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sábado, noviembre 24, 2012

Mis cinco poemas favoritos

Escribo mucha poesía, al menos desde abril del 2011 para acá tuve una fiebre poética que produjo que pusiera en verso todo... absolutamente todo. Pero más allá de eso, me gusta leer poesía. Y leer poesía y que me guste mucho mucho como para llegar a transformarse en un poema importante en mi vida quiere decir que me mueva una, varias o todas las fibras. Estos cinco poemas generaron en mí desde una identificación insoportable hasta emociones indescriptibles. ¿Por qué cinco? Porque se me canta.

1. Durante años, mi poema favorito fue aquel que termina diciendo "pero te digo adiós para toda la vida, aunque toda la vida siga pensando en ti". Con el tiempo todo fue variando y otros poemas ocuparon ese lugar. A principios de este año (febrero o marzo) estaba recorriendo los rincones de Tumblr cuando me encontré con un poema. Alguna vez lo había leído (el último verso es inolvidable) pero no lo tenía muy presente. Ese día me desarmó por completo: sentí como si aquella mujer que lo había escrito hubiera dicho absolutamente todo lo que yo deseaba fervientemente decir (pero no sabía como, no me alcanzaba la poesía incluso) y que, para colmo, lo había dicho como a mí me hubiera gustado decirlo. Rompí en lágrimas histéricas hacia la mitad y así continué, llorando, ya terminada la lectura. A partir de ahí comencé a averiguar más sobre la autora y para principios de abril, el día de la tormenta tornado, me encontraba sentada en la boca de respiración del subte, en Corrientes y Pueyrredon, leyendo el libro que contenía ese poema -y muchos otros- mientras en el cielo arremolinaba el infierno. Pero todavía no dije de qué poema se trata. Estoy hablando de Ya no, de Idea Vilariño, poema que como tantos otros le dedicó a Onetti, poema repleto de tristeza, de un adiós que golpea cada una de las palabras, para terminar diciendo "no te veré morir"
2. En 2007 estaba leyendo Rayuela y me encontré con una frase. Frase que -no sabía- era cita de otro autor. Me obsesioné con esa frase (obesión es la palabra, sí) y comencé a copiarla en todos los cuadernos, en las paredes, en los bancos de escuela. Al poco tiempo me enteré de que, en realidad, era el primer verso de un poema de T.S. Eliot: The Wasteland. Luego me compré una edición bilingüe del poema, lo leí en idioma original y traducido, continué plagando mi universo de ese primer verso. Es que significaba mucho para mí, como si alguien, en algún lugar del universo, pensara lo mismo que yo sobre el mismo mes. Tanta fue la locura, el fanatismo, que hoy por hoy no sólo ese verso titula este humilde blog... sino que lo tengo tatuado en la pierna. Así estamos. Porque sí, pase lo que pase y porque la vida es un círculo... april is the cruellest month.
3. Corría el año 2011, mayo. Yo estaba en la biblioteca de Puán leyendo para una materia, Literatura argentina II. La materia estaba dividida -claro- por unidades y a cada unidad le correspondía, poco más, poco menos, una década del siglo XX. Bueno, estaba leyendo el material correspondiente a la unidad de la década del sesenta. En mis manos, un libro de poesía: Argentino hasta la muerte, de César Fernández Moreno (hijo de Baldomero Fernández Moreno, poeta también). Yo no tenía la edición que pedían en la cátedra: es que los poetas tienen esa tendencia de publicar en cada edición, un poemita más, uno menos, retocar algún verso, cambiar el orden. Tenía la segunda edición y no recuerdo si correspondía la primera o la tercera. La cuestión es que esa edición tenía un poema que no entraba en el programa y que el autor había decidido agregar en esa segunda edición del libro. La tierra se ha quedado negra y sola se titula el poema y el título proviene de un verso de Baldomero Fernández Moreno. Es que ese poema lo dedicaba el autor a su padre... que había fallecido. El poema era eso: un lamento a la muerte de su progenitor. En medio de la tercer estrofa rompí en un llanto silencioso y espasmódico, en medio de esa biblioteca. Seguí lagrimeando hasta terminar de leer. Luego, invadida por una musa triste, muy triste, tuve que escribir un poema: un poema también sobre muertes, sobre la gente que se nos va, sobre los que quedamos -porque sí, siempre somos egoístas y hablamos de nosotros- acá. Hoy por hoy ese poema que escribí es uno de mis favoritos. Y La tierra se ha quedado negra y sola... aún más.
4. Cuando tenía 12 o 13 años comencé a ver películas por gusto y sola. Ustedes dirán "ya estabas grandecita".  Sabrán entender que no soy muy cinéfila, siempre preferí leer un libro, o dibujar, o hacer miles de cosas antes de ver una película por mi cuenta. De hecho, hoy por hoy todavía soy bastante colgada al respecto, si me recomiendan una película puedo llegar a no verla... por vagancia. Si estoy viendo una peli y pintó otra cosa... no la termino de ver, y si estoy en trasnoche en un cine posiblemente me duerma. Así es como tengo el dvd de "El curioso caso de Benjamin Button" grabado hace tres años y sin ser visto, así es como me dormí viendo "El padrino" en el cine y como nunca terminé de ver "La ciencia del sueño" aunque me pareció interesante y la tengo en la pc. Bueno, la cuestión es que para cuando tenía 12 o 13 años, pasé uno o dos veranos a plena pubertad en la pieza de mi prima viendo películas en cable, por la tarde, mientras mi hermano y mi prima, aún niños, jugaban en la pelopincho. Una de las películas que más vi en ese lapso de tiempo fue "Cuatro bodas y un funeral" (hoy por hoy la película que más veces vi en mi vida es "La boda de mi mejor amigo", algo con las películas de bodas, claramente). A fuerza de recurrencia se volvió una de las películas que más me gustaba para esa época. Además -shame on me- tenía una especie de crush on Hugh Grant. Más allá de todo eso, en esa película leen un poema. Porque sí, hay cuatro bodas y un funeral (duh) y en el funeral uno de los personajes despide al muerto leyendo un poema.  Ese poema es de autoría de W. H. Auden, y se encuentra en Da songs and other musical pieces bajo el título de XXX. Maravillosamente melodioso pero a puro luto, este poema grabó en mi memoria sus primeros versos. Este año, de nuevo en sus inicios (pero ahora en enero) lo rescató mi memoria -casi como la de Funes- para el epígrafe de un poema que necesité escribir. No enteramente, pero sí una estrofa. Cuando uno necesita escribirle a algo que se parece a la muerte, solo puede hablar desde ella: en vida, lo más cercano que tenemos a la muerte son las despedidas. Y cuando a mitad de este año, tras una atroz muerte -verdadera- compré en un impulso un libro de Auden que contenía este poema... quizás, solo quizás, entendí todo.
5. Macedonio Fernández, vaya personaje extraño de nuestra literatura. Admirado por muchos, transformado en personaje en una novela de Piglia, simplemente Macedonio. En la navidad de 2007, mi primer novio (hoy estaríamos cumpliendo seis años, se lo dije ayer mientras almorzábamos -trabajamos juntos- y nos reímos mientras me robaba un gajo de mandarina y me contaba de su noche de juerga) me regaló dos libros. Uno es un hermosísimo libro de ensayos de Poe. El otro, un compendio de escritos y poemas de Macedonio Fernández, editado por Tusquets. Ambos los leí allá por el 2007 o 2008. El de Macedonio lo marqué vagamente, lo guardé en mi biblioteca y nunca lo releí. Luego me mudé, luego tantas cosas. Hace ¿un mes? quizás, mientras ordenaba la biblioteca, me di cuenta de que nunca había releido ese libro, ni siquiera le había echado una mirada en años. Lo abrí y me encontré leyendo Elena Bellamuerte. La historia de Elena y Macedonio es bellísima y triste (triste como todas las historias de amor que terminan valiendo la pena al fin y al cabo). Tan hermosa y tan triste que dio lugar a ese poema. Leyendolo me fui llenando de angustia, de esa angustia que solo produce la poesía que mueve, que hace temblar. Hacia la mitad -ya sabrán- se me llenaron los ojos de lágrimas. Entendí que estaba calando hondo dentro mío ese poema. Decidí que era justo, se lo permití. Y quedó dando vueltas en mi cabeza ese nombre: Elena Bellamuerte.

