalcanzables, recluídos para siempre en un tiempo muy antiguo- habían ido a hacer morada. Las ventanas y los árboles  de ese departamento; el olor a pis del estacionamiento. Ya nadie vivía ahí, ya ningún amor de esos sobrevivía como tal, el estacionamiento estaba limpio, blanco, enrejado, la ventana ya no tenía las cortinas y estaba cerrada. Yo estaba transitando una reminiscencia ya inexistente y la mansión me decía que el mundo era otro, que la fantasía era la mía y que ella había estado siempre ahí, solo que yo no había estado nunca, realmente en ese lugar.
El terreno de la casa de la ahoracada tenía también ese poder sorpresivo, esa fuerza de la sospecha de lo que en realidad no es, o no era, o no está como lo recordábamos y quizás nunca lo estuvo. No sé si la ahorcada alguna vez imaginó que al matarse iba a dejar hablando al barrio durante dos décadas de ella, de su muerte.

(continuará)

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