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lunes, abril 22, 2013

Hombre Lobo

 Tomate el tiempo en desmenuzarme.
Entre Caníbales - Soda Stereo.


 I

Uno se decide a escribir algo. Entonces surge la cuestión: ¿desde donde escribe uno? Digo ¿escribe uno desde la nada misma, desde la idea pura, desde la iluminación cuasi divina o desde la experiencia desencadenadora de escritura?
Supongamos que uno se decide a escribir algo a partir de una experiencia determinada. No importa cuánta fidelidad a la realidad se vaya a tener (si se puede decir que vaya a existir fidelidad, porque a partir de que el relato se sumerge -perdón: elegimos sumergirlo- en el campo de la literatura sabemos que muere un poco el autor y que las letras pasan a componer en mayor o menor medida la ficción), como decía, no estoy evaluando el grado de fidelidad, sino el origen, el desde dónde. ¿Escribimos desde la pura experiencia o desde la experiencia tamizada por el recuerdo? ¿escribimos desde el recuerdo o desde el relato que elaboramos de él? ¿escribimos desde el relato interno o desde el relato que se fue componiendo de las mil veces que contamos la historia vivida? Como los viejos relatos que los juglares iban transmitiendo y deformando en cada nueva enunciación, lo que elegimos escribir y lo que creemos recordar y lo que -en sí- decimos haber vivido dificilmente sea lo que sucedió. Pero ¿y si lo que al fin y al cabo queda es solo eso, solo la vida intervenida por nuestra mirada, no será que lo real es lo deformado y no lo exacto? Si mínimamente dos personas no pueden contar de igual manera los hechos ¿cómo podemos recuperar de manera fiel el pasado? ¿vale realmente la pena?.

II

Estoy sentada en una oficina, en un cubículo de dos por dos. Se escucha de a intervalos de diez minutos el llamador que indica el turno a los contribuyentes. Un mate se enfría al costado de mi escritorio. El ahora es un otoño caluroso y me retrotrae a otro calor. El calor puede desencadenar una historia o puede recordar al infierno. Y el infierno también puede desencadenar la misma historia. Vuelve el arsenal verbal de la culpa católica: el pecado, el demonio, la tentación y se puede contar desde ese eje, desde las llamas y el fuego de la condena eterna. O simplemente se puede vomitar la seguidilla de imágenes de manera mínimamente coherente.

Lo primero que se me viene a la cabeza es la ropa. Mi pantalón favorito. Hay días en que me gustaría seguir usándolo pero los años de guerra lo dejaron estirado. Y de ese pantalón, el botón gigante. Después se me viene a la cabeza el pullover violeta, polera. Por eso recuerdo el calor, porque desde la mañana temprano había estado sufriendo la calefacción centralizada de la facultad con la salida de aire sobre mi cabeza y más tarde el calor que siempre hacía en esa habitación en la que terminó sucediendo todo. Porque lo que hice apenas llegué, apenas traspasé el umbral de la puerta fue quejarme del calor (¿estaría encendida esa estufita eléctrica que a veces en invierno enchufábamos? no lo recuerdo, es posible) y sacarme el pullover violeta, y revolearlo sobre el sillón o sobre la cama.Un punto aparte merecerían mis botas de charol negras. Hoy por hoy, en la distancia, me parecen horribles, ordinarias. "Botas de gato" fue el comentario que recibí, sobre ellas, a lo largo de ese día. Porque sí, varias personas me hicieron el mismo comentario sobre las botitas aquellas tan feas, que en ese momento tanto me gustaban. Era después de todo, el calzado correcto si fuéramos a hacer esa escritura (o lectura) sobre el pecado y la culpa.  Debajo del pullover tenía una polera negra y debajo de todo tenía, también negra e intencionalmente combinada, la ropa interior. Y las medias, las medias. Las medias rayadas, negras  y blancas. Aún las conservo, casi al borde de la destrucción total. Elegí dejar de usarlas pero guardarlas, no sé si como un trofeo o como un recordatorio.
Cierro los ojos por un momento. Me detengo a pensar y los vuelvo a abrir. La calefacción central de la facultad me ahogaba esa mañana. Debía ser un presagio. También debía ser un presagio la confusión que produjo en mis amigas el saludo de un compañero: fue un beso en la mejilla, inocente, casual. Mis amigas, a dos filas de distancia, creyeron ver un beso en la boca, totalmente inexplicable.  Detrás de mí estaba sentado un muchacho que  me gustaba y logré averiguar, esa mañana, donde vivía, como se acercaba hasta la facultad. Creo recordar que era de Mataderos, pero mi memoria me engaña. Quizás, simplemente, estoy inventándolo.
Mediodía, en el colectivo escuché dos canciones a la altura de Nazca que me quedaron grabadas a fuego. Una reaparecería por la tarde en medio de los hechos ¿reaparecería? Otra deformación de los años.
La ducha tenía el color anaranjado de la tarde en mi baño. Elegí ducharme temprano cuando siempre lo hago a la nohche. A esa altura ya habíamos arreglado para encontrarnos. Hice jugarretas conmigo misma para evitar la consumación  de lo predecible y al mismo tiempo me empeciné por combinar la ropa interior, en una contradicción consciente que lo único que lograba era provocar mis batallas internas, la enemistad con mi otro  yo.

