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viernes, junio 15, 2012

Ráfaga de tiempo

Del vagón, la madera crujía como crujía la madera de su cama. Rechinaba con los rieles. Temblaba con la electricidad. Titilaba con la oscuridad.
En la Línea A del subterráneo -siempre me acuerdo, cuando escribo con extrañeza la palabra "subterráneo" completa, siendo que nadie de por acá le dice así, en aquellas líneas de Cortázar  que dicen que los porteños hablan de subte porque le temen a la palabra completa, y si la acortan es para quitarle lo sagrado- el tiempo es falaz,quizás porque se encuentra detenido desde que los túneles y las estaciones fueron inaugurados, desde que el primer tren inició su marcha. En los azulejos se ven los ojos de todos los que perdidos buscaron un camino y en las ventanillas con sus cueros ajados siguen suspirando nenes encaprichados. Ese tiempo incierto, inestable es el viento de los túneles y cuando uno va en el primer asiento del primer vagón y por la otra vía otro tren pasa, sobreviene luego una ráfaga. Y de esa ráfaga sobreviene el desorden.
Subí al primer vagón en Plaza Miserere, con los vidrios empañados. Abrieron las puertas desde adentro, bajó un mar de gente, sus tapados húmedos; dejaron vacío ese espacio sagrado que me permite observar como el tren avanza y me situé allí con una sonrisa en la cara. Entonces lo vi. Nunca voy a saber bien a quién vi.
Años antes, en la combinación de las líneas B y D -ahí donde los mundos se cruzan como se cruzan las líneas y el universo se desconfigura otro tanto- debajo de la Nueve de julio, había sentido el mismo temblor. Me recuerdo esperando subir al tren detenido cuando vi intentando moverse entre la multitud a un rostro conocido. A un cuerpo que conmigo había dormido en la lejanía del tiempo. Un hombre que de mí no quería saber ya nada, y bien merecido lo tenía yo. Estaba ahí y sin embargo, sabía que él no podía ser. A esa hora, en esa época del año, en ese lugar. Quería ocultarme en toda la masa de hombres y mujeres comprimidos, apurados. Quería evitar que me viese aquella persona y me latía el corazón con violencia: no solo por el riesgo a ser vista sino también porque sabía, sabía con una seguridad implacable, que ese individuo que esperaba el subte no era la persona que yo creía que era. Y el parecido absoluto, y el pelo y la ropa y la altura. Y todas esas cosas me llenaban del miedo que uno se llena ante lo desconocido. Ante lo sobrenatural. Alguna vez pude averiguar si esa persona misteriosa había sido aquel al que alguna vez había conocido o uno de los terribles dobles que invaden nuestra ciudad. La respuesta, aunque increíble, no me sorprendió.
Ahora veía sentado de espaldas a la vidrio frontal de aquel subte a un hombre abrigado, con la mirada clavada en la nada y en el todo. No pude no observarlo un rato más, pues en sus ojos encontraba algo que ya conocía de otros ojos. Así también en su piel, en sus manos, en la forma de la nariz. Supe a medida que el tren tomaba la curva que estaba viendo a alguien que yo conocía, pero que el tiempo, desdoblado, equivocado, estaba situando allí a aquella persona en su versión del mañana. Sí, podía ver a Germán con veinte años más, con las arrugas surcándole la cara; la barba y el pelo con canas. No podía dejar de mirarlo pero no quería seguir haciéndolo, me producía un vértigo indescriptible el momento ínfimo en que nuestros ojos se cruzaban, preguntarme si él veía en mí a alguien que quizás alguna vez había conocido. Todo el trayecto así, sintiendo el vacío de la ficción poblando los pisos sucios, las paredes barnizadas. Y crujía el vagón tanto como su cama. Y no sabía si recordaba aquel hombre esa cama que yo conocía. Si aún la conservaba. 
Llevaba en su mano una bolsa azul, tarjeta por el día del padre pegada en ella. Dentro de veinte años Germán tendría un hijo, o una hija. Él no lo sabía en mi tiempo, en el nuestro, yo lo sabía porque las vías saben cruzarse imperceptiblemente cuando las chispas de la electricidad las bañan. 
Quise hablarle al hombre, saber si su nombre era el que yo suponía. Porque no podía no serlo. Porque Germán estaba sentado en frente mío y también en algún barrio del conurbano, en una esquina. Las ráfagas de viento me obligaban a cerrar los ojos y me despeinaban. Seguían distorsionando el tiempo. Dos Germanes seguían conviviendo en el mismo universo y yo ahí, sin saber cuántas como yo estarían recorriendo la ciudad y qué pasaría si me cruzara con mi futuro, o mi pasado, o mi presente.
Cuando por fin llegué a destino, quise saludar a Germán. Pero como aún guardaba esperanzas de sufrir los efectos de mi locura o de la literatura y no del mundo retorciéndose, temí que respondiera a ese nombre y guardé silencio, prefiriendo refugiarme en la ignorancia. 
Las puertas las tuve que abrir con las manos, como se hacía 100 años atrás. Porque el tiempo en el subte, corría desviado. Ese día, en los cambios de vía, alguien se había equivocado. Sólo yo fui testigo.

1 comentario:

Gonzinko dijo...

Habrá que optar por el bondi... Con decisión firme