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domingo, septiembre 14, 2014

El cuento con moraleja

Corrí los últimos metros hasta el tren con el ruido de los zapatos de taco dando contra los baldosones de cemento de Retiro. Estaba anunciada la partida en un minuto y supuse que no iba a encontrar asiento. Subí directamente al furgón y empecé a recorrerlo. En el cuarto vagón, casi llegando a la puerta central, vi a un hombre barbudo  y joven parecido a un actor y el asiento a su lado vacío. Decidí que quería sentarme ahí.
El hombre de barba tenía una campera impermeable tajeada, sucia y mojada, con líneas fluorescentes que le atravesaban el pecho y los brazos. Pensé que podía ser un pescador recién desembarcado. Seguramente, en realidad, era un trabajador del puerto. No podía ser de otra manera: no llovía y su campera estaba mojada. Retiro. Esas cosas. Llevaba puesto unos auriculares.
Cuando el tren arrancó lo vi buscar algo en su morral. El morral también estaba mojado y bastante descuidado. Primero sacó una birome. Después lo que parecía ser una planilla. Intentaba mirar con disimulo pero por eso mismo era dificil determinar qué era exactamente esa planilla. Subrayó algunas cosas y pensé que quizás tenía que ver con su trabajo. La planilla estaba arrugada como si se hubiera mojado y estaba sucia como si se hubiera manchado con barro. Su barba también tenía pequeñas gotitas. Después sacó un cuadernillo, igual de arruinado y se puso a leerlo moviendo los labios. Luego, lo vi sacar su mp3 y activar algo. Entonces empezó a murmurar en voz alta lo que leía, repitiéndolo una y otra vez. En ese momento pude ver que en realidad estaba estudiando ruso. Cuando volvió a sacar lo que parecía una planilla noté  algo similar a un listado de declinaciones. Estaba compenetrado y yo no podía dejar de mirarlo de a intervalos. El hombre no miraba por la ventana ni miraba hacia donde estaba yo: solo repetía una y otra vez palabras rusas y pasaba las hojas de su cuadernillo.
Ya no cabían dudas de que era un marinero. En realidad, trabajaba en un barco pesquero. Y tenía asignada una travesía por el Océano Ártico, por el Mar de Barents, tenía que desembarcar en  alguna ciudad portuaria o en alguna isla de Siberia y le habían dicho que si no hablaba ruso no iban a embarcarlo. Tenía una hija de dos años con una vecina del barrio de toda la vida. Si no  lo embarcaban no tenía posibilidad de pagar la manutención que la  madre de la nena le exigía desde que se habían separado porque ella no creía que un marinero no tuviera un amor en cada puerto, aunque sabía que él la había deseado desde que tenían 8 años y jugaban a la mancha. Como no podía tolerar que su hija pasara hambre, lo atormentaba la idea de no aprender suficiente ruso para cuando partiera el barco. Dormía solo dos horas por día porque se desvelaba aprendiendo el idioma y hasta miraba por canal Encuentro los ciclos de cine Ruso que pasaban los sábados a la noche, aunque a veces fueran películas mudas y no sirviera de mucho.
En cierto momento, inmersa en todas las imágenes que pasaban por mi cabeza, hice un giro un poco más pronunciado y di con su brazo y vi que su campera, allí, tenía un bolsillo. Y del bolsillo sobresalía algo: el mango plateado de un cuchillo.


Ahí fue cuando dejé de mirarlo y me concentré en mi libro y ni siquiera le dirigí la mirada cuando me pidió permiso para bajar, una estación antes de la mía. A ver si intepretaba mal mi curiosidad, se enojaba y me abría la panza como a un pez y me dejaba ahí, desangrándome y arruinando para siempre el asiento azul nuevísimo del tren. Es que al transporte público se lo cuida entre todos.

3 comentarios:

Brian Janchez dijo...

a que actor se parecia?
brian.

A girl called María dijo...

Rafael Sprebelgrjkfjksjfdkd o como se escriba

Pablo Schipani dijo...

Tremendo,sorprendente, irónico...un cuento como debe ser un buen cuento.