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viernes, agosto 03, 2012

Las manos

Me acuerdo perfectamente de la primera vez que caminamos de la mano. Hacía calor -cuando salimos al sol, cuando empezamos a hacerlo, ya hacía calor, la primavera, el amor- y caminábamos por una de esas calles curvas y confusas. De repente nos agarramos de la mano, con cierta rigidez, con cierta vergüenza y hasta miedo. Quizás porque en silencio sabíamos que la mano, que la calle, que el sol. La vereda gris de cemento alrededor de la plaza destruida, con el pastro crecido y los mosquitos zumbando, las chicharras con su chillido, los dos de la mano con una timidez inusitada y el paso lento, temeroso. Nos llamaron desde el centro de la plaza, entonces. De la plaza de los enamorados, como le decían. De golpe, como aturdidos, como descubiertos, nos soltamos. Una pareja nos llamaba, porque conocíamos a la chica, nos saludaban y nos convidaban torta (cuando nos acercamos a saludarlos, ella nos contó que estaban festejando no sé qué aniversario y nos volvió a ofrecer torta, que rechazamos cortésmente para seguir caminando). Continuamos nuestro paso por la misma vereda por la que veníamos, pero nuestras manos ya no iban agarradas. Parecía que esa interrupción a nuestro caminar había sido la forma de despertarnos de un ensueño confuso, de devolvernos a la realidad. El sol, el barrio, la calle.
Después vinieron las confesiones y la costumbre, las paredes repletas de nosotros y los colchones marcados por nuestro cuerpo, en un peligroso singular. Las manos menos torpes mientras el tiempo pasaba, con las palabras envolviendonos y definiéndonos y borrando un poco el terror a medida que la certeza avanzaba como si la lengua nos tranquilizara al ponernos nombres y ponerle nombre a todo lo que tocábamos y nos tocaba.
Y años más tarde, cuando ya todo lo nuestro estaba enfermo, con la  peste fagocitando ese pequeño universo y con nosotros que nos negábamos a firmar cualquier certificado de defunción, algo sucedió. Era de tarde, casi noche y seguramente buscábamos algún lugar abierto para comprar lo necesario para la cena. Íbamos por la vereda de tu casa,  de la mano. Llegando a la esquina, donde empiezan los desniveles en los baldosones destruídos a causa de las raíces monstruosas de los ancianos árboles, te detuviste. "¿Sabés -me dijiste- ya no me resulta cómodo caminar con vos de la mano. Es como si uno de los dos hubiera crecido, o el otro se hubiera achicado". No te respondí  y nos soltamos. Continuamos caminando en la tarde que iba cayendo, ahora con una leve distancia, rígidos y aterrorizados de nuevo comprendiendo el mundo que mutaba, un mundo que se hacía dos de nuevo y se alejaban. Eventualmente terminó de anochecer.
"Es como si uno de los dos hubiera crecido o el otro se hubiera achicado", me dijiste.

5 comentarios:

Brian Janchez dijo...

en la oficina que trabajo, tenemos la mala costumbre de tocarnos de mas (sin importar el sexo). mucho abrazo, mucho toqueteo de mano. supongo que sera normal cuando convivis con la misma gente durante mucho tiempo y compartis algo tan carnal como el sueldo.

pero hace unos dias, paso que una compañera me agarro de la mano y se la solte al toque. Le dije: "la mano, no". y es que, las manos son tan todo, ¿no?
brian.

pd: mi sailor scout preferida era neptune. no se, creo que el peinado.

A girl called María dijo...

Las manos lo son todo, efectivamente. Por eso me cuesta ir de la mano al principio.

Brian Janchez dijo...

A mi me gusta ir del brazo. Es mas, como que aveces me olvido hasta acordarme. pero creo que es a proposito y jugar devuelta a buscarlo.
eso
brian.

belén.- dijo...

pero que lindo todo maria.

viste que a mi me gusta más la tristeza.

Nosubject dijo...

Las relaciones son asi. No es que alguien salga perdiendo. Simplemente, a veces se tienen ritmos de crecimiento distintos. Uno deberia alegrarse cuando lo dejan. Pero la mano, la calle, el sol...