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miércoles, octubre 23, 2013

Óxido

vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

"El Aleph", J.L. Borges



      Beatriz caminaba por la vereda de la catedral, buscando la sombra que la plaza no le daba. Así fue como vio el puesto lleno de chatarra y cosas viejas y a la pirámide de latas calentándose bajo el sol de octubre. Atrás de la mesa se asomaba un hombre canoso, con cara de bueno. Beatriz le consultó por el precio de las latas y el hombre le respondió con un monto inusitado: podía llevarse las 10 por el precio que le hubieran costado apenas dos. La transacción fue inevitable. Cargada de latas, se iba Beatriz cuando el vendedor, como iluminado por una revelación, sacó de abajo del puesto una caja llena de pastilleros y cajas de cigarrillos y de tabaco. Le dijo que podía llevarse todas por monedas, porque a él no le interesaban. Sorprendida, Beatriz le preguntó, mientras las agregaba a su bolsa y le entregaba el dinero, cómo las había conseguido. La respuesta fue que habían llegado a él por una subasta de mobiliario de una casa rematada; en un armario había encontrado cajas llenas de latas y decidió venderlas porque las consideraba chatarra.
    En el subte no pudo con su impaciencia: Beatriz empezó a sacar las latas de su bolsa, a mirarlas, a abrirlas. Sin embargo, cuando intentó abrir una latita marrón y rectangular, que aún conservaba su etiqueta con el precio debajo (una libra inglesa), no lo logró. Sentía algo adentro, un leve peso apenas, como si no estuviera vacía. Volvió a forzar la tapa pero estaba sellada. En su casa siguió intentando pero era imposible: al parecer el óxido había bloqueado para siempre la chance de saber qué se escondía en ella. Durante noches soñó con el contenido de esa lata: se le aparecían cadáveres podridos de ratas, papeles con mensajes de muertos, las plumas de un gorrión, el corazón de una manzana. En esos sueños, siempre lograba abrirla con sus manos, con total naturalidad. Cuando despertaba intentaba hacerlo y fracasaba sistemáticamente en cada intento, pero no por eso se convencía menos de que el contenido existía y era macabro: algo había ahí adentro y era algo maldito.
    Durante meses quiso abrirla con pinzas y sumergiéndola en diluyente de óxido pero  todo era inútil, la lata seguía cerrada y riendose en la cara de Beatriz. Una tarde, desesperada y atormentada por la curiosidad y la frustración, arrojó  la lata contra una pared. El efecto tantas pinzas y diluyente se sumó a la  violencia y las bisargas se partieron al medio, dejando por fin a la luz el misterio.
    No quiso levantarla ni tocarla pero se agachó para mirar el contenido de cerca. Mordido por el moho y pegado a la base, descansaba eternamente un carnet de Racing Club.

1 comentario:

Juli Rossano dijo...

Me encantó el pequeño cuento. Debo confesar que al leerlo y antes de llegar a la parte en la que Beatriz piensa que hay algo maligno allí, yo pensé lo mismo :) Y fue gracioso el final resultando ser el carnet.
Me gusta mucho como escribís.
Cuando era chica solía volver del colegio, hacer mi tarea y escribir una historia. Generalmente eran de terror porque era la época en que leía a R. L. Stine. Después con el tiempo se me pasó y no volví a escribir ninguna historia..
Besos :)