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jueves, abril 10, 2014

La humareda

Esta vez es en serio 
no estoy mintiendo
algo se prende fuego
se que muchas veces dije que el lobo venia
pero esta vez el lobo esta acá
Fuego - Intoxicados




La primera señal de que algo terrible no tardaría en llegar había pasado desapercibida para muchos.  Fue hace seis años. Durante días, algunos juran que fue durante semanas en realidad, un persistente olor a humo impregnó los sacos de la gente de Buenos Aires y alrededores. No sólo eso: bastaba con salir al balcón o pararse a mirar el horizonte en las vías del ferrocarril para notar que la visibilidad estaba reducida de manera preocupante. La atmósfera, a lo largo del día tenía el mismo color rojizo de los atardeceres, como si se estuviera gestando un fuego subterráneo que emergía por las junturas del pavimento y las bocacalles. Los medios aseguraban que se trataba del incendio de pastizales en algún lugar de la Pampa, que algunos agricultores tenían la costumbre, para principios de mayo, de prender fuego los fardos inútiles para espantar algunas plagas de la época y que ese fuego se les había ido de las manos. Aunque sonaba verosímil, a mí me gustaba no creer en esa versión. Era adolescente todavía y consumía más literatura de la que tenía permitida. Cada cosa que pasaba a mi alrededor - y en esa época pasaban todas las que pueden pasarle a los adolescentes: amores y desamores al mismo tiempo, borracheras tontas, horas y horas vagabundeando por el pueblo- tenía que estar marcada por ribetes sobrenaturales, oscuros y terribles, simplemente porque tenía que volver todo un poco más interesante. Estaba segura de que ese fuego era el fuego del apocalipsis y sostenía mi versión repitiendo que todo a mi alrededor -incluso yo- se estaba prendiendo fuego por dentro.
En esa época todavía iba a la escuela. Me levantaba igual de temprano que ahora, para salir de mi casa a tiempo. Era por la mañana, tal vez por la humedad al ras del suelo de la niebla, en que el humo se sentía más. Su olor y la ceguera leve que producía era mucho más notable en las primeras horas del día.
Eventualmente pasó el humo y quedó como anécdota que volvía a colación cuando nos juntábamos con mis amigos. También eventualmente dejamos de hablar del tema, porque dejamos de vernos o de recordar esos momentos.
Aún hoy, hay días en los que salgo para el trabajo y se puede oler ese olor tan particular, como ahora, mientras escribo esto. Cuando me sucede, siempre sonrío pensando en la teoría que tenía allá lejos, hace seis años. "El mundo no terminó", me repito y me da un poco de ternura esa yo del pasado que ocupaba horas y horas inventando teorías apocalípticas y buscando premisas para sostener su razonamiento.
Estas últimas dos semanas el olor fue persistente, aunque no se repitió el fenómeno de la visibilidad afectada. Se sentía solo un poco a las siete de la mañana y lo adjudiqué a los vecinos, que acostumbran quemar el pasto que cortan de sus jardines. Caí en cuenta de un hecho que me sorprendió aún más que el olor: buscando unas carpetas del secundario, encontré la hoja del mes de abril de un calendario del año en que egresé, el año del humo. Noté, entonces, que la distribución de los días de ese año coincidía con la de este. Me causó nostalgia, pero inmediatamente después reflotó de algún lugar de mi memoria, la teoría del fin del mundo. "Cuántas casualidades" fue lo único que pude pensar, antes de seguir buscando la carpeta que necesitaba.
Hace más de un mes, anunciaron para el día de hoy un paro general. No funcionaría ningún transporte, entre otros servicios, por lo que el acceso a la ciudad sería prácticamente imposible de no contar con auto. Desde el trabajo me informaron el cese de actividades durante el día. Lo mismo sucedió en la facultad. Me prometí que usaría el día para todo lo que no puedo usar los días de la semana usualmente: para dormir, para estudiar, para limpiar, para estar en pijama todo el día. Mi idea principal era levantarme tarde, alrededor del mediodía. La costumbre me lo impidió y ya a las siete estaba con los ojos abiertos. Antes de volver a dormirme, sentí un leve olor a humo. Me volví a despertar a las nueve treinta y cinco y persistía el olor.
- Los vecinos deben estar quemando el pasto que juntaron por tres meses- le comenté a mi hermano en el almuerzo-  hay olor a humo desde temprano.
Estábamos viendo el noticiero. Mostraban la ciudad vacía, más vacía aún que un feriado, como si todos sus habitantes hubieran muerto en la noche.
