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jueves, diciembre 12, 2013

El profesor

La primera vez no me pasó a mí. Un martes a la noche, apenas habíamos terminado la materia, Florencia me cuenta que había visto al profesor en el subte. "Con lo que nos costó aprobarla, ahora lo vemos fuera de la facultad" me dijo. Estuve de acuerdo, nos reímos y cambiamos de tema.
No fue hasta enero del año siguiente que recordé esa conversación, cuando vi al profesor entrando al mismo cine que yo en Haedo.  Iba con otro hombre y pensé que podían ser pareja. Me sorprendió la casualidad, ahí tan lejos de la facultad una noche de verano.Cuando le conté a Florencia, ella también se acordó de esa conversación telefónica. Nos resultó un tanto gracioso. "Nos persigue el recuerdo, tanto que la peleamos".
Lo vi una vez cerca de Plaza Flores -pero quizás iba a la facultad, es el camino obligado- pero lo realmente curioso sucedió cuando empecé a trabajar en Once. Lo veía una vez por mes o quizás dos en la parada del 168, pero nunca lo veía en el mismo horario. Estaba parado ahí a las ocho y media, a las nueve cuarenta y cinco, a las cuatro de la tarde, a la hora del almuerzo. No todos los días, pero sí las veces suficientes como para que me llamara la atención.
Así empecé a encontrármelo -por decirlo de alguna manera, porque él nunca parecía reconocerme- en distintos lugares: en el tren y a veces incluso en algún quiosco de Almagro, pero nunca más en la facultad. De hecho solía mirar, a principio de año, los horarios de su materia, pero por lo visto había renunciado, porque nunca aparecía su nombre.
Le seguía comentando estos avistajes a Florencia y ella se sorprendía conmigo. Nunca en mi vida me había cruzado tan casual y asiduamente a nadie. Era grande la ciudad y el conurbano y yo lo cruzaba en cualquier lugar y cualquier horario, hasta a la salida de una peluquería en Morón. Siempre estaba igual: con su traje gris, sus lentes de sol cuadrados, su maletín negro. Nunca en cinco años lo había visto de otra manera.
De todos esos encuentros, el más extraño fue el último. Yo había tomado el subte en Pueyrredón a las cuatro de la tarde, porque había quedado con una amiga para tomar un café y tenía que pasarla a buscar por su oficina. En el camino varias veces me pareció verlo, pero al darme vuelta solo encontraba hombres mayores, de traje gris y maletín que no eran él. Algo me indicaba que estaba por ahí, aunque hacía meses que no lo veía ya. Pero realmente no estaba. Era un mundo de oficinistas nada más. Todos uniformados a la manera de mi profesor.
Mi amiga me recibió en su oficina del centro, hablamos mientras ella resumía unos papeles. Me dijo que a media cuadra había una cafetería con buenos precios y buenos tostados y que podíamos merendar ahí.
La seguí, nos sentamos, nos trajeron el pedido. Ella me estaba contando sobre un hombre que la había invitado a salir cuando me distraje. Mi mirada cruzó la calle y se quedó mirando la otra vereda. Mi silencio no llamó la atención de mi amiga. Ahí, esperando que terminaran de pasar los autos, estaba el profesor, con sus lentes de sol, su maletín y su traje gris. Cruzó la calle sin ir hasta la esquina y pasó por el costado de nuestra mesa. Luego, se perdió en la city porteña.
Hace unos días me llegó un mail enviado por las autoridades de la facultad a toda la comunidad académica. Lamentaban el fallecimiento de Edgardo López Keen, quien había sido profesor de Matemáticas en esa casa de estudios y que se había jubilado cinco años atrás.
Hoy me enteré por el diario de que se suicidó arrojándose a las vías del tren en Once, a las nueve y cuarto de la mañana, el lunes pasado. Hacía una semana que yo había dejado de trabajar ahí.

5 comentarios:

Pol dijo...

Uh, el tren me mató a mi también. Nunca esperé ese desenlace.
¿Y ahora como seguir?
Mentime y decime que todo es tu maldita creatividad.

A girl called María dijo...

Todo es parte de la creatividad. Como me dijeron una vez: tenemos que estar convencidos de que todo lo que leemos es ficción, aunque creamos que no. Porque todo relato es una ficción de alguna forma.

Arturo dijo...

yo esperaba un final, los dos cualiando en un telo y sacandose fuego....

Arturo dijo...

Yo esperaba un final... con sorete duro.

Pol dijo...

Seguí mintiéndome que me encanta.