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viernes, febrero 22, 2013

Variaciones sobre lo real

Más de un año llevaba con la misma rutina: esperar el mismo colectivo, llegar a la misma hora a la terminal del subte, buscar un asiento cercano a la puerta, bajarse en medio de Once, caminar hasta el trabajo. Más de un año en un semiautomatismo del que solo escapaba con las lecturas, las lágrimas o la música.
Hacía exactamente un año, la rutina había sido interrumpida de golpe. Violentamente.
Esa mañana, el subte se detenía demasiado, andaba lento. Las estaciones eran un murmullo intransitable. Hacía muchísimo calor. Cuando el viaje acabó y la luz del sol comenzó a verse donde siempre, el panorama era otro. La avenida Corrientes desierta, cortada. Los policías en las esquinas, la gente en las veredas detenida y expectante y murmurante "un tren un tren" y a toda velocidad las ambulancias sonando, disparadas. Y de fondo una sirena aún más potente, más ronca más triste.
Tenía en mi cabeza el día torturándome, era el primer festejo sin festejo, una nueva fecha caduca más y no podía evitar sentir todavía el vacío y la herida sangrante. Y si algún día iría a volver. Pero el revuelo me había hecho olvidar, instantáneamente, esa pena. Las camionetas de los canales de televisión rodeando la estación de trenes. Los helicópteros amagando con aterrizar. La muchedumbre agolpada alrededor del edificio. Fiché como todas las mañanas y en la recepción pregunté qué había pasado. "Parece que un tren se incrustó en el andén" me dijo la secretaria.
Las horas subsiguientes fueron chequear los diarios continuamente, mirar por la ventana que tanto diario amarillista hubiera envidiado: la policía federal sacando los cadáveres cubiertos, los bomberos que no paraban de salir y de entrar, todo el panoarma desde arriba, nosotros ocultos, curiosos y tristes también. Los internos se poblaron de llamadas preocupadas "¿vos no te tomás ese tren?" y los pasillos con los cafés del eco de "si no me hubiera quedado dormida estaría muerta". Alejandro, mi amigo, me comentó a la tarde que su ex novia lo había llamado, temerosa de que él hubiera estado allí. Le dije que bueno, por lo menos a él lo tenían en cuenta, que en cambio a mí, que por mí nadie se había preocupado. Y sonreí brutal, pero todavía me duraba la tristeza. Había regresado, ahí de golpe, al comprender el olvido.
Hoy desperté sabiendo qué día era. Pensé que me costaría llegar al trabajo. Que habría medios en la calle que me tocaba transitar, que las veredas estarían repletas de gente por el homenaje a los muertos en el accidente. Mientras viajaba en el colectivo, mientras esperaba que saliera el subte, pensaba en cómo había sido la exacta rutina hacía un año. En qué estaría pensando, qué estaría sintiendo, y si no era extraño que ahora esas dos canciones ya no me hicieran llorar.
Y cuando abriéndome paso entre la gente que subía y bajaba las escaleras de la estación Pueyrredón pude salir a la luz del sol, vi ambulancias a toda velocidad y la avenida Corrientes cortada y me estremecí como hacía un año. Y dos vendedoras ambulantes hablaban "parece que el tren no llegó a frenar y chocó" pero para ellas todo esto parecía nuevo. Y nadie parecía notar la repetición, porque en el aire flotaba algo extraño, como el tic tac de un reloj averiado, como un desorden temporal. Y sin saber por qué, pero más joven y más triste, me pregunté si él estaría preocupado por mí.

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