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lunes, febrero 20, 2012

Ojos y carne en habitaciones floreadas.

Entraste con paso rápido pero elegante. Entraste, miraste.
En tu cara de mármol rosado la sonrisa maléfica estaba clavada y detrás de tus ojos saboreabas esa primera vez pero sin mostrarlo. Eras la persona con más miedo del mundo y te temblaba el estómago pero no las piernas ni las pestañas. Tus manos sueltas con tus uñas azules querían asegurar que la libertad era parte de tu identidad, allí entre tu nombre y tu apellido; el pelo, la nuca, la nariz levemente apuntando al cielo porque sabías que en el suelo estaban todas las huellas que no eran tuyas y el terror de dejar en evidencia que todo ese universo era nuevo para vos, que vos eras una principiante en esos laberintos porque en el amor habías estado nadando mucho tiempo y te habías ahogado y muerto y eventualmente, renacido. Pero no sabías nada acerca de esos nuevos rumbos que habías tenido que dar. No sabías absolutamente nada pero no lo querías demostrar. Por eso entraste queriendo parecer segura. Y lo seguiste por los pasillos de lámparas titilantes y cenicientas y abrieron la puerta y ni siquiera ahí cambiaste el rostro al ver esa habitación tan alejada de todas las fantasías.
El empapelado beige, la colcha floreada, con esos volados color crema sucia y la alfombra borravino manchada. Las lámparas de la mesa de luz con su dorado viejo, barato, las cortinas otrora blancas, ahora de color indescriptible, la luz casi nula; todo un cuarto que parecía decorado por una octogenaria amante de los gatos y vos allí sedienta y desorientada y deseando saber en qué iba a devenir todo cuando te sacaras la ropa y tuvieras que enfrentarte a toda esa inmediatez efímera a la que habías decidido subirte con el alma rota y la mente en otro cuerpo.

Una mirada.
Una mañana aburrida le calvó una mirada y los ojos terribles de Dante le atravesaron la carne. Entonces decidió mirarlo de nuevo y de nuevo él volvió a inyectarle el deseo perdido. Con la voracidad en la piel y en los labios sangrantes de ese despecho devenido en momentáneo olvido, Leticia comenzó a seguirlo, a cruzar lentamente sus piernas cuando él pasaba cerca, a buscar cualquier chance para conseguir hablarle y a partir de ahí, arrastrarlo hasta su cuerpo desnudo.
Un día un "buen día", al día siguiente banal charla sobre el clima, un brazo que rozaba a otro y siempre y constantes las miradas a través del vidrio, esos sables brutales, esa sensualidad emanada que eran solo ojos ¡malditos ojos! y que despedazaban la voluntad de Leticia, que se arañaba los hombros y el pecho como si Dante lo estuviera haciendo, que moría lentamente al imaginarlo arrojándola a una cama deshecha con esa violencia que su mirada traslucía, con esa sexualidad asesina que como una estela dejaba al pasar.
Las charlas eran apenas minutos, el tiempo que lleva beber un café entero sin calcinarse la lengua. Una mañana de sol fulminante Dante se ofreció a acompañarla para el almuerzo pero jamás se hizo usual, como si el verdadero juego estuviera dentro del recinto de oficinas grises y heladas en donde todo el calor eran ellos y su sexo contenido y las miradas cruzadas relampagueantes.
Pero nunca hablaban de eso.
- Mirá, me dieron esto al salir del subte - Dijo Dante un mediodía. Y mostró una tarjeta de un hotel alojamiento que dejaba suponer la calidad ínfima y casi morbosa del lugar - ¿Tenés idea si queda cerca?
El lugar quedaba cerca, al lado de las oficinas. Y ambos lo sabían. Dante y su supuesto desconocimiento, una invitación disfrazada de inocencia, otra parte del juego de evasiones.
- Sí, creo que sí, creo que esa es la calle de la esquina, yendo para la avenida.
Se miraron y esbozaron una sonrisa.
- Qué curioso, desconocía.

Esa tarde Leticia salió y detrás de ella también lo hizo Dante. Sorprendida, comentó:
- Pensé que salías más tarde...
- No, hoy no.
Leticia emprendió en silencio camino hacia la calle del hotel, y él la siguió. Al pasar por la puerta se miraron y otra vez los ojos verdes de Dante dejaron en claro que todo lo que querían podía pasar allí dentro. Y así fue como flanquearon la puerta.

Ya arrojada a la nebulosa infernal del sexo, Leticia comprendió que su vida nueva empezaba. Vio en su mente arremolinada el caer de todas las cadenas y sintió como el corazón estaba en la alfombra junto a su camisa y sus zapatos, como entre las piernas de Dante su cuerpo era solo un cuerpo lleno de sentidos y vacío de cariños superfluos y como los ojos eran tan fuertes como las manos y la espalda era un lienzo para sus uñas iracundas y su cadera era serpiente que bailaba al ritmo de la sed de más y más placer. Y cuando al final se vio morir, lenta y dulcemente en un grito desgarrador y feliz, supo que su lugar eran esos cuartos desconocidos y vulgares, en donde iba a ser suya, solo de sí misma para siempre antes de entrar y al salir y en donde no había dueños crueles que hicieran pedazos ilusiones y derrumbaran futuros porque la única ilusión y el único objetivo sería tan común para ambos partícipes como para toda la humanidad. Y efímero. Orgásmico.





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