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miércoles, septiembre 11, 2013

Colectivaizeishon (2) o "El flâneur motorizado"

 "Para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar desapercibido —tales son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a definir torpemente."
Charles Baudelaire, "El pintor de la vida moderna"





Cuando uno lee un libro de más de 400 páginas en dos días*, sabiendo que tiene para leer bibliografía obligatoria de tres materias y textos necesarios para un proyecto de investigación, siente que debe hacer algo útil con esa lectura tan hambrienta. Entonces se te ocurre una especie de reseña con algún eje particular. O algunos. Ganan dos: el de la mirada extranjera y el del discurso de la inseguridad.

II
"Como viví los últimos tres años a pasos de la avenida Cabildo me resulta más difícil escribir sobre Belgrano y Nuñez que sobre algún otro barrio al otro lado de la ciudad que ni conozco, porque dejé de verlo como un foráneo. Por eso estoy escribiendo Colectivaizeishon ahora, antes de que todo me parezca muy cotidiano[...]"
Colectivaizeishon, pág. 52

   Walter Benjamin, en sus ensayos sobre la París decimonónica, trabaja con interés la figura del flâneur, aquel personaje alguna vez retratado por Baudelaire, individuo de las grandes ciudades del siglo XIX que vagaba sin rumbo, con paso ocioso y azaroso a través de las calles, de los callejones y de los pasajes.
   Daniel Tunnard, autor de Colectivaizeishon, decide tomar todos los colectivos de la ciudad de Buenos Aires tras comprender que, luego de haber vivido varios años en dicha ciudad, no conocía gran parte de ella. Emprende así su proyecto, que le llevará menos de un año. Ese recorrido por las calles porteñas es acompañado por el siempre fiel cuaderno y la a veces traicionera birome, instrumentos que le permitirán volcar no solo anécdotas e información relacionada exclusivamente con el sistema de colectivos de la ciudad, sino también recuerdos que vuelven a su memoria, reflexiones, datos curiosos y preguntas. Pero por sobre todas las cosas, irá construyendo un testimonio de una ciudad que se va descubriendo y por eso hablo de construcción: lo que se erige en el texto no es la Buenos Aires de los mapas turísticos, de las fotografías, sino la percibida por primera vez por alguien que ha vivido en ella largo tiempo pero que nunca la ha recorrido en su totalidad. Este testimonio de mirada foránea nunca desaparece del todo aunque a medida que avanza el relato y a medida que se retorna a los lugares ya recorridos, nazca la sensación de familiaridad. Esta familiarización  es un proceso gradual que siempre conlleva, sin embargo, algo de sorpresa, como si cada viaje le aportara algo nuevo a la misma esquina, ya sea por un nuevo descubrimiento o porque, ante el aburrimiento, el monólogo interno pasa a ocupar el foco de atención y nos ofrece reflexiones para pasar el rato, como nos sucede a quienes tomamos sistemáticamente el mismo colectivo todos los días.
    Si bien existe un cronograma que el autor siguió a la hora de realizar su proyecto, los imprevistos muchas veces lo obligan a desviarse, ya sea porque un colectivo se demora demasiado (¡o porque ha dejado de existir!), por el cansancio, por el calor, etc. El libro no casualmente comienza nombrando a Rayuela, de Julio Cortázar: lo lúdico y azaroso  lo atraviesan como los colectivos a la ciudad o quizás se deba decir, mientras los colectivos atraviesan la ciudad.
  Un elemento interesante en este libro es la tensión constante entre prejuicio y experiencia, en particular respecto a las imagenes preconcebidas acerca de la delincuencia y la inseguridad en la ciudad de Buenos Aires. La primera mención a este tema surge en el primer colectivo, el 80, cuando éste bordea Ciudad Oculta: "Nunca entré en una villa de emergencia y creo que tengo los mismos temores -se puede decir prejuicios- que cualquier argentino que no lo haya hecho" (Tunnard 19:2013). En el final del recorrido del 7 en Barrio Samoré, a la hora de esperar el colectivo de regreso, nos hallamos con una reflexión sobre el tema también: "después de tanto preocuparme por lo que me podría pasar en los barrios humildes de Buenos Aires, la única muestra de violencia que encuentro hoy son dos hombres de mediana edad agarrándose a piñas en Juramento y Vuelta de Obligado, a cinco cuadras de mi casa" (Tunnard 32:2013). Sin embargo, estas citas son apenas una visión perimetral de los barrios carenciados: en el capítulo sobre el colectivo 26,  se relata centralmente la experiencia de recorrer una villa de emergencia y no solo, ya, bordearla. Se trata de la villa 1-11-14 del Bajo Flores. Quizás uno de los puntos más interesantes en este capítulo es el comentario acerca del sensacionalismo con el que se trata la cuestión de la vida en las villas en los medios  de comunicación. El autor confiesa su terror y al mismo tiempo, hacia el final del capítulo, muestra una imagen captada en primera persona, de una villa un domingo: al fin y al cabo, no es tan diferente que en cualquier otro barrio. La experiencia se repite en el recorrido del 23 y el autor decide rechazar otra vez la idea de sensacionalizar su relato, ironizando sobre los prejuicios y las expectativas generales respecto a una travesía por una villa de emergencia. El capítulo sobre el recorrido del 46 es el que más ampliamente trabaja con la mirada sobre las villas, ya que atraviesa la 1-11-14 y la  21-24 de Pompeya. Asimismo, mientras que a la hora del prejuicio, cualquier barrio carenciado o alejado parece estar bajo la sombra del crimen, Tunnard se dedica a hacer foco en otras cuestiones, ya sean las flores que crecen en un alambrado de un complejo en construcción o la interesante arquitectura del barrio Piedrabuena de Villa Lugano. A pesar de esto, son constantes las referencias que hace respecto de su temor cada vez que un colectivo atraviesa una villa o termina su recorrido en una calle poco iluminada de un barrio abandonado, pero estas referencias, en un movimiento casi dialéctico, son superadas por la experiencia, que siempre acaba por ser mucho  menos terrible que la idea preconcebida. Cuando el 70 recorre la villa 21-24, leemos "si hubiera tomado este colectivo en la primera semana de Colectivaizeishon, me habría ensuciado el calzón [...] pero ahora se siente tan natural entrar acá como viajar por cualquier otro barrio" (Tunnard 347:2013).
   Esta cita reúne de alguna manera gran parte de lo que es el libro: la construcción de una imagen propia de Buenos Aires, el paso de lo extraño a lo familiar, pero sin dejar de lado la eterna capacidad de sorpresa.
Colectivaizeishon es en un punto todo aquello que se le pasa por la mente al usuario habitual de los colectivos: la expectativa de algo que lo saque del tedio cotidiano, el divague de la mente ociosa, la nostalgia por los lugares plagados de recuerdos. Pero es sobre todo la construcción de una Buenos Aires íntima y personal. Un viaje iniciático que, lejos de atrapar al iniciado en la adversidad, lo libera de la imagen ajena, presupuesta, y que en cambio lo sumerge en las nimiedades de la identidad porteña, de cada límite de la ciudad que Borges calificó como eterna. Entonces será válido decir que Colectivaizeishon es la realización del proyecto  de un curioso que se subió a todos los colectivos que recorren la ciudad y se dejó enredar en los hilos de la casualidad, de la realidad y de su propio pensamiento. Es el relato de un flâneur motorizado.