El problema del otro: del otro yo o directamente del otro, del ajeno a uno. ¿Quién abrió la puerta? Narrar en primera persona y no saber si hablar de una segunda persona o de una tercera persona, si te hablo a vos o hablo de él que al fin y al cabo es hablar de vos pero sin hablarte.

Digo que caminé las pocas cuadras entre mi casa y mi destino (¡mi destino!), digo que toqué el timbre.
En el portero eléctrico escuché la voz que informaba que ya bajaba a abrirme y a través de la puerta de vidrio vi segundos más tarde a un hombre con un tapado largo, larguísimo hasta el suelo y con las llaves en la mano.
Mis ojos ciegos bien abiertos. Vómito verbal que adquiere sentido: mis ojos ciegos bien abiertos miraron a ese hombre que bajaba con la sonrisa triunfante en su rostro que adelantaba su victoria. Los dos sabíamos: él y yo. Y yo sabía, con una certeza brutal y ansiosa, que me tocaba la derrota. Me tocaba bajar la cabeza.
Sí, le dije ante su pregunta, ante sus cejas inquisidoras. Sí, me gusta como te queda ese tapado. Otra sonrisa silenciosa y una media vuelta para subir los dos pisos que nos separaban del estrado en donde sería sometida a un juicio tortuoso y condenada.
Hay vacíos en mi memoria. Hay grandes espacios que no puedo rellenar ni con imagenes ni con palabras. Hay un muñeco de plastilina que moldeo con paciencia y que siento en el piso. El muñeco que fue también desencadenante de relatos.
Lobo bajó el tablero del armario, lo ubicó sobre la cama -campo de batalla obligado- y abrió fuego con los dados al aire.