Si llegaron al final de todo esto y si leyeron los poemas, se habrán dado cuenta de algo: todos hablan al fin y al cabo de lo mismo (excepto The Wasteland, que es más amplio, pero ¡vamos! la primera parte se llama The burial of the dead). No es que sea un ser oscuro y deprimido, para nada (o quizás un poco oscura, pero lo normal). Simplemente lo que más tela me ha dado para escribir, fue la ausencia, y la ausencia es la muerte, la despedida y todo lo que termina. Quizás porque en ausencia solo puede escribirse, quizás porque escribir siempre se escribe en ausencia. No sé, supongo que el tema viene por ahí. Pero si tuviera que decir algo de esos poemas que tanto me gustan, que tanto me emocionan, diría que son perlas de un mismo collar. Y que ese collar lo llevo en mi cuello desde hace tiempo.

3 comentarios:

Un desvarío por jueves dijo...

buenísimo, che. la selección y los argumentos para elegir esos y no otros. el primer poema, sobre todo, me mató. tremendo

abrazoo

Brian Janchez dijo...

es muy lindo el primero. me lo guarde.
brian.

Bell dijo...

La muerte y la ausencia, dos temas de los que me encanta escribir, aparte del deseo idílico. Me encantó tu blog y tus poemas favoritos, son puertitas nuevas que se me abren para seguir explorando la poesía.
Saludos :)