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domingo, noviembre 17, 2013

El deceso repetido

(otro hermoso resultado de http://what-would-i-say.com/)



You will love again the Sadist,
 of course, 
 then you're still alive 



 Por Rivadavia derechito derechito. Vivo sin vivir en círculos.
 Estaba vestida con la Paloma, dos peines, un palito chino para rodete, una cadenita, una vincha, dos pesos y obviamente, esperé que fuera la hora.
Recuerdo  comerme una hora acá. Me senté después en el bar. Yo pensé que quizás debía tomarme una chocolatada o más bien comer un toblerone, te invitan la birra encima si te quedás mucho tiempo y pasan los muchachos y te ven sola.
 Uno se sentó al lado mío y me preguntó por qué la cara de velorio.
 - No me hagas drama que apuro la muerte - Le respondí ácida y se río.
Nos hicimos amigos y eventualmente amantes. Pasamos días sin cesar, abandonados en la cama mirando el Canal à, estufa, lluvia afuera, café bien fuerte.
Una tarde de julio me preguntó qué éramos.
- Tienes que comprender que a mí me lo preguntás en círculos.
 - ¿Me decís donde encontraste la distancia conmigo? Yo pensé que quizás eramos así, algo.
 - ¿Cómo así? No me hagas drama que apuro no hay. (me di cuenta entonces de que siempre decía lo mismo o parecido)
Yo quería un amante, alguien con quien pasar las horas y nada más. Todavía estaba vestida con espinas en stand by. A veces me iba con otro -yo sabía que él también lo hacía entonces no sentía culpa- y más tarde mis amigas me contaban que él había estado llamándolas y ellas diciendo que yo había salido con mi hermana, "Te juro que están en una pizzería tradicional." para no decir que estaba en un hotel con un hombre desconocido.
 Una de esas veces me citó en un museo y me dijo que ya no quería saber de todo lo que hacía a sus espaldas. Yo me reí, fuerte y con sonra y le dije que él era mil veces peor. Luego me dijo que estaba condenada a sufrir. Reí aún más fuerte.
 - ¿Qué le importa la condena eterna a quien se mueve como tragedia...? Igual lo entendì hace tiempo. 

Después de esa tarde, seguimos viéndonos, acostándonos, queriéndonos a veces, celándonos y dejándonos libres alternativamente, pero todo había cambiado. Te juro que vi  una correa asomando de uno de sus cajones una madrugada mientras él dormía y pensé "tendría que ahorcarlo, además está en posición fetal y si la tiene ahí es para matarme a mí", lo hubiera estrangulado deliciosamente, pero no me animé, estaba en sus veintipico, no dormía tanto como antes, podía intentar darle la paz que necesitaba. No lo logré, no volví a conciliar nunca más esa tranquilidad. Estamos viejos, cines abandonados, etc., qué me pasaba, no lo sabía. Otra noche, cuando me levanté para ir al baño, me encuentro con la fusta, al costado de la pata del escritorio y me estremecí. La correa, la fusta, quizás no era la muerte lo que buscaba en mí. Volvió la idea de matarlo a él, también puedo ir borracha, pegarle una trompada, aludir al estado de ebriedad. Pero matarlo no tenía sentido si él no buscaba en mí la muerte o al menos la muerte real. Si para perpetuarnos solo se pudiera revivir la agonía o morir para terapia, estaría dispuesta a hacerlo porque él, después de todo, quería lo mismo. Y porque qué le importa la condena eterna a quien se mueve como tragedia...
Me acosté a su lado y le acaricié la espalda desnuda pensando en la muerte, en esa muerte que él deseaba. Saturno es una flauta de angustia o es sangre dulce que mancha su pedido silencioso, esas uñas en su cuello, algo. Y ya me generaba tanta bendita inhumanidad.
Se despertó y en la penumbra vio en mi sombra todo lo que yo veía en mi mente, el verbo carcelero, la furia, sus ojos. Cerró sus manos alrededor de mi cuello mientras me besaba. Ya antes había dulce dolor. Las mueve, me lleva al paredón de fusilamiento. Devórame el cuerpo, que algo está por sobre todas las rocas, muertas.
 Lástima, mi vida.
Con el último hilo de voz, Julieta dice “por favor, conejo, conejito". Los ojos ya no ven. Había dejado de. Y fue su salvación de todos modos

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