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miércoles, enero 11, 2012

Otra vez, pero como siempre nunca.

Hace unos días estaba viendo, mientras cenaba, un programa de tv llamado algo así como "Los misterios de la mente". En el episodio, dedicado a la memoria -e, inevitablemente, al olvido- se presentó un método terapéutico utilizado para evitar que una persona recurrentemente sufriera a causa de las mismas memorias: básicamente se trataba de presentarle a la persona afectada por un recuerdo dificil el escenario en donde ese momento traumático había sucedido, eliminando, obviamente, la maléfica situación. Si a la persona se le presentaba ese escenario de manera neutral, vacío, quitando todo lo doloroso que allí había sucedido, la persona eventualmente dejaría de recurrir constantemente a esa memoria al evocar ese lugar. Si bien no olvidaría, el recuerdo sería menos poderoso, pasaría a una especie de depósito menos cotidiano.
"Superposición" pensé.
Recordé -además de la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, etc., porque siempre recuerdo eso a la hora del olvido-, entonces esa historia que nunca escribí porque nunca pude articular, la de las líneas de subte que corren bajo avenidas iluminadas, la de la estación blanca que nunca pudo haber existido por las entradas y escaleras, la de las plazas y los caminos y las esquinas; pero sobre todo la de la estación blanca y la delgada línea roja. Siempre pienso que debería escribirla pero no puedo hacerlo: no sé que decir de todo aquello inconexo que vaga en mi mente. Si en la película -tristísima, tristísima- Eterno resplandor de una mente sin recuerdos se plantea la posibilidad de olvido mediante la supresión de recuerdos, en mi mente, a sabiendas que eso es imposible, funcionó muy bien la superposición: lugares que fueron poblados suscesivamente por diferentes personajes adquirieron con el tiempo nuevos dueños y los anteriores pasaron a ser similares a las imágenes difusas de un sueño, de dudosa entidad. Mis recuerdos intactos lo son solo por el hecho de haber acontecido en espacios jamás usurpados por nuevos acontecimientos. Y por eso, cuando camino por un andén o llego a él o lo veo pasar (todos los días, como una broma) siempre vuelve a mi memoria -dudosa- la iluminada estación blanca que nunca pudo ser, el camino de ida o el de vuelta, y sigue sin ser porque es tan imposible que quizás sea un invento -y los nombres del recinto en donde nunca llueve aunque llueva alrededor, etc.- o quizás haya sido de otra manera, pero en todo caso, ahora de aquello solo queda una imagen difusa y repleta de luz, un resplandor. Irónicamente, un resplandor en mi mente.

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