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domingo, julio 31, 2011

treinta y uno de julio escritura automática no te mueras

no te mueras con Julio, mi amor, que siempre hay julios bombas que se inmolan para matar amores; no te mueras con Julio que la muerte puede esperar, que el calor no existe que me congelo que me transformo en un globo horrible a punto de reventar. El suelo firme y yo a sus pies, indestructivo (indestructible quise decir) el tapete, el sustento, el vos. Todas las metralletas apuntandome pero ellas no me matan porque la única metralleta ya fuiste, porque las balas solo impactaron en mí y así con ellas incrustadas aprendí a vivir. Porque tu plomo era mi aire, porque mi herida necesaria. Pensar en el mundo naranja amarillo azulejo de la tarde mientras llamas, rememorar esa tarde no tan fría no tan lluviosa no soleada en la que de repente derrapé. Siempre la misma historia: los julios que mueren, los chernobyles (que fueron en realidad uno, pero bueno, veníamos en plural) mi nostalgia puesta en manos de un escritor mayor. El cartel gigante frente a la parada que me aterroriza, la distancia que da picazón, necesitarte y por eso empezar a reconstruir desde el principio toda la historia, yo ahí, yo a tu lado, I'll be there for you and i'm still keeping that promise. There for you eventhough i'm not there, you're not here. Still for you still with you, eventhough the time keeps running but not running out. Oh, time and we fought against it. La inversión de los conocimientos, la multiplicidad; el detalle el instante en el continuum; la repentina sincronía puesta en sucesión sin horas. Aprendí contigo que la vulgaridad de las palabras es una mentira, que podía decir para siempre lo de siempre y seguir creyendo en su originalidad, aunque en el punto final comprendiese que ya todo estaba dicho y así volver a empezar para nunca callar.
Porque el que calla, muere. Porque el silencio mata el juego y el silencio puede existir en un mar de letras de palabras de alfabetos de lenguajes. Porque no se calla incluso callando si seguimos buceando en el desorden universalmente ordenado que existe desde el día en que el chiste, ese chiste, el día de los santos, esos santos, esos santos que jamás, jamás fuimos nosotros.
Porque fuimos tan culpables que se nos lavó la culpa el día en que alegamos haber hecho todo en defensa propia. En defensa de la propia felicidad, si felicidad es la palabra que corresponde. En defensa de la locura, del mejor alimento para los insanos que deciden amarse.
Todo dicho, todo dicho una y otra vez y yo sigo con esta escritura de autómata; falta media hora para las tres de la mañana y la náusea es tan fuerte como siempre, mi náusea crónica brutal amiga. Irrumpir en un cuarto gritando que todo tiene sentido, tanto sentido como el surrealismo de los sueños y la telepatía transocéanica. Que la máquina de los dolores somos nosotros porque la máquina si siente dolor es dulce. Todas esas trivialidades trilladas que, cuando leas, pensarás con razón ya dichas. Todo. Eliminar. Suprimir. ¿Suprimir qué? El vacío. El vacío se asesina llenándose, como el desierto. Saturandolo con gritos. Mis gritos, mis gemidos, mi histeria creativa. Y esta red que es texto. Y estos hilos que son almíbar, que son inconsistencia en el mejor de los estados. Esto que se lee. Esto que recibe un punto. Final.

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