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lunes, septiembre 19, 2011

Cementerio indio

Era de tarde y la primavera mordía ya los árboles desnudos que de a poco comenzaban a serle infieles al invierno postrado. Las calles volvían a sentir el peso de los mismos pies transitandolas y el pasto reflejaba esas mismas miradas. El tiempo, sin embargo, había hecho estragos. Parecía que nuestras cabelleras al viento seguían detenidas en eras prehistóricas, sin embargo en nuestra mirada acechaba el monstruo de los años derrumbados sobre nuestras sombras y en nuestras pieles anidaba el polvo de todas las explosiones. Seguíamos vivos y no creíamos en las agujas ni en las arenas. Pero ellas sí creían en nosotros.
Al pasar por la más verde esquina, miraste hacia los huecos y las columnas eternamente inacabadas y murmuraste la anécdota que tantas veces había contado yo, en noches y en tardes, en fiestas e intimidades. Esperaba girar mi cabeza y hallarme ante esa parte del universo que se mantenía intacta desde antes de que pudiéramos hacer chistes sobre ella; sin embargo me encontré con puertas y ventanas, con carteles, sanos alambrados, tejas. Un frente cuidado, terminaciones acertadas: me encontré con el avance de la urbanización por sobre mis recuerdos, con la destrucción del espacio sobre el cual había escrito con mi piel, un cuento. Sorprendida, dije algo y quise recordar, pero poco a poco todo ese desierto se iba poblando y algún día sobre ese piso una alfombra con sillones y niños terminarían de asfixiar del todo las frases proferidas en lo negro de la noche, entre ajenas botellas. Y de repente pensé en las rejas, aquel primer signo de devastación. Pensé en el encierro al que se habían sometido mis días en el aire y en la libertad vagabunda de no tener a donde ir, comprendí como habían podido alienarme, los barrotes, de las experiencias primeras y torpes, pero primeras al fin.
Poco a poco largos meses se fueron esfumando junto a las casas destruidas que eran reemplazadas por babélicos edificios. Tangible ya poco era lo que restaba, casi nada. La mutación impía del mundo no había respetado aquellas viejas hazañas, esa aventura de inocentes. Una vez muertos quienes habían poblado esa tierra de jardines y senderos, el espacio había comenzado a esfumarse con una silenciosa y lenta degradación, como si también de las almas dependiera cada calle, esquina y recoveco, como si el universo de luto acompañara suicidándose a los cuerpos putrefactos que se mezclaban con la tierra y las raíces de las plantas.
La ciudad se había erosionado -esa ciudad rompecabezas, esa ciudad ficticia pero real- porque ya nadie vivía en ella. ¿Qué ruido hace un árbol al caer en un bosque, si no hay nadie para escucharlo?
Ahora que vivía en otro mundo, que había fagocitado y usurpado con su ferocidad infernal incluso terrenos de mi morada anterior, no pude evitar preguntarme en qué se transformaría todo si llegábamos a morir.
También me pregunté qué sería del mundo -qué destino estático lo recubriría- si fuéramos a vivir, en cambio, eternamente.
Vos simplemente, seguiste caminando.

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