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martes, agosto 28, 2012

Encomendada a Julio

Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos
Rayuela, Julio Cortázar

Hace un par de días, leyendo No, novio no, me encuentro con que la autora decía:

"me gusta pensar que soy especial (a quién no, claro) y que siempre alrededor mio hay un poco de magia. vivo las cosas con un grado de intensidad mayor que la gente normalmente (mi mamá siempre me decía que yo exageraba demasiado todo, así conseguís grandes felicidades pero también grandes tristezas belén, solía decirme)."
Le comenté que debía ser, también, cosa de virginianas (ella es del mismo signo que yo) pues me pasaba lo mismo. Y que quizás, era algo muy bonito vivir con esa intensidad. 
A lo largo de mi existencia, viví instantes que parecían sacados de los libros que más me gustaban. Historias dignas de una película, de un novela, de lo que fuere. Es posible que el hecho de leer todo lo que cayera en mis manos, desde chiquita, me haya dotado de una exageración enorme para enfrentar el día a día. Que tanta lectura haya logrado que la imaginación que aplicaba al hundirme en la literatura la haya terminado aplicando también en la vida real. Ver toda la realidad como una ficción o permitir que ambos campos se mezclen constantemente. O tal vez, simplemente, tenga una capacidad de asombro gigantesca y los pequeños detalles me resultan magia pura.
Esas experiencias mágicas me inspiran a escribir. A relatarlas con nostalgia, con la sencillez que sucedieron, con las palabras adecuadas para trasmitir el sentimiento. Una persona -que quizás esté leyendo esto- me dijo varias veces que escribir no es contar las cosas tal cual pasaron. Nunca pude estar de acuerdo con esas palabras. Escribir -para mí- es liberar todo lo que se nos agolpa en la garganta o en los dedos, no importa de donde venga. De mis experiencias pequeñas y melancólicas, nacieron relatos de los que estoy muy orgullosa. La vida es un poco toda la literatura que tragamos porque la literatura es los pedazos de vida que nos emocionan y que necesitamos eternizar de alguna manera. Esta tarde, mi vida tuvo un poco de literatura en plena calle

La confianza de verte, 
desafiar a la ciudad 
y a su suerte.

Hoy pretendía verme con un gran amigo, al que hace meses no veo, por desencuentros y horarios cruzados. Esta vez no fue la excepción: no pude contactarlo. Decidí entonces ir a patinar y a la salida, intentar comunicarme con una persona, para merendar. Había olvidado en casa mi celular así que hice todo lo posible, en el trabajo, por conseguir el número de la persona en cuestión. Lo hice, lo anoté en un papelito.
Me dispongo a patinar, lo hago durante una hora; salgo, voy a recorrer Parque Rivadavia bajo el sol declinante. Sin celular no tenía reloj tampoc
o, pero -astuta- quedarme en aquel parque no fue mera comodidad: había caminado por la avenida Rivadavia en busca de uno de esos relojes verdes, altos, que dan la hora en la urbe porteña y oportunamente, el parque contaba con uno de ellos. Esperé que fuera la hora en que, sabía, esa persona salía del trabajo y busqué un teléfono público. El primero estaba roto, pero alguien había olvidado 50 centavos en él. El segundo sí funcionaba pero ¡terror! el celular de la persona a la que estaba llamando no aceptaba llamadas desde teléfonos públicos. El tiempo corría y se agotaba. Recorrí la cuadra buscando un locutorio, cabinas telefónicas en un quiosco, algo, pero nada hallé y odié los tiempos modernos. Fue entonces que recordé esos fragmentos de Rayuela en donde Oliveira y la Maga andan por París sabiendo que se encontrarían, pero sin determinar un punto fijo, andando para encontrarse. Yo andaba para encontrarlo y también lo buscaba, pero a pesar de las diferencias, latían adentro mío esas líneas de Rayuela. Pensé que mi única salvación era encomendarme a Cortázar y lo hice. Empecé a caminar hacia la esquina en que quizás encontraría a la persona, si es que ya no se había tomado alguno de los miles de colectivos que pasaban por la avenida.

En el medio de la cuadra, nos encontramos.

Gracias, Julio.

2 comentarios:

Brian Janchez dijo...

primero: a mi me gustan los momentos narrativos de la vida. Creo que uno de los mas claros que vivi fue israel cuando llegue y me llevan al otro dia al recital de Idan raichel. Cuando me quedaban dias, en la tele daban el "american idol" de alla y justo era un programa dedicado a el. como las veces que vi tele fueron contadas, me parecio como un cierre de ciclo muy elegante (ah, y tambien hubo un atentado cuando llegue y otro cuando me fui, pero eso es un detalle).

lo que viene despues del primero: yo soy re enfermito de garcia marquez. en mi vida encontre gente asi como yo. si me cruce varias veces con cortazareamos(?¿), pero a lo que voy es que Garcia Marquez dice (bah, dijo, no creo que la demencia senil le haga decir cosas muy copadas por estos dias) que la vida no es lo que uno vivio sino como uno la recuerda para contarla... o parecido.

el final: nada. un beso. saludos a los tuyos.
brian

belén.- dijo...

ya te había dicho que ese relato es una belleza. o si no lo dije, lo pensé, que es lo mismo, te tiene que llegar igual.

me enorgullece que comience con una cita mia.

hay que vivir la vida a flor de piel. de otra forma es una pérdida de tiempo.

que lindo es sentir que quiero te, sin conocerte casi, linda mery. besotón.
a.-