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lunes, julio 02, 2012

Alimento

Te concebí como demonio, te parí como venganza; autodestrucción, sangre, locura, bastión de lo prohibido, mástil amargo contra la amargura, oxímoron, droga de ira; carne y piel que se incendian ante la sola idea de perder, necesidad ante la derrota de morirme matándote, suicidio dulce, plato frío. Un pinchazo más para la satisfacción garantizada, orgasmo infalible y luego ese rencor lacrimoso contra mi propio ser, como si fueras medio necesario para que logre odiarme, como si solo fueras el vehículo que permite la liberación de ese sentimiento avergonzante, bajo, débil, perpetuador de orgullos y construcciones. Si a alguien se deberá temer, será al diablo al que le hablo; creyente fiel de este culto insano, seré quien se encargue de permitir el milagro, que se encargue de llevar adelante el ritual que confirme el miedo. Impartir terror cuando más aterrorizada esté, la ley de compensaciones que ofrece un dios macabro, enfermizo. Y el sacrificio será el cuerpo repleto de enojo y violencia, el ser que requiere ser apaciguado; víctima y victimario serán uno solo en una síntesis eterna, naturalizada, la única manera de desahogarse de los efectos de las predicciones cumplidas, de las palabras desoídas, será caer en otra sordera, anterior y cruel, porque siempre se regresa al lugar de donde uno vino, y nunca, jamás, se abandona el primer vicio.

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