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lunes, abril 13, 2015

La casa de la ahorcada II

Aproveché el insomnio a pesar de tener que trabajar al día siguiente y me senté frente a la computadora, a oscuras. La luz blanca del archivo de Word hacía que al mirar hacia los costados siguiera viendo el contorno de las letras del trabajo que había decidido redactar. Parte de la tesis de licenciatura que, si entregaba para marzo, daría como resultado el final de mi carrera. Ese era el verano que tenía por delante: leer, escribir, corregir, acciones repetidas cíclicamente hasta que por fin pusiera el punto final y mi directora de tesis me respondiera, dándome el día y el horario para que le diera el trabajo impreso. La idea de un verano enclaustrada, la expectativa de muchas noches más sentada así, como ahora, con una cerveza al lado y el monitor dejándome ciega no me parecían de lo más atractivas en principio. Pero al estar ahí empezaba a sentir una necesidad acelerada de escribir las ideas que había venido procesando, de redactar sin parar y sin pestañear, moviendo los pies al pensar cómo mejorar un párrafo e incluso parándome, en situaciones más extremas y girar alrededor de la silla. Imaginaba que eso debían sentir los cocainómacos al consumir y no parar en toda la noche. No sé, nunca probé cocaína, pero el cine me había hecho creer que era algo así. Para cuando salió el sol, alrededor de las cinco, me empezó a dar sueño. A las siete tenía que levantarme para ir al trabajo. no había avanzado más de una carilla. En realidad, ni siquiera media: mi actividad había sido tipear y borrar sistemáticamente. Dormí una hora y me desperté. Preparé un mate y salí al balcón, donde la gata había estado durmiendo. Volví a sentir, más tenue pero aún presente, el olor a basura. El calor ya era fuerte. Las cucarachas en el jardín de la calle desde arriba ya no se veían, por lo menos. Me acordé de cómo habían huído cuando abrí la reja, como si las hubiera descubierto in fraganti. Así nos vestíamos con una velocidad impensada y agarrábamos cualquier cosa que estuviera en la pieza para disimular, de adolescentes, cuando estábamos cojiendo por las tardes después del colegio y escuchábamos que se abría una puerta que anunciaba la llegada de un adulto. Así de rápido las mecheras se guardan un par de zoquetes en la cartera.
Lo prohibido desencadena era rapidez, pero al mismo tiempo y de igual manera las invasiones Porque es así también que suben los gatos a los techos cuando alguien invade su espacio. Si la noche anterior no paraba de pensar en la muerte cuando llegué a mi casa y presencié ese panorama en descomposición, las cucarachas huían porque yo las invadía. Porque yo podía pisarlas. Yo podía matarlas. Tenía el ejercicio del poder.
Estaba pensando en todo eso cuando me llegó un mensaje de texto al teléfono. La oficina estaba sin luz. Otra vez, otro verano en que pasaba lo mismo. No teníamos que ir a trabajar.
Podía dedicar todo el día  a escribir la tesis y me lo puse en mente aunque, sabía, no iba a hacerlo.  Como estaba despierta y ya sin sueño, salí a caminar antes.
Cuando pasé por la casa de la ahorcada, me detuve a mirarla con cierta sorpresa. No estaba como la recordaba. Yo, que pasaba todos los días por ahí, hacía tiempo que no paraba a mirarla y ahora me resultaba muy distinta a lo que creía ver todos los días. Ya no estaba el alambrado que dejaba ver el terreno enorme de esa esquina. Ya no estaba el árbol anormalmente gigantesco al fondo, hacia el lado de la casa. El árbol donde, decían, había aparecido una tarde a la hora de la merienda la ahorcada colgada.

(cont)

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