- Yo no sentí nada, no sé. Me llama más la atención cómo está la Nueve de julio, la última vez que había estado así de vacía un día de semana fue la mañana del censo ¿te acordás?
Me acordaba perfectamente. Ese día estaba paralizado el país por el censo nacional y a media mañana anunciaron la muerte del reciente ex presidente. La angustia de muchísimos ciudadanos, la tristeza, parecía estar acompañada por el silencio fúnebre de las calles vacías y los transportes con servicio reducido. En ese momento me había resultado algo muy poético. Ahora, la relación me devolvía a mis teorías adolescentes del mundo acompañando el caos interno, de la conjunción de las catástrofes como anuncio de la catástrofe mayor. Me sentí bastante tonta y no se lo comenté a mi hermano, que acababa de quemarse con una empanada de carne.
Durante todo el día siguieron mostrando imágenes de la ciudad vacía. Creo que solo yo noté que de las bocas de subte y de las entradas a los estacionamientos bajo tierra, salía una niebla espesa de manera esporádica. Tampoco nadie pareció reparar en que anocheció una hora antes que el día de ayer.
Ahora, mientras escribo, noto que me llegan al celular y al mail, mensajes de hace dos años. Mensajes que nunca me llegaron, sobre programas de radio que promocionaban mis amigos o sobre qué película podía ver en el Bafici con ese chico que me quería invitar a salir. Los mensajes perdidos. Sigue entrando por mi ventana el olor a humo.  A las ocho de la noche anunciaron en la televisión que los sismos que se sintieron en la zona cordillerana la semana pasada podrían afectar a la nunca poco sísmica -y poco preparada para sismos- Buenos Aires, de manera considerable, el día de mañana. Además, la tormenta que asoló Neuquén durante estos días llegaría mañana a la capital del país, con altas probabilidades de inundaciones, tornados y granizo. Por eso, a pesar de que a  medianoche terminaría el paro, durante el día de mañana los transportes tampoco funcionarán. Me llamaron del trabajo para que no fuera. La facultad envío un mail a las ocho y media informando el cierre de la casa de estudios hasta el lunes próximo, ya que los fenómenos sísmicos y climáticos pondrían en peligro la seguridad de cualquiera que estuviera dentro del edificio -en penoso estado- en el momento de los hechos. A las nueve de la noche, la Presidenta habló por cadena nacional, con el Jefe de gobierno de la Capital  y el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires al lado. Instó a los ciudadanos de la provincia y de la ciudad a no salir de sus casas a partir de esa hora. Se la veía sombría y preocupada. Dijo que no estaba preparada la infraestructura para la conjunción de una tormenta histórica con un sismo de gran magnitud, tranquilizó al resto de las provincias "pues no está previsto que sean afectadas" y finalizó el comunicado. A las nueve y media el cielo se cubrió de forma absoluta y comenzaron a verse los rayos y a escucharse los truenos. A las diez de la noche anunciaron que a partir de las once se cortaría todo suministro de electricidad, gas y agua hasta que pasara la catástrofe anunciada.
Mañana es once de abril y puede llegar a ser el  día en que la capital, el gran Buenos Aires y alrededores queden destruidos. Yo tengo turno con la kinesióloga, tal vez deba suspenderlo. También creí que tenía que encontrarme con alguien a la salida, pero fue un sueño durante la siesta, relacionado con el humo y con las fechas. Ya queda poca batería en mi computadora, hace dos horas que cortaron la luz. Todo mi pueblo está reunido en la iglesia que tengo a tres cuadras. Como no podía entrar todo el mundo, el resto se congregó alrededor, con paraguas y rosarios en mano. Yo sigo escribiendo, porque no puedo dormir. Porque quiero dejar un testimonio de lo acertadas de mis intuiciones adolescentes, como una forma de vengar mi propia memoria: cuando hace seis años todo empezó a prenderse fuego, el cielo y las emociones del mundo que me rodeaba, tuve razón al vaticinar una catástrofe inminente. Lo que pasa es que para un mundo de millones de años, seis  son apenas minutos.



3 comentarios:

Pablo Schipani dijo...

Me gusta cómo escribe ud. dama maravillosa, le debía un halago a cambio de buenas letras.

Bella dijo...

Me re atrapaste y me re gusto y que bien que escribís mujer!
Me alegro que te haya aclarado un poco lo del ISO :)
Saludos

Anónimo dijo...

6 años!?? shit pili..