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lunes, septiembre 16, 2013

el regreso del barroquismo

pero sucede también
que sin saber cómo ni cuándo
algo te eriza la piel
y te rescata del naufragio
Sucede que a veces - Ismael Serrano



Una mañana de sábado uno se despierta enredado en otro cuerpo.
Esa misma mañana de sábado, uno entra a la panadería a comprar una medialuna -para consumo propio- y una rosca bañada en chocolate, para consumo ajeno. En el instante de la transacción, cuando te entregan en una bolsa de papel la compra y sentís la mañana porteña recorrer la avenida, se conforma una certeza que, aunque evidente, nunca te había golpeado en la cara con tanta intensidad: amás esa vida.
Después sobreviene un fin de semana completo de frío que obliga a encerrarse, de compartir las mantas y pelearse por ellas, de decidir qué comer y quien cocina y quien va a comprar las papas y qué gusto de helado vamos a pedir.
Al terminar el día o los días, queda la sensación de estar viviendo en la felicidad plena. Entonces se me vino a la cabeza esa frase que escuché una vez y que tan triste me había resultado: "Conocí la felicidad plena y la eternidad en vida". Yo ahora estaba conociendo la eternidad más simple, más cercana a lo cotidiano: La eternidad esa de las mañanas perpetuas con lluvia afuera y piernas entrelazadas adentro.
La felicidad en la que habito depende de incontables cuestiones y esta a la que hoy me refiero es una de ellas. Cuando uno cree que lo unico que puede salvarnos es la muerte es porque se olvidó de la capacidad de reir. Y cuando la risa regresa hay que observar el por qué.
Sin saber muy bien cómo, aprendí a dormir acompañada.
Sin buscarlo, pasé días al lado de una persona sin cuestionarme absolutamente nada.
Sin juzgarme hice lo que quise.
Pero vos, sin máscaras, hiciste lo que pensé imposible: me devolviste la risa.

y cuando lo hiciste, no me di cuenta, pero me desatrofiaste el amor.


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