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lunes, julio 08, 2013

Los chicles enlatados

Al recuerdo me lo habían activado con una mención al pasar. Recién nos conocíamos con el muchacho y en una de esas charlas pasatistas y superficiales me había dicho que solía comer unos chicles de chico, que venían en un envoltorio especial. Yo los conocía, "pero ya no existen, me quedaron las latitas vacías en el cajón nomás" me había dicho y mi noción del tiempo siempre poco certera me había impulsado a asegurarle que sí, que seguían existiendo y el que no, que te apuesto que no, que conseguime unas entonces y yo que sí, que si hace no mucho recuerdo ver a alguien comprándolos para un cumpleaños, en la semana te compro unos, mirá que las voy a conseguir, eh.
Ahí el primer problema: ese ayer tan reciente, mi "no hace mucho", cuando junté cabos, después de esa primera imagen que resurgía del alquitrán negro del olvido, databa de hacía mínimo tres años. El quiosco exacto, la persona definida comprándolos "así se los regalo a Federico, que cumple años", todo, pero con tres años de antigüedad. Siempre me pasaba lo mismo: cuando la nostalgia me atacaba y comprendía que ciertas cosas -juguetes, negocios fundidos, prendas, una fotografía, una lata de caramelos ingleses- ya no estaban a mi vista, exclamaba "¡pero si fue ayer que la vi!" y el ayer eran siempre años. Nunca un día, nunca meses. Años. Me ponía entonces a revolver entre mis cosas o entre las cosas ajenas, a buscar un rastro en la fachada de eso que supo ser un local de comidas rápidas, en una marca de gaseosas extinta, en las páginas de internet; empezaba con mi arqueología urbana o con mi vicio acumulador, me vencía el afán de encontrar ese pedazo de vida que se había escapado, aunque sea un poquito, el último rastro, la última vez que vieron vivo a ese pasado, algo, algo. Eran entretenimientos que me duraban un par de días y que me ocupaban obsesivamente hasta encontrar una respuesta o terminar por olvidarlos (y después recordar el recuerdo del recuerdo un verano más tarde, hasta el infinito).
La mayoría de los casos empezaba todo por un recuerdo propio y desembocaba en pasados que nunca había conocido, en cines que nunca había visitado y ahora eran templos pero yo quería la foto del cine, de los chicos viendo "El Rey León", pero yo quería un paquete de las galletitas que compraba mi nonna y hacía más de quince años que nadie pedía en el almacén aunque yo fuera tan chica que de casualidad recordaba si me gustaban las de limón o las de frutilla o qué gusto tenían realmente.
Entonces por mi noción dislocada del tiempo había prometido conseguir unos chicles que imposible  si seguían existiendo -seguramente no- y en todo caso, vaya a saber uno donde se conseguían. Pero lo que más me preocupaba no era eso. Sobrevolaba mi apuesta la sensación de haber recuperado un recuerdo equivocado. Qué digo equivocado, mi terror era el de haber inventado un recuerdo. El de haber agarrado una memoria cualquiera que tenía a una persona comprando cualquier chicle y haber pegado encima, como en un collage, esos que ya no se conseguían pero sí, si yo hace poco -hace tres años- los vi, te lo juro. Me asustaba la idea de inventar recuerdos, la de confundir realidad con sueño y preguntarme más tarde si las cosas que creía entrever en el pasado eran de verdad o las había soñado. Me pasaba todo el tiempo, siempre con nimiedades -claro- pero esas nimiedades me dejaban parada en un campo no solo de inseguridad, sino también de sensación de desequilibrio mental.
Intenté dejar de lado la idea del invento y ocuparme en conseguir la golosina. El entusiasmo me duró, como con todo, una semana. Una semana recorriendo kioskos (hasta el del recuerdo fugaz), mayoristas y páginas de internet. No di con ningún resultado y algún que otro kioskero me dijo que no iba a conseguirlo, que ya no se fabricaban. Después me olvidé o me ocupé de otras cosas; más tarde, la primera vez que fui a la casa del muchacho y me mostró un cajón del escritorio lleno de esas latitas de chicle "porque son buenos organizadores" un poco de toda esa situación pasada volvió, pero apenas y sin hacer noche en mi cabeza.
Seguí con mi obsesión acumuladora de cosas, de recuerdos pero por sobre todo, de pasado, hundida en la investigación de cines cerrados y clínicas abandonadas. En algún momento me detuve a pensar por mi insistencia de malgastar mi tiempo en cuestiones del ayer, irrecuperables. Me pareció un tanto terrible, un tanto patológico. Pero me mantenía entretenida en los vacíos de la oficina, en los veranos sin vacaciones. Los chicles enlatados desaparecieron de mi horizonte o fueron reemplazado por otras latas, sobre todo por aquella roja, con forma de buzón, que en algún impreciso momento había desaparecido de mi casa. A partir de coleccionar latas fue que volvieron los chicles.
Una noche, caminando por las calles mal iluminadas que bordean las vías del Ferrocarril Urquiza, luego de un recital veo una lata semi aplastada en el suelo. La levanto con alegría -era una lata de esos chicles- y comienzo a devolverle la forma. Al día siguiente comento mi hallazgo y cuento al pasar esa anécdota que se ubicaba sobre los límites de la realidad o la ficción: la de la compra, ahora cuatro años atrás, de esos chicles en un kiosko, para un cumpleaños. Ahí entra en escena mi amigo Luciano.  Me dice que entonces (ese entonces no tenía una correlación en ese momento) me regalaría la lata de Whiskey que hacía unas semanas le había pedido. Le pregunté si realmente había sucedido lo de los chicles, en el kiosko, por el cumpleaños, es decir, si se había reconocido en la anécdota. Necesitaba que su recuerdo también existiera, que coincidiera con el mío, para sentirme libre de esa espina. Un tanto sorprendido y tras un silencio breve, me respondió que claro, que por supuesto que había sido él, y que justamente porque ya no se conseguían, porque ya ahora no podía regalarme a mí una de esas, me pensaba regalar la que le había solicitado. En ese momento le agradecí llena de alegría, una alegría quizás exagerada por tratarse de una lata de whiskey, vamos.
Pero no.
Le estaba agradeciendo otra cosa.
Librerarme del miedo a la locura. 


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Palo: Hermosa prosa.

Brian Janchez dijo...

Me encantaria poder compartir alguna anecdota de haber encontrado en la calle algo pero nunca me encontre nada.

ah, si, 10$ el otro dia por san telmo.
Brian.

Anónimo dijo...

I AM SPARTACUS!!!!! No Luciano, a lo sumo..no era Alejo?