* Para ir con todo lo que se dijo, voy a hacer una aclaración: leí gran parte del libro sobre transportes públicos: 2 viajes y medio del 123, uno del 53, uno -cortito- del 132, otro del 182, dos del subte B, uno del Sarmiento (y media clase de un seminario sobre Política y Medios)

1 comentario:

pequenia alesita dijo...

amo el transporte público y las historias de ídem.
y totalmente de acuerdo con el tema de los prejuicios. hay una parte de buenos aires que está, en realidad, totalmente fuera de nuestro conocimiento y nuestro entendimiento. cada barrio tiene su historia, pero las villas son tema aparte. se junta el sentimiento de pertenencia que, razonablemente, tiene quien vive en una villa, con los prejuicios que tienen (tenemos) quienes estamos afuera. tanto mi hermano como mi suegra se metieron en distintas villas por trabajos que realizaban ahí, y la historia es totalmente distinta a lo que uno creería (bueno, la mayoria de la gente, por suerte no son todos). quienes viven en una villa sufren de inseguridades distintas de la que sale en el diario, cada día están más metidos en una especie de gueto por la discriminación externa, basta escuchar a la madre o hermana de luciano arruga, o recordar la cantidad de casos de muertes porque las ambulancias no quisieron entrar, o pensar en cómo "objetizamos" las villas y a sus habitantes. tenés a macri hablando de erradicar o "urbanizar", nadie lo siente como algo violento? imaginate si dijera "nos comprometemos a erradicar / urbanizar el barrio tal" y tenés que vivir pensando que capaz mañana caen a tu puerta con una topadora.
la gente no se puede poner en el lugar de nadie, creo, o necesita inventar alguna realidad alternativa que "explique" lo que vemos. supongo que para algunos es necesario creer que quien sufre y está segregado lo merece... en fin...

por cierto me hiciste recordar que en 3er año tuve que hacer un ensayo acerca de la figura del flâneur en "sin rumbo" de eugenio cambaceres. jajaja, muy random