Buscar en este blog

viernes, mayo 29, 2015

ídem

Every woman adores a Fascist, 
The boot in the face, the brute 
Brute heart of a brute like you.
Sylvia Plath


Hoy cuando caminaba por los pasillos de Puán me cayó como un baldazo de agua fría -o más bien de café hirviendo del bar- que me queda un mes nada más de esa forma cotidiana de vivir. El 53 atravesando el recorrido una y otra vez, un mes. Las mismas canciones en esos recorridos desde hace años. Las esquinas  ya marcadas, etc. Un mes de esos bancos y esas sillas y los horarios. Después de seis años. Hoy, también, noté que tuve la lucidez en su momento de ver el quiebre que producía ese año. Una grieta irreparable. Quedaba atrás esa yo de acá, de las tardes esquemáticas y la niebla matinal para dar lugar a una otra que aprendía los nombres de nuevas calles y conocía estaciones de subte nunca antes vistas. Comenzaba a darle sentido a la ciudad en la que hoy paso casi todo el día pero en la que sigo siendo turista y sigo inaugurando rincones, cafés, sillones, como en ese momento.
Se quebró mi rutina y con ella mi cuerpo. Los tatuajes son una pequeña marca de eso. Las formas de articular el deseo. Las lecturas en las relaciones de poder. Definí entonces todo el gris de mi identidad que estaba disociado todavía por la barrera de los años que no me habían llegado. En ese momento, creo, los años vinieron en uno solo, de golpe, a transformarme bastante en la mujer que hoy, con seis años más, soy: como amiga, como profesional, como amante, como lectora.  La transformación fue violenta y dejó las huellas de toda violencia. Todo lo anterior me parece demasiado lejano. Pero a partir de ese inicio en Puán y de ese ingreso simultáneo en un terreno emocional y físico al que no había tenido alcance antes, los sucesos quedaron encadenados, con quiebres, sí, violentísimos también, que me destruyeron y construyeron de otra forma, quizás no tanto como individuo -esa es la palabra- sino como adulta. Pero ese pasar por un puente, el dinamitarlo, el nunca poder volver para atrás se dio antes. Se dio hace poco más de seis años. Puedo recorrer con la memoria ese pretérito pluscuamperfecto pero no puedo tocarlo. Y ahora que veo que se agotan
las horas
los pasillos
los bancos
las mesas del bar
tengo una necesidad de llorar inmensa,
como si fuera consciente de que ahora, otra vez, habrá un quiebre irreparable en mi vida, del que no puedo predecir nada más que el pavor.


1 comentario:

Pablo Schipani dijo...

La alegría y el dolor de tener que dejar la geografía que queremos y a la que nos habituamos para ir hacia otros territorios, hacia otros mundos.