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jueves, mayo 09, 2013

Jano bifronte

 Cuando el fuego crezca quiero estar ahí
Yo caníbal - Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota


Nunca estaba solo, siempre había una mujer con él. Y cuando no había una mujer se aferraba al que estuviera cerca para no quedarse solo si cerraba el bar y empezaba a amanecer. Las mujeres establecían con él una complicidad instantánea
Prisión perpetua - Ricardo Piglia 


La entrada principal es un portón para camiones. O aún más alto. Es una persiana verde que se abre temprano en la mañana y se cierra casi de madrugada.
Atravieso el arco y me interno en el edificio, voy sorteando los puestos, recorro las escaleras, los pasillos, sus pisos, las paredes, los afiches; todo ese edificio se ahoga y entonces uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece. Trece, trece letras en las alas de una grulla. Son trece.

No puedo dejar que el monstruo contamine con su vomito lo que escribo. Ni que se lo devore de nuevo.  Pero después de todo también escribo sobre un monstruo, sobre otro o al fin y al cabo sobre un gemelo. La monstruosidad, lo grotesco, la violencia hipnótica del mero gesto, de la risa desfachatada y vencedora son no solo las semillas de la escritura, sino también las raíces de la adicción.

Trece letras en las alas de una grulla que se estruja en mi mano. La gente es cada vez más y más acumulada en los rincones y la suciedad. Ese universo es testigo, observador pasivo, prisión. Trece iniciales de mujer. De mujeres. Nombres que incluso se repiten casi con sonra. La primera cuenta, en el aire y con los dedos dio catorce. Anoté "catorce" en un cuaderno y lo subrayé dos veces. Nada de lo que hacía era inmotivado. Catorce tenía más sentido que trece. Poner catorce en una grulla y quemarla, tanto que me gusta jugar con fuego. Pero de repente otra vez contar  y que dé trece. Anotar una, dos veces: trece, la yeta. No podía ser de otra manera.

Yo creía que la suerte no es suerte, sino que elegimos el camino. La yeta, me decían los números de la quiniela. Una amiga una vez, hacía mucho tiempo, me había dicho "no escupas para arriba". Otra vez, un hombre me había dicho que él no tenía la culpa de lo que hacía con las mujeres, que él no las provocaba tanto como yo creía, como yo juraba, sino que ellas lo buscaban a él. Y que luego -encima- se daban el lujo de decir que él era el mismísimo demonio y así delegar con mística las culpas. Otro hombre me había dicho que todo lo que había escuchado de él -por parte de tantas mujeres- era una mentira, que él era un buen tipo pero que, como el mundo no sabe hacerse responsable de sí, lo apuntaban con el dedo acusador. Que no, que él no era victimario de nadie. Que al fin y al cabo era una víctima de la mentira.

Mirar en la cartelera el nombre de la materia. Me cuesta todavía automatizar el camino hacia las aulas.
Es un martes y es temprano. Me sobra tiempo, en realidad. Puedo detenerme a merendar al lado de una ventana del tercer piso y pensar en la distancia hasta el suelo de cemento del patio.

Cuando me iba a dormir por las noches con el rebote en mi cabeza del eco de las palabras burlonas e impunes, de la libertad sinvergüenza, cuando en esa oscuridad insomne comprendía hasta que punto -que era lo más bajo, lo más terrible- había caído en la misma trampa por creer en otros ojos, sentía odio hacia mi persona. Se corporizaba todo aquello que durante el día tapaba con productividad y planes. Era una adicta. Adicta a dejarme encadenar en cuanto detecto los matices del mal, a entregarme con más facilidad  y más deseo luego de escuchar -y ver como se cuentan, con los ojos chispeantes del otro poseído- los relatos que no se le deben contar a ninguna nena antes de dormir.
Era odio lo que me invadía, pero más odio por sentir placer al recordar esos momentos, esas noches de intimidad entre cervezas, con noches violentas entre sábanas luego. Esas llamadas telefónicas de quien se siente otra vez tocado por la suerte y festeja. Y necesitaba imperiosamente masturbarme,  dejar que ese placer se distribuyera por todo mi cuerpo y dejara de presionarme la nuca, la cabeza y eventualmente poder liberarlo orgásmicamente o caer dormida, anestesiada  y despertar solo al día siguiente con la alarma del despertador y todavía con la sensación de resaca, pero al menos con el gusto de haber podido conciliar el sueño.

Pesañeo ante el viento que entra por la ventana. El café está frío. Pasé minutos mirando el suelo lejano y pensando en cómo caería mi cuerpo si me llegara a tirar. Cómo se estamparía después del salto mortal.

