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martes, septiembre 11, 2012

Crucufixión I

A sufrir adrede se comienza
con un movimiento  fugaz,
con  la lenta sensación de ahogarse
con el pecho que se cierra
 la sangre que tiembla en las manos
y el aire agotado al mirar a los ojos
que devuelven espejado el extásis
de las pupilas dilatadas que gimen
buscar el latigazo, por dentro
el cachetazo de la propia palma
o los dedos suicidas cerrándose sobre el cuello
pero sin morir realmente
-dirán-
porque no habrá féretro
ni velarán mi cuerpo
aunque la verdadera muerte
sea tal vez esta, persistente,
constante y recurrente
autoinflingida
que  esconde toda la historia y toda sombra
tras un leve prefijo
y en el hipnótico pesar minúsculo
de los silencios y las preguntas
sangrante, me crufico

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