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lunes, mayo 28, 2012

Venecia

Supongamos que una circunstancia me devolvió algo. Supongamos que surgió una línea que debo extender sobre algo que se puede decir en prosa. Supongamos que eso me sacaría un poco de la fragmentación del verso. Digamos que eso implicaría volver a reunirme conmigo misma. Intentemos.



Esa noche habíamos decidido cambiar de destino. Ante las almohadas de piedra y los colchones insoportables, una recomendación nos había hecho replantearnos a dónde nos llevaría la madrugada.
Habíamos comido pizza sobre mesas viejas, sentados en sillas oxidadas. Mientras el aceite de la muzzarella me ensuciaba las manos, torpes, y yo gozaba de la masa crocante, del partido de fútbol de fondo, de la memoria del mozo, me contaste historias infames y terribles que a mí solo me arrancaron risas, te conté la oscuridad de mis errores, risueña. Yo creo que nadie se creyó nada de lo que queríamos hacerle creer al otro. Pero eso también es parte del teatro.
No llovía esa la noche, aunque la lluvia sea la condición de posibilidad de nuestros relatos. Las nubes, sí, habían apagado las estrellas y las veredas cubiertas de humedad recordaban al verano, a pesar de acercarse ya el invierno. Siempre hablábamos de la llegada del invierno, pero aún lejano no quería aparecerse. Se sabe que el fin y el comienzo de las estaciones nos recuerda con más evidencia el paso del tiempo y a mí las agujas se me habían caído de la vida y clavado en las piernas, en las mismas piernas que delatan tu paso por mi cuerpo. Eran el tiempo y vos dejando marcas pero el invierno negaba todo con el calor aún presente. El invierno decía que todo continuaba detenido. Mientras intentaba no resbalar en las rampas mojadas, fuimos caminando, siempre ciega yo y lazarillo vos en aquel barrio, por calles que yo desconocía. Me mostraste con la cabeza el lugar del que habíamos hablado durante la semana, me reí y te dije que era temprano. Junto con mi energía y la medianoche incipiente, espantamos adolescentes puritanas y nos sentamos en un bar demasiado exquisito para lo que estaba acostumbrada. La cerveza siguió acompañando  historias, más y más historias que iban empapando la mesa acompañando los vasos que sudaban. De repeticiones y dobles, de malentendidos y mentiras tejimos la trama de los muchos relatos con sus muchas voces, quizás cuento fantástico quizás broma pesada. Así también con las palabras que salían de las bocas salían los besos y de los parlantes salía la música que nos tomábamos el trabajo de cantar o de sentir o simplemente de ignorar. Horas o minutos sumados; arrinconada yo contra tu cuerpo a medida que el reloj soltaba sus suspiros acompasados, comprendíamos que se acercaba el momento de desdibujar nuestros pasos y volver al lugar al que por ser temprano, antes, me había negado a entrar.
Fue así que distraídos  salimos hablando sobre la edad y los impedimentos, nos acercamos al hotel y abrimos la puerta de vidrio negro; te señalé un cuadro de Gardel que parecía pintado por Andy Warhol, vos me hablaste de las máscaras totémicas que decoraban prolijamente la pared. No recuerdo qué habitación nos tocó, pero sé que tuvimos que subir dos pisos. La escalera, la alfombra, las puertas, todo parecía común y correcto. Faltaba lo grotesco de las mujeres desnudas en cuadros rotos, las sillas extrañas en rincones, faltaban las puertas partidas al medio, todo aquello que habíamos conocido con sorpresa e indignación. Con la tranquilidad que confiere que todo suceda como es esperado, abrimos la puerta del cuarto. Aprobamos conjuntamente la sobria decoración, mientras vos colgabas con la prolijidad de siempre tu saco yo me arrojé a la botonera y empecé a jugar con la música que jamás me conformaba construyendo otra vez el escenario en donde siempre sería una niña para todo ese mundo, asumiendo un personaje que me divertía tanto como ser desvestida frenéticamente, morder la curva de los cuellos o encender y apagar las luces rítmicamente hasta quemar los focos. Nos acercamos como