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jueves, mayo 23, 2013

Un apunte personal o Mi "ciudad ausente"

 Disparador: Ayer Ricardo Piglia visitó la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA para dar una charla.






Decido releer un libro. Mejor dicho: decido comprar su versión ilustrada - y adaptada- y tras la lectura deseo releer la novela completa de nuevo. Vuelvo a reformular: tras la lectura y la sacudida emocional en un colectivo cuando comenzó a sonar una canción determinada y el relato vagaba por los recovecos del lenguaje del amor, y la muerte, y la ausencia, etc. decido releer la novela completa.

Recuerdo exactamente cuándo leí la novela. O por lo menos, puedo hablar de un momento particular, de un día, en que estaba leyéndola. Sé que fue el 13 de abril del 2012, que estaba en la estación Plaza Miserere del subte A, sé que las brujas todavía crujían en los túneles. Tenía, fresco, un tatuaje en la pierna. Medias verde inglés, pollera tubo gris, posiblememente una camisa negra, zapatos de taco, negros de gamuza. Puedo verme casi desde afuera, desdoblada.


Veo a la mujer que soy sentada en un banco mientras la gente pasa. Está leyendo "La ciudad ausente" con la cara casi perdida dentro del libro. No se mueve y se percibe en su piernas un leve temblor, como el de un cuerpo recorrido por la hipnosis. Más tarde diría -más tarde, meses más tarde, etc.- que era efectivamente una especie de hipnosis lo que la sometía. Una sensación de tensión asfixiante, como aquello que anticipa un orgasmo.
Sigue concentrada en su lectura hasta que la despiertan tres hombres, a los que ella espera. Hacen bromas, ella responde y suben al primer subte que llega. Está vacío. Es de madera, es centenario. La mujer se sienta y se cruza de piernas. Uno de los hombres le dice al otro que ella tiene un nuevo tatuaje e invita a mostrárselo. El hombre se acerca y lo observa, observa de cerca su pierna y hace algún comentario positivo. Se saben atraídos mutuamente. Él es joven, más joven que ella. Domina el arte de la payasada y el de la seducción. Todo lo que a ella le gusta de los hombres. Los payasos con pasta de campeón.
Ahora los cuatro atraviesan un San Telmo desierto. Ya pasaron varias horas del encuentro en Plaza Miserere y están borrachos.  Las calles están llenas de bolsas de basura y de cartoneros que las revisan. Cruzan la Plaza de Mayo, se suben a una tarima que quedó armada, cantan la marcha peronista. Están buscando una parada de colectivo. Ella viajará con uno de los hombres -su amigo, su confidente- hasta cierto punto en donde se separan. Pero deben hallar la parada aún. Recorren diagonales, la cercanía entre ella y el hombre por el que se siente atraída -se sienten, etc.- va in crescendo. Hay chistes de contenido sexual, siguen cantando. El hombre vive lejos, más lejos que ella y bromea sobre dormir juntos. Se rien. Saben a qué apuntan.
Llegan a la 9 de julio y en la esquina, uno de los hombres se separó del grupo. Su amigo lo busca, se distrae. Están ellos dos pegados, entienden lo que flota en el aire. Aprovechan para besarse. Es un beso fugaz, borracho. Esa noche -no saben bien por qué, pero lo saben y lo aceptan pasivamente- no habrá sexo. El beso es una promesa para que sí lo haya una próxima vez (pero no habrá próxima vez, todavía lo ignoran).
Encuentran la parada. La mujer toma un colectivo con su amigo y bajan en Lacroze (Lacroze para ella no es una calle, ni una estación: es todo eso, la intersección entre Corrientes y Lacroze, es el cementerio de la Chacarita, es el subte B, el Ferrocarril Urquiza). El amigo espera el colectivo. Ella sigue borracha. Está sentada en el cordón escuchando y reconociendo la música que sale de los auriculares de alguien que espera ahí también. Observando la ropa de ese alguien. Llorando, llorando, hundida en una soledad insoportable, en el abandona. Es de madrugada. En 24 horas -no lo sabe- volverá a estar ahí. La historia no será la misma
El sábado 14 de abril del 2012 saldría con un hombre -otro- y la madrugada subsiguiente me tendría en Lacroze, con ese hombre, esperando el mismo colectivo que había esperado 24 horas antes. La historia, a partir de ahí, tampoco sería la misma. Yo tampoco lo sabía.


Cuando saqué el libro de mi bilbioteca no pude evitar abrirlo antes de guardarlo en la cartera. Recordaba exactamente toda la escena de la lectura en Plaza Miserere y estaba prácticamente segura de la fecha. En la solapa posterior del libro encontré un boleto de subte que decía "PUAN 'A' 13/04/2012 19.30hs". Es decir que ese día, a esa hora, en la estación Puán había tomado un subte. Mi memoria no me engañaba. Curiosamente, también encontré dos poemas, impresos, guardados en esa misma solapa. Eran los primeros dos poemas que escribí cuando regresé al campo de la poesía. Los tenía ahí guardados a pesar de que esas hojas me habían servido de soporte de lectura en 2011 y el libro lo había adquirido en 2012. Desconocía qué me había llevado a guardar esos papeles ahí. Supuse que la casualidad, en un ataque compulsivo de ordenar mi biblioteca algún viernes triste. Encontré también un calendario que -seguramente- me sirvió de señalador un par de veces. A simple vista pensé que me lo habían dado alguna vez que había ido a buscar algún libro a alguna librería por encargo de mi novio.  No entendía, de nuevo, como podría haber llegado ahí ese calendario. Luego de una breve reflexión, entendí que estaba confundida. Ese calendario me lo habían dado cuando yo había retirado algún libro para mí, no para mi novio. Lo di vuelta y efectivamente, era un calendario de 2011. A mi novio lo conocí en 2012. Empezamos a salir en abril.
El calendario tenía el nombre de una librería y su dirección. Recordé entocnes qué libro había retirado cuando me dieron ese calendario, recordé lo soficante de ese día, diciembre de 2010.
 Me invadió una leve sorpresa: la librería estaba a exactas dos cuadras de la casa de mi novio. Como si ese error hubiera tenido un hilo de verdad detrás para sostener su trama.
Al mirar la solapa delantera del libro, no pude no detenerme en la primera página, esa que suele estar en blanco. Aprovechando el vacío y quizás a falta de una hoja, un cuaderno, en un rapto de inspiración había escrito un poema allí. No recordaba haberlo hecho. De hecho, los últimos dos versos, en su versión final, se invierten. Tampoco recordaba que existiera una versión con los versos de otra manera, como en el original que ahora leía.
El libro estaba intervenido por mí. Por mi historia. Yo no tenía, en mi recuerdo, registro de esas intervenciones. Todas estaban motivadas por la casualidad: por la necesidad de guardar papeles en algún libro - en cualquiera- para no perderlos, por la necesidad de escribir en cualquier papel para no olvidar. La novela -su trama- estaba atravesada, también y de alguna manera, por el drama del olvido, de la muerte. Por las tensiones de la memoria y sus sostenes.  Y todo, ese material agregado, el subrayado de ciertos párrafos,  absolutamente todo, habla de un aquí y ahora de mi lectura, de quien era en ese momento.
Quedó mi huella y también hay una huella en mí. Se resignifica todo el tiempo, regresa, se esfuma. Un constituyente. Algo que se dice de mí.


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