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viernes, julio 12, 2013

Una historia de brujas

Anoche vi una bruja. No es la primera vez que me sucede. Luego de la gran caza y la captura de las brujas que otrora vagaban por la ciudad, habían sido dos las veces en que vi alguna suelta, recorriendo la noche. El hecho no dejaba de sorprenderme: no era raro que caminara cerca de la prisión en donde estaban reclusas y me asomara dando pequeños saltos -como una niña y con un poco de vergüenza- al patio que se dejaba entrever a través de las rejas y las viera allí, quietas y tristes en la intemperie, como esperando algo que ya no tendrían de vuelta. No era raro verlas, entonces; lo raro era verlas libres.
Las brujas eran todas belgas y hermosas. Cuando las conocí ya eran viejas, casi centenarias, pero no dejaban de ser tan bellas que la gente podía esperar un buen rato y dejar pasar trenes y trenes hasta ver pasar a una, para deleitarse con ellas. Las brujas no tenían tiempo, o más bien parecía no pasar para ellas. Eran rápidas para moverse y recorrían la ciudad chillando y bambolénadose y preferían, como toda bruja, la noche. Por eso habitaban bajo tierra, en túneles oscuros tan viejos como ellas e impregnaban el aire de un olor particular, mezcla de bosque y ciudad. Algunos dicen que todavía se puede sentir ese olor particular en ciertas horas del día si se baja a los túneles. Se dicen muchas cosas de ellas, a decir verdad. Es que con el paso de los años se transformaron en leyendas vivientes, esas brujas belgas hermosas. Los abuelos llevaban pequeños nenes de la mano a conocerlas y al entrar en contacto con ellas, el abuelo volvía a vivir la infancia y ya no era abuelo sino un niño más y contaba a los nietos historias que solo el aire -el viento- que exhalaban las brujas al respirar podía traer de vuelta. Esas brujas se especializaban en hechizos que jugaban con el tiempo y la memoria. Pero también sabían hilar tejidos del amor. Puedo jurarlo yo, que fui beneficiaria de su magia. No recuerdo bien cuando conocí a la primera bruja, pero sí la fascinación que nunca me abandonó, ese halo sobrenatural del que no podía soltarme. Aunque ese primer contacto se disolvió, sí recuerdo perfectamente esas mañanas lluviosas en que yo, enamorada, intentaba aliarme con la casualidad y con la ciudada para encontrar a cierto hombre en una esquina, apelando a la suerte, a la fortuna. Mis posibilidades eran casi nulas, sobre todo porque nada me aseguraba llegar a tiempo, con tan poco margen, a mi destino y por eso,  casi sin darme cuenta, había tomado por costumbre ir a ver a las brujas para pedirles su ayuda. Creía -nunca supe por qué, nunca nadie me dijo nada- que ellas eran las que podían facilitar el éxito de mi empresa. Visitarlas me daba lo que necesitaba para ese éxito: la velocidad, la coordinación, vencer la barrera del tiempo. Era gracias a ellas que en ese entonces podía encontrar sin arreglo previo a aquel hombre que me obsesionaba, sin importar la lluvia, el sol, el frío. Las brujas siempre me tendían la mano. Fue en esa cotidianidad  romántica que terminé de sellar mi fascinación por ellas. Buscaba excusas para verlas y me alegraba saber que el camino me iba a cruzar con ellas. Porque todos en la ciudad sabíamos donde estaban y nadie les temía. Eran brujas buenas.
Los problemas comenzaron cuando llegó a la ciudad un hombre de ojos demoníacos. Decían que era una serpiente reencarnada, por lo venenoso de sus palabras, por su sigilo destructor. Fueron ese hombre y su séquito los que comenzaron con el rumor: las brujas eran malas. Las brujas  eran peligrosas. Las brujas estaban enfermas y locas y de a poco iban a comenzar a matar a los habitantes de la ciudad. Instalaron el rumor en los medios de comunicación, en la calle, en los edificios, en los almacenes. La gente de tanto escuchar lo mismo empezó a creer que algo de verdad había en esos rumores. Ese hombre fue el que comenzó, también, a enviar lacayos para maltratar secretamente a las brujas o -aún peor- a robarles el alimento y cortarles el agua, a llenar de aceite los túneles oscuros en donde vivían para hacerlas resbalar y quebrarse la cadera. Así fueron muriendo algunas de las brujas, que ni con su magia podían salvarse, y estupefactos los que, como yo, creíamos en su inocencia, veíamos como sacaban sus cadáveres para llevarlas al cementerio. Sin embargo la mayoría se resistía a morir. No eran simples mortales, eran brujas y tenían medios para defenderse. Seguían chillando y bamboléndose por toda la ciudad, un tanto desafiantes frente a esos enemigos que querían deshacerse para siempre de ellas. Una mañana de diciembre, el hombre de ojos demoníacos anunció que las brujas serían encarceladas: ya no tolerarían el peligro -falaz- que suponían para la ciudad. Todas serían encarceladas en la prisión de Emilio Mitre, también conocida como Polvorín. Quienes estaban en contra de esta decisión intentaron frenar la medida, pero era tarde: la caza de brujas era una decisión tomada. Se convocaron manifestaciones, los ciudadanos que no se habían dejado engañar comenzaron a hablar de persecusión política. Se fijó como comienzo de la cacería las primeras semanas del enero venidero. Luego se estableció una fecha exacta: la medianoche del ocho de enero. De repente todos comprendimos que ya no había vuelta atrás: iban a exterminar a todas las brujas de Buenos Aires. Justo un año antes de que cumplieran sus cien años habitando la ciudad.  La gente empezó a bajar a los túneles a visitarlas, se sacaban fotos con ellas. Ellas sabían que se acercaba su fin pero no cedieron un instante: continuaron firmes como durante un siglo, ahora casi mártires. A las diez de la noche del siete de enero, miles de personas se reunieron en los extremos de los túneles y esperaron que llegara alguna bruja, la última. En ese instante la aplaudieron y la acompañaron en el recorrido usual de la ciudad, con sus bamboleos y sus chillidos y el tiempo detenido y toda la magia. Al final, cuando llegaban los guardias a llevarselas a la prisión, quienes las habían acompañado lloraban la despedida.
Esa noche no pude estar ahí: estaba lejos de la ciudad. Una semana antes me había despedido de ellas en solitario, acompañando a una bruja en silencio por un túnel. Al final, cuando tuve que irme, la acaricié levemente conteniendo las lágrimas: me sentía tonta por llorar, por creer en las brujas, ya tan adulta, ya tan lejos de los cuentos de hadas.
Anoche, cuando vi de nuevo una bruja recorriendo la noche de la ciudad, entre la humeda niebla, salté de alegría y sonreí. Alguien -no podía ser de otra manera- la había liberado para que clandestinamente volviera a respirar la libertad. Tiré del brazo del hombre que tenía al lado y le dije sin poder salir de mi asombro "mirá, una bruja". Mi acompañante no miró hacia donde señalaba yo, al recorrido elegante de esa bruja belga que me tenía hipnotizada. No le dio importancia al hecho.
Me sentí un tanto decepcionada, claro. Pero no es su culpa: no todos pueden crecer y seguir creyendo en las brujas.

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