siempre, comenzamos el juego como siempre y así fueron yéndose las ropas y también resbalando las manos y las piernas y el resto de la historia. En algún momento tu mano calló mi boca y me pregunté si era necesario o era mero placer, mientras recordaba aquella conversación en que decías que solo en los hoteles está permitido oír los gemidos vecinos y la noche en que hicimos silencio solo para comprender la conversación de otros. Pero la violencia de las horas nos llevó al sueño, aquel tan impredecible que borra de la memoria el instante en que los ojos se cierran y para cuando me desperté el reloj decía que la mañana ya nos invadía, aunque la noche fuera todavía profunda. Volvimos al juego, y qué digo juego si es guerra, tu cuerpo contra el mío de vuelta y el el acolchado como telaraña atrapándonos y el colchón arrojándonos al vacío.
Fue entonces, en un momento excepcional de silencio entre nosotros, que me estremecí, pues lo oí.
Esa mañana sin sol oí aquel tono familiar desde una de las habitaciones vecinas y me estremecí. Pensé que era casualidad que aquel grito fuera tan parecido a los proferidos por mí y me pregunté si no será que en el sexo todos nos igualamos, todos somos animales furiosos. Y lo volví a oir y volví a estremecerme y te diste cuenta. Te dije lo que me pasaba, reíste, paraste. También aludiste a la casualidad, pero no pudiste seguir hablando.
Mi nombre.
El hombre de la habitación de al lado dijo mi nombre con tu voz y yo te miré con los ojos abiertos y llenos de sorpresa.
- No tengo una voz peculiar y vos tenés el nombre más común del mundo - dijiste- no pongas esa...
El tuyo. Ahora la mujer desconocida que en suerte nos había tocado en la habitación contigua le pedía al hombre que parara, que no quería seguir y lo llamaba de la misma manera que te llamás vos. Tu nombre, inusual, flotaba en nuestro cuarto con el eco de mi voz que no era mía. Y el mío estallaba en mi memoria con la misma voz que tu garganta no había articulado.
Nos miramos entre el temor y la sonrisa. No había manera de saber quién estaba del otro lado de la pared, no podíamos salir y golpear la puerta vecina, no podíamos llamar a recepción porque en los templos de la trampa nadie exije nombres. No podíamos hacer nada, tampoco seguir. Algo de nuestros cuerpos se había perdido en el momento en que nos habíamos sentido en el otro cuarto y fuera del nuestro. Intenté rozar tu cara con mi mano y te alejaste instintivamente. No supimos besarnos y sentí que desde mis ojos veía a alguien que no eras vos pero también lo eras.
Un poco desorientado te tiraste boca abajo, hundiste la cabeza en la almohada.
Me levanté hacia el baño y con el bamboleo de mi brazo sin querer golpeé uno de los espejos que cubrían las paredes del cuarto, y tembló. EL ruido te hizo mover la cabeza y viste mi cuerpo en el espejo y también el tuyo. Levantaste los ojos para verte también reflejado en el techo y quizás se te ocurrió lo mismo que a mí, al verte tantas veces, porque mientras yo volvía a acercar mi brazo al espejo de la pared y volvía a vibrar, vos tiraste una moneda hacia el del techo. Y yo tomé la silla en donde habías doblado tu pullover y la arrojé con furia contra la pared mientras vos apuntabas con zapatos al cielo raso espejado y veíamos como con una lluvia plateada y filosa toda la habitación iba cubriéndose. Paramos cuando amainó la locura y con terror nos tomamos de la mano. Nos vestimos en silencio y velozmente huimos de la habitación. Al salir al pasillo vimos de espaldas a una pareja que rápidamente bajaba las escaleras. Reconocí en el cabello de él algo tuyo, me señalaste con los ojos el movimiento de la cadera de ella. Y en sus sacos brillaban partículas extrañas, que reflejaban la luz tenuemente.
Pero no los seguimos ni los detuvimos.
El hombre de la recepción, cuando saludamos apurados, devolvió el saludo extrañado. Como si hubiera visto un fantasma o estuviera viviendo un deja-vú.
A nosotros no nos sorprendió. Esa mañana desayunamos juntos y jamás volvimos sobre el tema.


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