No me considero una mujer suicida, sin embargo creo que de matarme algún día, lo haría saltando desde lo alto. Sentir que puedo volar o que por fin no tengo los pies en el suelo y que esa sensación será la última antes de la muerte. Ser un paájaro, como los que tengo tatuados.

La fantasía de matarme me ocupa un buen rato. Ni siquiera quiero matarme de verdad. Camino a clase - meto la mano en el bolsillo y encuentro la grulla- uno esas fantasías suicidas con toda mi noche anterior, conmigo dando vueltas en mi cama, con el recuerdo de los cuentos que me contaban los demonios antes de cojerme. La autodestrucción atraviesa los dos momentos y me atraviesa a mí. La atracción por el fuego. Escupir para arriba. Saberme esclava voluntaria de mi propio deseo de transformarme en juguete, en muñeca en una repisa, en mero medio que cumple con todas las cualidades para saciar el hambre voraz que anida en los monstruos.
Entro al aula y me siento cerca de la puerta. Me cuesta mantener la atención una clase completa -antes, cuando era una ingresante entusiasta no me pasaba- y prefiero tener cerca la salida ante los deseos de escapar, de ir a buscar otro café o cruzarme con alguien -con cualquiera- y quedarme hablando, tener una excusa para no volver a clase.
Mis compañeros inician un debate que se aleja del tema del día. Yo saco folletos que acumulo en mi mochila y los comienzo a cortar en cuadrados para hacer más grullas. Pero entonces me acuerdo otra vez de la que tengo en el bolsillo, la saco, la pongo sobre el banco, la miro. Las trece letras (algunas repetidas) en tinta de birome negra. Mi inicial, primera, fruto de mi furioso ego. Me pregunto primero si me molestan y respondo que no. Entonces me vuelvo a preguntar por qué, en lugar de ovejas, cuento esos trece nombres. Por qué elijo meter a los trece en la misma bolsa y no, quizás, hacer la división lógica que dejaría al mío en un grupo más reducido. "Porque te gusta así" me digo. "Porque te calienta así" agrego.
Tengo calor. El fuego. Mientras me voy rápido del aula me sigo preguntando por qué es el impulso de autodestrucción -pero que sin embargo, nunca llevo al final, a la muerte- lo más constante en mí. Me late muy fuerte el corazón y pero no sube la angustia. Me gusta. Me atormenta y  me fascina, como si fuera un brillante de colores que giro entre mis dedos sin poder dejar de mirar.
Huyo de nuevo, siento en mi cuerpo algo parecido al agotamiento. Tomo el subte hasta mi departamento y me encierro en la habitación.
Fumo, fumo, intento relajarme. Hay algo que no puede salir de mí y desconozco qué es.
Corto trece cuadrados, escribo en ellos trece nombres, hago con ellos trece grullas. Repito el proceso trece veces y con trece hilos hago trece móviles de trece grullas, y los cuelgo del techo. La habitación es chica, hay pajaritas de papel que me impiden ver los libros en las repisas, las cortinas, con claridad.
Me recuesto en mi cama, desnuda aboslutamnete. Me repito las historias que sé de memoria, las que viví, las que me contaron. Pienso en la noche anterior, en la ansiedad que me producía saber el final de la última historia, final que yo ya conocía, que podía predecir a los gritos.  Lentamente me voy quedando dormida y sueño con escenas tan prohibidas como imposibles hasta que la orgía se transforma en pesadilla y los demonios tiran de mis piernas y de mi pelo y me arrojan a una hoguera. Siento quemarse mi cuerpo en el fuego tanto como los demonios me quemaban con los suyos. De repente en un rapto de lucidez pienso en las grullas, en los cigarrillos, las cortinas y los libros. Tengo miedo de estar muriéndome realmente y despierto.
Estoy viva y no hay ningún incendio ni principio de. Está saliendo el sol.
Entonces entiendo: el salto a las pasiones destructivas, la fantasía suicida, el fuego, todo en realidad es el motor de mi imaginación y de mi experiencia para lo que verdaderamente me define. No es la autodestrucción aquello inherente a mí. Es otra cosa.

Con los primeros rayos de la mañana, enciendo la computadora y en un archivo en blanco, empiezo a escribir: "La entrada principal es un portón para camiones..."

1 comentario:

Agost dijo...

El asunto del Jano Bifronte me trae malos recuerdos de una materia de la facultad. No quiero entrar en detalles (?).
Con respecto a los clutches transparentoides, yo sé que es polémico. Hasta medio mersa. Pero a mí me encantan.
Una pregunta: de dónde es esta foto que subiste al Tumblr?
http://i.imgur.com/ckXpNiF.jpg