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sábado, febrero 25, 2012

Cementerio

Sé que voy a terminar siempre igual y escribiré la misma historia. La de los colores, la locura y esas cosas. Pero en lo hondo de este kilómetro estrellado y fresco, con los árboles que se rozan unos a otros, en lo profundo de esas palabras que ya lanzamos casi inertemente porque sí, porque no, se esconde una aceleración que cesa y la tristeza, tristeza, tristeza que se mezcla entre los silencios y la fuerza de cada sílaba, y la violencia de cada punto. Esta inversión es tan curiosa, esa necesidad de gritar mis penas a quien supo ser víctima de ellas, de sufrir infiernos por quien supo intentar sanarlos y de hallarme preguntándome si no estaré ahora saltando hacia otro vacío, también.
Pero no deja la grieta de ser grieta. Esa amarga pena que se vuelve estatua de piedra porque el tiempo empieza a correr. Esa distancia helada y construida, esos metros forzados. Estamos fluctuando, juntos y separados, en la noche que es nuestra. En el fondo, falta la naturaleza salvaje. Esa historia que lleva "e", o lo de siempre. ¿No parece nuestro mármol el más gris, el más frío y apagado? O quizás Medusa nos eligió con su mirada, destino vil para las almas que terminan heladas. O quizás simplemente yo esté aquí, imaginando la piedra que supo ser carne y midiendo los océanos de distancia que supieron ser milímetros solo porque el tiempo ¡siempre tan punzante! marca los días que más duelen y la certeza que se afianza cuando el calendario lo establece.
Mi noche y el viento y el viernes y toda mía, solo, sola, mía.

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