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miércoles, enero 11, 2012

La epidemia

Este cuento lo empecé a escribir hace un tiempo y lo dejé guardado. Lo encontré hoy y decidí continuarlo, aunque le fuera agregar solo un par de renglones y no todo el desarrollo que originalmente había querido tejer.




Nadie puede entender esto: yo veo y entiendo. Intento grabar en mi memoria este universo pero de repente se esfuma todo. Yo recuerdo. Ellos no saben.
Quise decirles que las burbujas eran tristes porque se rompían cuando las tocaba y porque volaban y desaparecían y se separaban. Ellos sólo rieron, dijeron que era muy linda, que ya sabía hacer burbujas. Cuando al día siguiente me pusieron frente a la torta me rehusé a soplar las velas y alguien las sopló por mí. Nunca entendieron que no quería apagar el fuego, que me daba miedo la oscuridad o el final de esa llama.
Mi madre siempre me dice las cosas a su manera, aunque su manera me parece extraña. La escucho hablar con mi padre y con mis abuelos y luego la escucho hablar conmigo, como si cambiara su idioma, como si sus palabras se desvanecieran de su mente y solo quedaran cuatro, cinco o quizás seis. Las repite, las enfatiza: me aburre. Cuando le digo lo que quiero decirle, con todos los colores de mi universo, con todos esos fonemas que se conectan de forma tan rara pero tan bella, ella se ríe. Todos se ríen.
Yo no quiero hablar como hablan ellos, no quiero que mi muñeca se llame muñeca. No me da lo mismo. Pero poco a poco se me empieza a ensuciar la cabeza, se me empieza a esclavizar la lengua. Ayer dije "mamá" y quise volver atrás, pero ya no recordaba la palabra que equivalía a eso en mi vieja lengua, a esa difusa e incomprensible para tantos, pero mi lengua al fin. Una nueva poco a poco me habían tatuado y lo de abajo se había degradado. Imaginé con terror el proceso repugnante que me llevaría a ser igual a todas esas almas motorizadas que día a día se movían alrededor mío, con sus cansancios, obligaciones, pesares y oscuridad.
Juré jamás hablar, jamás articular palabra pero instantáneamente supe que el veneno tan temido impregnaría, como un instinto, cada centímetro de mi ser aunque mis labios se mantuvieran cerrados eternamente.
Y mientras tanto, mi papá me mira como leyendo en mis pupilas esta pesadilla y escribe y escribe y escribe.

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