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miércoles, agosto 10, 2011

(ME ACORDÉ) La paciencia de Florencia

Todos los días en esa esquina. Se paraba al mediodía cuando tenía la media hora de almuerzo, se paraba a la mañana unos minutos antes de entrar. Se paraba a la tarde cuando salía, no importa si debía volver a su casa o seguir con su día: se paraba en la misma esquina todos los días y observaba los rostros que pasaban encapsulados en los colectivos. Solían ser estelas de narices, ojos y cabellos que se detenían a veces a mirar también a esa persona que todos los días estaba ahí, expectante, por unos minutos.
Florencia había aprendido a conocer a algunos de los pasajeros, a indagar de donde venían, hacia donde iban, para qué. Les había inventado nombres y seguro ellos también le habían inventado una historia a ella. Pero los pasajeros, siempre los pasajeros; siempre en los pasajeros se encontraba la ausencia más relevante, el vacío que era la razón para ese observar exhaustivo y obsesivo.
Esa era la avenida. La clara avenida, la única. Era la que iba en sentido al destino que conocía, era por la que transitaban todas esas líneas de colectivo que tenían la respuesta dentro. Pero nunca hallaba esa respuesta, esa visión. La lluvia cálida que solo acontece en julio y diciembre la había encontrado parada, expectante. También el frío, el viento que es siempre en contra, el sol. Miraba la cafetería de la vereda contraria, ya sabía quienes eran los taxistas que estacionarían a la misma hora para tomar el mismo café, leer el mismo diario y mirar a la misma vecina, a la más bonita, que siempre pasaría con su bolsa de verduras y su hijo de la mano, con el guardapolvos de jardín, celeste, la corbata roja, la mochila de las Tortugas Ninjas. Una vez Elena, su siempre risueña pequeña compañera le había preguntado qué hacía todos los días ahí afuera, que mejor comiera que se iba a enfermar, que estaba muy flaca, que más que una manzana necesitás un pollo, etc. Florencia había reído y dicho estupideces sobre hombres y puestos de diarios, luego se había puesto un saco pues el mediodía había llegado y era hora de salir y esperar avistar aquello que nunca había avistado.
La niebla olía a humo y a sudestada, de lejos las luces eran ojos de búhos y de gatos brillando en lo difuso de una nube. Lloviznaban pequeñas partículas de humedad que se adherían a todo y a la vez a nada, los trenes parecían pasar en el oído de uno aunque las vías lejos estuvieran: saturada estaba la ciudad, perdidos los transeúntes que eran cegados y burlados por la meteorología. La densidad del ambiente obligó a Florencia a pararse casi sobre el cordón de la vereda: a una distancia mayor nada era visible más que los propios pensamientos y el olvido alejándose.
El chirrido insoportable del asfalto y el caucho, los pulmones llenándose de nubes, la niebla tiñéndose de rojo, las baldosas inundadas.
Vi a Florencia entonces tendida, muerta. Reconocí a Florencia por su rostro, sus lentes negros rotos sobre su tabique pálido,su cabello desparramado, su pequeña humanidad. Vi a Florencia por primera vez en mi vida -por fin- y grité a mi compañero ¡Es Florencia, es Florencia! y ensombrecida lloré.
No sé si ella, finalmente, alcanzó su cometido, logró verme.

1 comentario:

Reptile dijo...

Seguro que sí, por eso terminó el juego.