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lunes, noviembre 05, 2012

Dos andenes


Este cuento, como muchos que se han escrito desde el inicio de los tiempos, versa sobre el tema del doble. Sorprendentemente, uno de los últimos cuentos que escribí (escribo poca prosa últimamente) versaba sobre el mismo tema y (para más sorpresa) la acción sucedía también en el subterráneo. No deja de resultarme misterioso el ambiente del subterráneo, siendo por eso  uno de mis espacios urbanos preferidos. Tengo la idea de que las combinaciones y las multitudes y los pasillos y todo lo que podría agregarse, hacen estragos en la normalidad de la vida. Para nuestra suerte, claro. Si no se alterara de vez en cuando la normalidad, el tedio de la modernidad acabaría por matarnos... más rápido.



El sopor insoportable del verano anticipado en las baldosas enceguecedoras del centro. Ese detalle era el primero que se dibujaba entre la multitud, con el vapor de las bocas de subte y las espaldas sudorosas. La confusión incipiente entre la basura acumulada.
Y el sin rumbo y la indecisión; el placer estético o el placer sexual, los ojos o las manos, la pana de los asientos o las sábanas desgastadas. Finalmente el día y la hora y los reclamos insensatos marcaron el camino hacia el celuloide, hacia los halls plagados de jubilados ansiosos esperando que se abrieran las puertas; hacia las dos horas a un módico precio que ningún hotel, ni el más barato, sucio y húmedo podría igualar.
Luego había que volver del cine. Los minutos tendían velozmente hacia el último servicio y había que salir de las luces y de las cúpulas y las plazas grises para alcanzar esa punta oscura de la ciudad, de confluencias de universos y migrantes diarios y exiliados muertos. En la sala había quedado impregnada la última escena como el olor a flores pudriéndose en el agua; su  dulce descomposición los perseguía. A través de los semáforos, de las veredas y las esperas en las esquinas, el comentario obligado sobre la película; cine debate móvil en el juego del papel asumido de intelectual, de seres que comprenden más allá que toda esa gente (los  halls plagados de jubilados ansiosos esperando que se abrieran las puertas, las dos horas de módico precio). Lucrecia asumía una posición no del todo conforme, solo por deporte, Facundo intentaba darle todos los motivos por los que le había gustado tanto –tanto a él, tan cinéfilo, tan versado- pero solo lograba intensificar las críticas vanas de la mujer, que avergonzada por su superficialidad usual, por su tendencia al amor o al odio solo por meras identificaciones intentaba justificar que algo, que había algo que no, aunque solo fuera para contrariar a su compañero. Dijo que la última escena había sido totalmente innecesaria sabiéndose hipócrita. Facundo la contradijo, consideró que había sido acertada, para nada superflua. Lucrecia no supo responder y continuó negándolo, terca. Pero si justamente, la última escena y ella. Justamente esa y ella y lo otro.
A veces era fácil retomar esos hilos. Recordarlos sin querer y con culpa. Porque había vivido una vida que encajaba perfectamente en un esquema repetido hasta el hartazgo, en cine, en literatura, no resultaba extraño que tantas veces los argumentos trajeran consigo como el mar ese barco hermoso naufragado. Lucrecia siempre se lo adjudicaba a lo común, a los topos explotados y trataba de distraerse con lo cotidiano de las vidrieras de muzzarella aceitosa o en esas cosas pasatistas que pueblan la ciudad como droga para el olvido.
         Llegaron a la boca del subte que seguía emanando el vapor sudoroso mezclado con la pestilencia de la basura expuesta al calor tortuoso del día y las flores muertas. La luz roja del cartel zumbaba y se atenuaba. Descendieron por las escaleras pegajosas a sabiendas del destino de vagones repletos y sofocantes, Facundo riéndose, Lucrecia un tanto enojada porque sí aunque en realidad porque la última escena no era tan innecesaria y ella lo sabía y también sabía todo el resto.
         Se burlaron de la gente esperando. Se quejaron de lo angosto del andén y miraron en silencio a los nenes que hurgaban en el tacho hasta que llegó el subte. Se arrinconaron en la puerta que, sabían, no iba a abrirse hasta la terminal, se abrazaron y comenzaron con el parloteo almibarado y los comentarios sobre los pasajeros y el calor y también un poco sobre todas las mentiras que se dicen en nombre del futuro. El asumido escepticismo de Lucrecia y tan hipócrita Facundo que se decía libre y se decía escéptico pero que no paraba de repetir todo lo que repiten quienes engañan con pájaros de papel los corazones de las muchachas tontas y Lucrecia que no era tonta y Lucrecia que se reía para no llorar, porque hasta para tirar la primera piedra era honesta y tanto le dolía.
         Faltaban dos estaciones cuando se hizo el silencio unilateral. Facundo seguía hablando pero ahora los ojos de Lucrecia no estaban con él ni con los pasajeros. Se habían clavado en el otro andén, en dónde se movía y hablaba –pero ella no lo escuchaba- un extraño. A través de las ventanillas sucias, entre las columnas de hierro se filtraba la visión de ese desconocido que era tan ignoto pero tan familiar, en el vaivén terrorífico –porque nunca deja de ser terror lo que se percibe- de sentir que del otro lado está alguien que uno conoce mucho pero que al mismo tiempo no es aquella persona conocida. No podía dejar de mirar al hombre que esperaba el subte en dirección contraria a la suya. No podía evitar convencerse de que eso era imposible, pero le resultaba infructuoso. Recordó cómo en el pasado había vivido –curiosamente también en el subte, en las profundidades laberínticas de lo sofocante- situaciones idénticas en lo imposible y en lo sorprendente. Pero tampoco podía dejar de pensar en lo que eso significaba. Facundo no detenía sus palabras, a pesar de la indiferencia de Lucrecia y Lucrecia construía en su cabeza una red de sentidos angustiantes, las direcciones contrarias, su destino tan simbólico, la línea de subte, la estación blanca, las baldosas, los murales, las avenidas con lluvia y las escaleras, el calor sobre la calle resbalosa y sobre todo -en ese momento en que arrancaba la formación y en el andén de en frente arrancaba la otra con el hombre aquel adentro- pensaba en la escena, en la última escena de la película y en que ese instante que ahora vivía y que había resultado eterno, se hermanaba con el final que ella había tildado de innecesario. A medida que todo adquiría velocidad y la próxima estación se acercaba, quiso realizar un llamado pero su teléfono estaba fuera del área de cobertura. Inocente y también curioso (hasta triste) Facundo ofreció su teléfono, pero Lucrecia lo rechazó, aludiendo poca importancia al  llamado que deseaba hacer.
        
