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sábado, septiembre 10, 2011

Azar satánico

Las palabras y los rostros se yuxtaponen como si fueran chistes. Los chistes que solo pueden hacer aquellos que aman hacer reír, ser payasos, vaya, payasos. Los discursos enredados en el pelo y los lunares en los labios se espejan para dar una sola boca y puedo ver hasta en los orígenes de los nombres, ese tic tac insoportable de quienes ven la luz en el mismo año, de quienes abrazan con los mismos brazos a todo el mundo, que también es el mismo.
Una ventana que filtra la luz. Papeles balbuceantes. Me pregunto si fue el humo. El color de los ojos hecho -un poco- pintura. O las comparaciones a la luz de los rosales por la boca que ya no acaricia sobre las veredas que ya no transito: ¿Por qué tuvieron que insinuarlo (mi niño)? La pregunta que se hizo poema y cuento, el mes que me arrastró al abismo fue el que me grabaste con hielo y si las canciones auguran ahogar las mismas penas algún día es porque la pena será la misma, porque solo cuando el mismo amor se rompe, la sangre mancha de la misma manera, las lágrimas inundan los mismos campos. Y todos los archivos en lugar de pudrirse, se hacen eternos. La enredadera se enamora del árbol hasta que son uno y uno es entonces el verdugo, la sombra que pende de las lunas y los ojalás que predicen acuchillar las almas. Los demonios son siempre uno que cambia de máscara. Y hay gente que no importa la máscara, siempre amará al demonio.

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