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viernes, noviembre 18, 2011

Por afuera pasan los aviones.

Su letargo la dejó respirar. El calor húmedo y apabullante movía las cortinas. Todavía el aire estaba viciado y el fuego no quería terminar de morir: alguna chispa resplandecía de vez en cuando en la lata reciclada que yacía sobre la mesa. El silencio del cuarto se mezclaba con su desorden mental, con el desorden de ambos que en mundos íntimos y disímiles estaban hundidos.
Hundida, absorta, ahogada y sorda.
Pero su letargo la dejó respirar. Oyó, proveniente desde la calle desierta voces alarmadas y gritos. Palabras rotas, "¡El avión, el avión!". La madrugada despierta y el universo dormido; ella escuchando exclamaciones ilógicas preguntándose qué tanto era real, qué tanto fantasía (pero todo era real, después de todo, también el aire viciado y los ojos pesados ardientes) y cuanto faltaría para la salida del sol.
- ¿Escuchás? - preguntó - ¿escuchás eso que están gritando?.
Julián abrió los ojos lentamente, aún sonriendo.
- ¿qué están gritando?
- Algo de un avión...
Rió, entonces, antes de hablar.
- No, no están gritando nada. Estás loca.
Toda la noche había sido un juego de serpientes enloquecidas. Mientras cenaban ella había comprendido que más allá del pollo y del jugo que deglutían con una paz irreal, había algo que no comprendía. Algo que escapaba a su entendimiento y estaba pegado en el piso y en el cielo raso y en las paredes y en la mesa. Como ajenos al tiempo, ambos se encontraban suspendidos. Había un mundo diferente para cada uno y que solo veían. Común, el pollo y el jugo, que desaparecieron como desaparecen los encendedores en las reuniones o los vasos. Común también el silencio, pero no ese incómodo y punzante, sino aquel que une a las personas que ya no necesitan una palabra más. "Como si todo fuera perfecto" pensó mirando a Julián.
Y quiso preguntarle qué viene después de la perfección. Pero él puso música y llevo los platos a la cocina y ella se empezó a sumergir en un colchón sin fin. Y de repente ya no sabía quien era o qué tenía en las manos y qué cuerpo era el propio y cuál el ajeno porque tenían el pelo enredado y se deslizaban sobre los círculos y las luces y ese griterío infernal interior y el calor y la pérdida parcial de conocimiento que arremete cuando dos ya desconocen todo menos a sí mismos y el conocerse a sí mismos basta para conocer todo o suplir el desconocimiento.
Justo cuando el sueño los ataba fue que empezó a escuchar aquella ilusión de los aviones en pleno pueblo y arboleda.
Ante la risa de Julián, miró hacia el techo repleto de rajaduras que se veían apenas tenues con la luz de mercurio filtrándos desde la calle. Las sombras se movían como planetas alrededor del sol. Ella se movía alrededor del sol. Se preguntó por los gritos sintiendo que el letargo quería volver a asfixiarla. Ahora en la ventana veía destellos de todos los colores y también se preguntó por ellos y por el tiempo que estaría así, hasta caer dormida o volver en sí. Incluso llegó a agitar a Julián.


- Una tragedia, no se puede entender cómo pasó.
- Con todo el campo libre que hay cerca, justo acá, pobre gente.
- Sólo dos, el resto no estaba.
- Sólo dos, pobre gente.

1 comentario:

Reptile dijo...

Pienso en Donnie Darko. No me preguntes por qué, pero pienso en Donnie Darko.