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martes, mayo 07, 2013

llegar al final, también llamado "acabar"



Los ojos cerrados. No sé qué mano me toca, no se de quién es, no sé que cuerpo me roza ni que boca me recorre. Confundo todos los cuerpos que se desparraman y se enredan sobre esa cama.
Desnudos no tenemos más que nuestro cuerpo, que es lo único que no podemos sacarnos. Lo que más nos pertenece o posiblemente lo único. El cuerpo que nos dice que estamos vivos todavía cuando en las venas corren rios de ponzoña, de flores muertas, cuando el alma está deshidratada pero respondemos aún al estímulo del sexo, de la caricia, de la violencia y sentimos que así se vuelve a la vida, se vuelve a respirar.
Ahora estoy entumecida. Anestesiada. Mi cuerpo no siente, no tiembla. Mis ojos no ven, ni siquiera abiertos, están clavados en un vacío infinito. Soy un vacío, como es vacío la angustia, la ausencia de una certeza o de una respuesta, la búsqueda desesperada e incansable de eso que no se sabe qué es. Eso es la angustia.
No estoy en mí. Estoy extrañada de mi cuerpo, lo único mío. Perder la tenencia de lo inapropiable. Olvidar el lenguaje del sexo.
Solo  intermitentemente, ante los estímulos sobresaltantes de la violencia, del susurro lascivo, del frío, de los límites vuelvo al cuerpo y siento despertar de la hipnósis y grito y gimo, pero se evapora el momento y de nuevo la distancia conmigo misma, la ausencia, el no estar ahí, prácticamente una helada muerte, casi ser un cadaver. Pero en algún momento, desde el fondo de mí retorna el calor, lento pero seguro y a cada movimiento más y más acelerado. Un anuncio de respuesta que satisfaga la angustia o más bien el reencuentro final  de dos partes rotas. El orgasmo es volver a vernos, conocernos de nuevo cada vez. Y crece y crece la sensación, como una ola monumental anuncia romperse contra la costa inminente. Finalmente el estallido libera el aullido y en el cuerpo de pies a cabeza, se vislumbra una sombra de aquello que puede matar a la angustia. Pero dura poco la iluminación, vuelve el pulso a su normalidad y se disipan las formas.
Por fin comprendí, cuando se me agolparon en la garganta las lágrimas que no supe dejar salir, a aquellas personas que me han dicho que el llanto sobreviene al orgasmo. Porque tras ese instante de poder verlo todo tan claramente, vuelve la oscuridad y la angustia de lo efímero.

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