III

Lobo sonrió antes de que terminara de formular la pregunta. "La pantera rosa" dijo con los ojos brillantes. Entonces los ojos que brillaron, pero de odio y vergüenza fueron los míos. La victoria en sus manos y en las mías la nada.
Aplasté con furia el muñeco de plastilina que descansaba en el suelo y me recosté sobre la cama en posición fetal. Esperaba, inerte, que Lobo se cobrara lo implícito en mi derrota, en su victoria. Que tomara el premio.
Su nombre había determinado en cierto punto su ser: se arrojó encima de mí, haciendo presión en mis extremidades para dejarme inmovilizada y comenzó a morderme el cuello sin piedad. Yo me retorcía, no tanto de dolor sino por lo eléctrico que sus dientes inyectaban en mi piel. Y por el terror.
Miedo. Ya estaba ahí, yo. Ya estaba ahí, él. No iba a poder escaparme con excusas esta vez, había apostado a la destreza de cada uno el botín que él quería tomar y yo no terminaba de querer entregar. Y lo había perdido. Estaba condenada y era la presa de un lobo muerto de hambre del que había huído por pura suerte y astucia durante el tiempo que había precedido a ese día. 
Lobo deslizaba sus manos debajo de mi ropa y yo ahora besaba y lamía su cuello y sus mejillas en un rapto de desesperación. Nos rozábamos con toda la fricción posible e imaginable y de a poco empezaron a salir de mi boca los gemidos cargados de vergüenza pero ya incontenibles. No sabía que quería. No entendía mi deseo. Y seguía cayendo en un espiral de derrota infinito.
Rogué piedad, rogué un segundo de tregua. Habíamos recorrido en el forcejeo de la guerra todo el territorio de su cama hasta terminar en el lado contrario. Ahora estaba yo sobre él. Me había cedido las riendas a consciencia de que seguía teniéndolas en sus manos.
Bastó que Lobo contara hasta tres -y le seguían brillando, terribles, los ojos y también la sonrisa- para que yo cediera. Y me ofrecí mejor que nunca. Me acerqué a su boca, se entreabrieron nuestros labios antes sellados y comenzó un beso que duró, en mi recuerdo, una eternidad. Eternidad en la que, desde fondo de mí, comenzaron a explotar como fuegos artificiales los monstruos y con ellos a ascender las lágrimas. El beso terminó en un llanto incontenible y en la mirada perpleja de Lobo. Él tenía como una reacción posible mi llanto y ante mi convulso deseo de irme inmediatamente de su casa, me retuvo argumentando que no podía salir a la calle así, que antes tenía que tranquilizarme, tomandome del brazo y manteniendome con firmeza sobre la cama.
Lentamente mi angustia fue cediendo y mi mente comprendió que ya no tenía más que perder. Que ya me había doblegado al máximo y que solo podía acoplarme al deseo de Lobo, que al fin y al cabo era también el mío.
La habitación estaba en penumbras. Afuera estaba nublado pero Lobo había bajado las persianas quejándose del sol que entraba. Trampa que en su momento no comprendí. Ahora la única luz era la de un velador amarillento sobre una pecera. De nuevo comenzó un beso, pero ahora seguros de que el final sería otro. Me detuve en el momento en que Lobo me sacó la remera, advirtiéndole que eso podría cambiarnos para toda la vida. Eligió seguir. Yo me deshice del tapado que tanto me había desencajado al principio, de su camisa con botones a presión.
Para cuando estuvimos los dos desnudos y quizás con él totalmente encima de mí, cuando solo restaban un movimiento ínfimo y centímetros para que su pija erecta estuviera dentro mío, susurró en mi oído cinco palabras: "una eternidad esperé este instante".

IV

Las paredes estaban cubiertas de la condensación de nuestra respiración. Yo estaba conociendo todo el sexo que me había sido vedado. El sudor nos empapaba, nos pegaba aún más, humedecía el colchón ya sin sábanas y nuestros cabellos.  Fue entonces cuando Lobo tomó una botella de agua que estaba a un lado de la cama y la arrojó sobre mi cuerpo y sobre el suyo para resfrescarnos un poco.
Sentí en ese instante algo que nunca más volvería  a experimentar: la desaparición absoluta de los límites que imponían nuestras pieles. La sensación de que los dos cuerpos estaban fundidos en uno solo, retroalimentándose de sexo.

V

El después de lo que llamamos acabar lo recuerdo tenuemente. Una canción de Queen con las luces ya encendidas y la ropa ya puesta que incitó un nuevo beso, mirar la hora y saber que era momento de retirarme. Me llevé el bollo de plastilina, el muñeco aplastado, en mi cartera y sellamos la promesa de que no hablaríamos al día siguiente de lo sucedido. Que esté relatando esto tanto tiempo después da por sentado que esa promesa jamás se cumplió. Esas y prácticamente todas las demás que implicaban cercenar el contacto entre nuestros cuerpos.
Cuando bajó a abrirme, nos dimos un nuevo beso contra la pared de venecitas turquesas segundos antes de que su padre llegara y nos mirara sorprendido ante nuestro aturdimiento y el calor que denotaba mi cara.
Caminé  hasta mi casa sin poder sacarme de encima el sofocamiento que me producía haber caído ante tal abismo y haberme descubierto de repente, como si antes no hubiera sido yo jamás.


VI
Las llamadas telefónicas menguan alrededor del mediodía. Sigo sentada en la misma oficina, en el mismo cúbiculo de dos por dos y por fin termino de escribir este relato que me llevó horas. No podría ubicarlo en el plano de la verdad ni en el de la mentira. A esta altura ya es literatura. De todo lo que dije, lo más cierto es que ese día  no visité solamente el infierno ni descubrí la derrota violenta, no conocí otro cuerpo y nada más, sino que por encima de todo, conocí el mío por fin.



Nota de la autora: Acabo de leer un protorelato de este, que data de hace un año. Hay datos que se contradicen. Información que varía. De tanto contar y recontar lo mismo, de tanto recordar la memoria comenzó a traicionarme. Ya no importa: estamos en el campo de la literatura. Ya nada fue.

1 comentario:

Brian Janchez dijo...

deberias cerrar el post con un "levante la mano quien no se calento?".
brian.