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sábado, julio 27, 2013

Tercer acto // La complicidad

El primer acto de escribir es el nudo mental de saber que hay un hilo, un algo, que tenemos trabado adentro y que queremos verbalizar.
El segundo acto es el monologo interno, la cadena poética que de repente nos vemos recitándonos para adentro, pero sin papel, o teclado o deseo real de sacar al exterior.

Decir adiós a lo indefinido. Hay un aire en los abrazos, en los regalos, en la sonrisa; un aire y la certeza puesta en palabras que marcan la despedida. Una despedida transitiva, transmisiva. Se le puede cambiar el nombre y decir que se trata de un despegue. Pero los aeropuertos, los viajes en avión, todo eso me causa terror: siento que detrás anda la muerte. ¿Esto es la muerte? No, dije despegue. Prefiero cambiar el escenario e imaginar una estación de subte. O de tren. La comodidad, comfort zone, mundo feliz. 
La pregunta es qué es lo que se me arranca. Tal vez no, la real pregunta es de qué se trató. Qué fue ese juego. Yo creo saberlo, creo saber qué fue pero no le encuentro definición más allá de una suma de palabras. De conceptos. De sensaciones, por sobre todo. 

Aprendí que la piel es más suave
y la boca más pequeña
y las manos más punzantes;

ahora que se aleja
el cuerpo
voluntariamente
intento recorrer el mío
con esa boca y esas manos y esa piel

 pero se interpone algo
y esta vez no es otro cuerpo
-el otro cuerpo-
sino la memoria
que caprichosa como yo
me devuelve los instantes
de silencio entre tanto grito
el abrazo posterior
el pelo largo que se nos enredaba
ese hacernos un bollito
entre nuestros brazos
el respirarnos,
el otro encuentro
la caricia,
el beso en la espalda,
el ronroneo felino
el pacto íntimo,
el común acuerdo
de quedarnos ahí
de decirnos que,
pero sin palabras.


y también el llanto,
el tuyo convulso,
el mío tímido,
el tuyo abierto
explosivo,
el mío cerrado
mudo
secreto
y su contención mutua
el saber-por-qué

y  las risas
que rompían el acto,
se lo adjudicamos a la confiana
a la costumbre
para comentarlo después
con la misma mueca
y la perpetuación en el recuerdo,
por las mañanas aburridas,
alienadas.

nuestros abrazos
nuestras lágrimas
la empatía
las manos suaves
 recorriendonos,
y siempre ese silencio de paz
ese tratar de complementar
de encontrar el remedio
para las angustias,
los miedos
y la soledad

tal vez el nombre
para esa intimidad
tan bella y particular
nunca pudimos hallarlo
y alguien tuvo que ponerlo
en nuestras manos,
con otra excusa,
ahora sé que el mar calmo
que los cuerpos encastrados,
que las manos
era conocernos,
era comprendernos
era acompañarnos
y querernos,
era la complicidad.









3 comentarios:

Quappi dijo...

Hace mucho que no te leía. Qué lindo.

Garu dijo...

Me transportó a ese lugar de mis recuerdos en el que quisiera quedarme a vivir.

Gracias.

entrega en medias dijo...

el pelo largo que se nos enredaba

muy lindo, trae muchos recuerdos de esos momentos íntimos llenos de alegría, tristesa, timides y sueños del futuro