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lunes, noviembre 12, 2012

El ensueño

     No saber  dónde. Ni cómo decir.
     Promesas al mediodía, en el sol entrando por el lavadero. "Esta noche, esta noche" y lo macabro. La curiosidad y saber qué esa noche, esa noche, pero no saber dónde, no saber cómo, no saber si la promesa se cumplirá o es mera maquinación del hombre orgulloso. Porque hay algo que recorre la piel, algo nuevo que dormía como una bestia, que durante meses se dejaba de ver solo cuando el sol y la luna y las estrellas y los eclipses y la excepción se ponían de acuerdo y era todo muestra gratis o mentira, actuación para saciar el hambre del otro ahí expectante, de los pedidos desesperados desnudos primeros, de las órdenes del dominado.
     Ya en el atardecer los ojos destilaban ternura y la promesa parecía diluirse en un nuevo cansancio. Parecía haberse olvidado de la mañana o haber ahogado la locura en la vergüenza. Ahora se fundía su boca tenue en abrazos suaves; Lucía sentía desde el fondo de su estómago nacer una desilusión temprana.
Cuando en medio de las guitarras y las pinturas le preguntó dónde, ella lo miró un poco sorprendida y otro poco alegre. Pero los ojos pesados y la cabeza ladeada auguraban otra vez el sueño.  Pensó en el final de la noche como algo ficticio, como una construcción imposible. Prefirió concentrarse en el vaso de cerveza.  En algún momento, entre el umbral de la puerta y el viaje en colectivo pareció perfilarse con más certeza el después.

      Decidieron bajar en la esquina del peor hotel de Buenos Aires. Lo conocían, habían entrado hacía tiempo, una de esas tardes de tedio en lo que lo único que parece posible es encerrarse en la habitación de un hotel barato y matar el tiempo. Mientras cruzaban la avenida, le señaló a Lucía particularidades de ridículo gusto del edificio. Entraron y pagaron esa suma tan módica y tomaron ese ascensor tan horroroso y entraron a la habitación desolada, mal iluminada, con las paredes blancas y las sábanas transparentes, agujereadas, la mesa contra la cama, peligrosa, las banquetas con el tapizado ajado, los interruptores viejos, la puerta del baño trabada, mal instalada y el televisor vetusto y la música que no funcionaba. Entendió Lucía que ese lugar horrible e impersonal, ese rincón sucio de la ciudad era el único lugar, era el dónde. Se sacó los zapatos y se tiró en la cama, inmovil, lo esperó. Él se tendió a su lado y comenzaron con un abrazo y la cercanía. Como otrora, la respiración de boca en boca pero sin tocarse éstas y una frenética caricia continua con la desesperación creciente y la paciencia menguante. Todo hasta el momento en que las palabras brutales y lascivas comenzaron a deslizarse hacia los oídos de Lucía. Entonces la realidad se fue llenando de neblina o los ojos de ceguera, como en un sueño los límites se borraban y una especie de ficción parecía nacer, con la fuerza entera aplicada sobre su cuerpo incesantemente como promesa cumplida, a medida de que iba verbalizandose cada roce y que los silencios morían como mueren los días bajo el peso de la noche. Todo era la violencia de dos entes que se declaran en guerra, una batalla ancestral con las armas del cuerpo y solo las del cuerpo, con el odio de quienes saben que no se puede salir ganando de toda guerra, que alguien vencerá sobre el otro y al mismo tiempo con el gusto en la boca de la sangre, el placer de sentir la sangre propia y ajena, la muerte propia o la del otro, sin distinción alguna. A partir del primer silencio roto, él había sufrido la transfiguración de lo negro de la noche y se había perdido su nombre o despertado su demonio. En el universo inquieto e inestable perdía su ser y lo recuperaba deformado, manchado. Había un vaivén, como el del mundo dormido y  en la mirada, el temblar de Lucía.
       Del placer y la alegría a la ira entera de saberse doblada, vencida, atrapada en los hilos del delirio erótico, en la jaula de la dependencia más atroz de todas: la de un poco más, un golpe más nomás y nunca suficiente nada; el enojo de quien sabe que el otro ya sabe cómo ganar cualquier batalla, como dejar tendido y rendido al enemigo. Y luego el llanto por ya no tener como decir ni como gritar ni como gemir ni como expresar tanta locura y tanta pulsión fundida, Eros y Thanatos en un solo ser, dueño de la tierra de la cama, coronado por la guerra.
      Quieta y muerta, perdida Lucía, continuaba en el aire lo difuso de la alucinación y del sueño. Quieto y  muerto él, que dormía, parecía alejarse de esa realidad trastocada en la tranquilidad del sueño, como si fuera más real lo onírico que esa pieza sucia, que el calor que flotaba en el aire.
      Con los ojos clavados en el cielo raso de penumbra y las luces azules desteñidas, Lucía quería despertarse pero estaba despierta. Todavía flotaban los ecos de lo indecible. Sentía el respirar casi apagado de él, el pecho elevarse. Parecía a resguardo de la locura en sus sueños y ella en la realidad. Los pies de repente siendo devorados por hormigas, las serpientes subiéndole por las extremidades y tantos gusanos que salían del colchón ¡él tan dormido y tan a salvo, ella despierta y todavía muerta y extasiada, ahora devorada, enterrada por el asco!. Y no podía moverse. Como clavada en la cama, miraba y en la oscuridad veía nada, pero sentía toda esa fauna repugnante subiéndole por el cuerpo y él a su lado casi muerto y el calor que le derretía la carne.
      La pesadilla se agotó cuando el puñal del teléfono, helado, sonó. Y ahí sí despertaron.

1 comentario:

Brian Janchez dijo...

Para mi deberias sacar algun librito con todas estas historias, poemas, pensamientos sobre o que ocurran en hoteles.
brian