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martes, febrero 03, 2015

La agencia

Me gustan los días en que tengo que trabajar de tarde y salir de la oficina de noche. El edificio, en el último turno, adquiere el abandono momentáneo y virtual de los lugares públicos e impersonales pensados para estar con gente transitando sus pasillos continuamente. Cuando ya no queda más gente que los pocos que somos a esta hora, la luz del atardecer y el silencio reemplazan a los jefes que nunca se quedan más allá de las cinco y media de la tarde. Los edificios de administración pública están repletos de sillas para que esperen los contribuyentes, de escritorios de melamina, de máquinas de café, de dispensers de agua, de cajas llenas de expedientes y resoluciones y planos y anexos que forman paredes y luego pisos, de fotos de familiares y figuras políticas, de afiches del gremio, de pantallas con el próximo número de turno asignado que suenan intermitentemente, de escaleras, de folletos, de relojes, de cámaras. Cuando se van casi todos esos objetos pensados para la multitud y el tránsito constante se transforman en anómalos ante tanta soledad. El turnero marca el último número desde el fin de atención al público y deja de sonar. Las luces están encendidas en oficinas cerradas con llave y vacías. El kiosko cierra. Los bidones de agua van quedando vacíos hasta el día siguiente. Algunas impresoras intempestivamente imprimen lo que quedó trabado en la cola de impresión durante el día: suelen ser varias hojas y todas con membrete oficial. En las tazas sin lavar empieza a hacerse pegajoso el café que no se tomó y las moscas aparecen sobre los platos que quedaron olvidados y los tachos de basura que no se vaciarán hasta la mañana siguiente. No se escuchan voces, solo los carros de servicios generales haciendo mudanzas y las ratas andando con sus chillidos sobre los techos.
Un edificio público vacío es un cuerpo desangrado, muerto pero resucitable cíclicamente. Y nosotros, los que quedamos, tenemos el papel de fauna cadavérica hasta que nos toque fichar

4 comentarios:

Brian Janchez dijo...

Ayer, cuando fui a comprar comida ahi, me fije la fachada del cine, que la parte de arriba sigue siendo la original. La de la entrada es la de los vidrios polarizados negros y que da pinta de otra cosa que no sea un cine porno (hay mucha gente que no se da cuenta). Yo tambien entraria por el morbo, es mas, si queres un dia vamos, pero no creo que duremos mas de 5 minutos adentro. A la confiteria tampoco he ido, pero algun dia espero ir.

Ah, y el chino no es vegetariano. El vegetariano (y ARGENTINO!) queda cruzando corrientes sobre suipacha y esta enfrente de un cabarulo con sospechosa fachada de pub irlandes. La comida ahi esta muy buena. Recomiendo las hamburguesas de avena.
brian.

Brian Janchez dijo...

Ah, yeste texto esta buenisimo. Posta. Aca pasa lo mismo pero a la mañana.
brian.

Agost dijo...

Vi el primer comentario y no sé dónde es, pero quiero ir! Nada que ver capaz, pero inmediatamente pensé en el Mc Donald's que está a una cuadra de Plaza Once, que si mirás al costado del primer piso dice que antes era un complejo de cines...no sé, nunca fui pero me encantaría ver si algo de eso sobrevive.
El texto me llevò a muchos lugares, a esto sumale que me encantan los edificios vacíos y abandonados ni hablar!

Pablo Schipani dijo...

Excelente y mágica entrada. Recomiendo mirar en la red imágenes de "Ruin porn", es un género fotográfico que consiste en meterse en edificios en total desuso y tomarle fotografías...