         A la mañana siguiente, cuando alguien le preguntó por el camino que debe realizarse para llegar a La Boca, luego de dar las indicaciones pertinentes, Lucrecia le preguntó si de casualidad no había estado la noche anterior esperando el subte en Malabia. Y ante la negativa –esperada por ella-, se conformó con recomendar la película que había ido a ver al cine el día anterior, en busca de comprensión. “Porque yo sé que vos no ves esas películas, pero créeme, esta te va a gustar”

2 comentarios:

Brian Janchez dijo...

Hace una hora, me fui a buscar un papel que se confundieron al darselo a una compañera que fue a buscar el suyo, el mio y el de otros compañeros del trabajo. Mezlcaron Janchez con Gachuruni.

Subo, me cambian el papel, llamo al ascensor, llega, pero el que va para arriba. me subi igual y cuanod baja, pasa por el piso donde habia apretado el boton. Trato de cerrar la puerta lo mas rapido posible con ese boton que nunca se sabe si anda, pero se suen dos señoras. Una con un gran escote y otra de baston y ojo medio desorbitado. Se pusieron a hablar y en eso la señora del baston y el ojo desorbitado me mira y me dice "ah, perdon, no te vi. ¿como estas?". Bien, le conteste y me sonrei.

Ahora leo este cuento y rafaga de tiempo y puede ser que se haya encontrado con un otro yo mio.
brian.

Jack dijo...

El vecino aleman?