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sábado, marzo 03, 2012

muerta ella, que es la última que se pierde, los barcos se alejan más rápidamente y solo queda la pena y el eterno sufrir o rendirle culto al dios del desenfreno que quiere rescatarnos. Nunca terminaré de decidirme entre ser una u otra, la decidida al infierno o la que se arroja al renacer, quizás la única razón que me impulse hacia un lado determinado es que parada yo en esta orilla, ya nada puedo hacer más que dar los saltos. No podré regresar al lecho de la última noche, no podré volver a la cueva secreta y los barcos continúan su marcha y el grito de locura ya fue eventualmente dado. Hay sacrificios rituales por un lado, espadas colgando sobre los pechos, hay sacrificios orgiásticos por el otro y el vino y las enloquecidas damas. Yo sólo sé ahora que todo lo que quedaba, ese difuso resplandor o niebla que podía respirarse tampoco está. Ya no queda nada. Solo un camino, hacia delante. Nada volverá, es lo que ahora estás diciendo; au revoir.
Aquel momento en que finalmente uno le ve la cara a la muerte y sus cuencas vacías que imitan al alma propia que empieza a unirse al suelo helado, con todas las certezas postergadas que con forma de guadaña arremeten violentamente.

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