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viernes, diciembre 19, 2014

La casa de la ahorcada

El remisero parecía saber con exactitud donde era mi casa, lo sentí cuando le indiqué en qué cuadra y me dijo un "sí" automático. Supuse, adjudicándole un tono triste en la voz, la razón. Tenía cara de bueno, cuerpo gordo, formas amables de dirigirse en ese viaje de menos de cinco minutos. Y paró exactemente en la puerta. En la puerta de reja gris. Cuando abrí la reja, cuando la atravesé, dos cosas me impactaoron profundamente de la noche calurosa, a pesar de mi cansancio: las cucarachas que corrían despavoridas por el ruido metálico de mis movimientos y el olor a basura que se extendía sobre todo el barrio e incluso más allá. Me detuve un rato, unos segundos, mirando fijamente a las cucarachas que habían salido del pasto, de los arbustos, del zócalo de la vereda. Su pavor, el calor, la voz triste del remisero, el olor penetrante y pegajoso de la basura me hacían pensar en cuerpos muertos y pudriéndose. Por eso la gente pide que la cremen.  Se percibía en el ambiente el desintegrarse lento de los tejidos, la sensación de hinchazón que dan los sonidos ensordecidos lejanos y lúgubres de los últimos servicios del San Martín. Nadie quería morirse y pasar a ser todo lo que pasaba esa noche de verano de cucarachas y basura acumulada. Nadie quería morirse y que luego al intentar recordarlo lo recordaran así. Yo no quería dormirme y soñar con mi cuerpo reventándose de a poco como un volcán de gusanos. Por eso me quedé despierta toda la noche.
(continuará...)

1 comentario:

Guillermo Altayrac dijo...

¡Esto me encantó! Me encantaron las imágenes. Espero que pronto lo sigas.

Un gusto haber pasado por aquí.
Saludos.