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jueves, enero 26, 2012

sin título

La vida comienza y termina con un triste viaje en 123. Y en el medio, entre esos dos, están todas las luces y las sombras, la alegría que imitaba al infinito y el futuro irrealizado. Usamos tan poco el condicional que ahora hablar en pasado es lo que más duele. Cuando el presente de repente es pretérito, cuando ya no hablamos de hoy sino de ayer, ni de siempre sino de antes el cielo llueve lava que quema y agua que son las mismas lágrimas que hunden mis pómulos. Pero entonces, toda la historia bella, las experiencias surreales, casi de ficción, que tuve que poner en palabras para convencerme de su certeza. El mundo parece derrumbarse y por todas las laderas caen las caricias y los silencios, las risas, las anécdotas, los espacios compartidos que adquireron nuestros nombres a fuerza de transitarlos, y persiste todo el recuerdo y más que nada se acrecienta cada pedazo de tiempo que no encaja, que quiero retroceder para que nada pase, para que nada pasara. Pero ya nada cambia ni sirve más que la vasta espera de alguna salida de sol, lejana, en donde todo quede como una larga y bella, bellísima anécdota y que podamos querernos y abrazarnos como otrora, riendo y sabiendo que estaremos allí para el otro.

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