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viernes, julio 11, 2014

Las arañas

mis ojos perciben otra vez
imagenes retro
reproduciendose sin fin
dejandome inmovil 
entre telarañas
Imágenes retro - Soda Stereo

the spiders all in tune,
the evening of the moon,
dreams are made winding through my head

Spiders - System of a Down
 

I

Cuando nos despertamos esa mañana, E. me preguntó si había dormido bien. Le dije que sí porque todavía no había logrado ordenar las imágenes de mis sueños. Tenía presente y confusa aquella de la terminal de tren en la madrugada neblinosa, con las luces de los faroles como flotando y los cambios de las vías moviéndose en una secuencia automática pero peligrosa, atrayendo los trenes lentos hacia mí. Las palancas se movían solas y el ruido metálico de las vías acompañaba el trazado de la red que se armaba espasmódicamente. Yo miraba con temor desde el final de los rieles.
Mientras E. se daba vuelta para dormir un rato más, yo intenté comprender un poco mi sueño. Empecé a sentir, entonces, la picazón característica de esa habitación, en mi brazo izquierdo, el mismo que había colgado del colchón toda la noche. En la penumbra me rasqué y le dije en un susurro a E. que teníamos que encontrar la manera de deshacernos de las arañas. E. asintió vagamente entredormido. Yo pensé que era gracioso quejarnos de las arañas cuando nunca las habíamos visto y quise comentarlo en voz alta, pero E. estaba roncando y todavía no había salido el sol.
Levantamos las persianas alrededor del mediodía y el viento agitaba las pocas hojas que quedaban en los árboles. E. aventuró que las arañas podían venir del árbol que estaba pegado a la ventana pero yo le insistí que anidaban seguramente entre el placard y la pared y que tenía que pasar la aspiradora con más frecuencia. Luego, salimos a almorzar.

II

A A. se le había ocurrido jugar al tutti frutti en lugar de estudiar inglés ese viernes. El cielo estaba verde y se avecinaba una tormenta importante. Le dije que era mejor que saliéramos de mi casa en ese momento si queríamos llegar a la suya antes de que se largara a llover, pero me dijo que antes quería jugar aunque sea una partida. Eso implicaba llenar una carilla completa. A mí no me gustaba jugar con A. porque hacía trampa: cuando no se le ocurría una palabra que encajara en la categoría de la columna y que empezara con la letra del turno, ponía lo primero que se le venía a la cabeza. Por ejemplo, decía que "piedra" era un color. Cuando nos tocó la letra "A" tuvimos una gran discusión, porque cantó tiempo antes que yo y a la hora de ver las respuestas, había puesto "arañas" como comida. Yo le dije que las arañas no contaban como comida y él me respondió que seguramente en algún país de oriente comían arañas como si fueran manjares. Estuvimos media hora peleando por el puntaje de ese turno hasta que escuchamos un trueno que nos indicó que la tormenta ya estaba muy cerca. Teníamos que caminar varias cuadras hasta su casa. El tiempo que nos llevó ponernos los zapatos fue el necesario para que se desatara el aguacero. Al abrir la puerta, lo primero que vi fue el cielo más verde que antes y la calle empezándose a inundar. Miré hacia atrás esperando que saliera A. y al girar la cabeza, vi en el hueco donde solía estar mi timbre, una araña inmovil, como paralizada, como muerta. A pesar de no tenerle miedo a las arañas, verla me dejó petrificada, pues tenía solo cinco patas. Con un movimiento de mi mano y sin quitarle los ojos de encima, llamé a A. Él también se sorprendió por lo que veía. Le pedí que sacara una foto al bicho con la cámara de su teléfono porque la mía no funcioaba con tan poca luz. A pesar de que lo nitentó varias veces, siempre la foto salía oscura y no se distinguían formas, así que las borramos todas y salimos de mi casa. Creo que nunca me mojé tanto como ese día. Con el tiempo siempre hablaríamos del cielo verde, de la araña de cinco patas y nunca zanjaríamos la discusión de si las arañas son comida o no.

III

Llegamos a Chacarita en taxi para no perder el último tren, que salía a las 23.50. Me senté contra la ventanilla y  M. se sentó en frente. Cuando arrancó el tren, pensé que los faroles que bordeaban las vías eran soles o eran lunas que se multiplicaban sin fin. El tramo hasta la primera estación el tren lo hace lento porque va agarrando todos los cambios de vías hasta quedar en la que le corresponde. Yo intentaba concentrarme en lo que pasaba afuera porque tenía la sensación punzante, desde esa mañana, de que iba a terminar acostándome de nuevo con M. esa noche. Él intentaba sacarme temas de conversación a los que yo respondía con pocas ganas. De a poco la charla empezó a fluir, tal como el tren tomaba velocidad. Estábamos llegando a nuestra estación y, ya parados, M. me invitó a su departamento. Yo le dije que prefería tomarme un taxi e ir para mi casa, porque al día siguiente tenía el cumpleaños de mi mamá. No había taxis en la parada y M. me dijo que lo más conveniente era que fuéramos a su casa -que quedaba de paso- y que allí pidiera un remís. No me pareció una mala idea, o quizás me pareció que era la única posibilidad de volver a mi casa esa noche. Caminamos hablando poco y al llegar al edificio me dejó pasar primera. En el descanso del primer piso empezamos a besarnos. Era inevitable que terminaramos acostándonos ya a esa altura.
Me estaba vistiendo mientras M. ordenaba las sábanas. Había quedado abierta la ventana y entre las hojas que empezaban a marchitarse soplaba viento y se las escuchaba crujir, pero todavía hacía calor. Quise ver si había luna en el cielo pero me distrajo M. que se rascaba un hombro. Le pregunté si era por el roce de la sábana y me dijo que seguramente eran las arañas. "En esta pieza me comen las arañas" agregó.
Al día siguiente, una amiga me señaló riéndose, una marca en mi cuello. Le dije que me había picado una araña. 

IV
Hace poco tiempo vimos con V. en el cine una película sobre hombres dobles que termina con una escena en la que una araña gigante invade una habitación. Me pareció que quizás todas las arañas de mi vida eran lo más parecido a esa araña gigante e imposible: alucinaciones. Sin embargo estaban en los cuerpos sus picaduras o quedaban por un rato en las paredes estáticas. Las ronchas desaparecían siempre con el transcurso de las horas sin  rastros. A la araña petrificada no habia podido sacarle fotos. Pero dejan los hilos invisibles de sus telarañas pegajosas  sobre todos nosotros. Siempre soy una mosca atrapada en el centro -nunca puedo moverme- que ve como el trazado se mueve rítmicamente con el paso lento de las arañas atraídas hacia mí.
Sólo entonces entendí el sueño de los trenes.


3 comentarios:

Brian Janchez dijo...

uno de los cuentos mas lindos que escribiste.
brian.

Agost dijo...

A veces me pregunto cómo pudiendo escribir de esta manera te tomás el trabajo de mirar y comentar las boludeces que publico en mi blog. Me siento muy honrada.
No suena como elogio, pero lo es.

Anónimo dijo...

¿a la educación de estos mogólicos va dirigida la plata de mis impuesto? indignante