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martes, julio 05, 2011

Segunda persona del singular

Me resigné a recordar todo de vos como otros se resignan a olvidar. Mi imposibilidad era, como le sucedía a cierto personaje muy conocido de nuestra literatura, el olvido. Pero no hablo de un olvido en general, sino simplemente de olvidar todo lo que acerca de vos había coleccionado en mi memoria a lo largo de aquellos verdosos años. Aquí se abre la cuestión del referente, y quizás por eso debería explicar. Pero no voy a hacerlo. Dije verdoso como pude haber dicho primaveral. Que diga verdoso no va a remitir siempre al mismo verde de mi prosa, ni al otro verde. Este es un verde nuevo. Aunque, si lo pienso, supongo que haber dicho verdoso y no verde es una gran diferencia. Vos siempre fuiste verdoso. El verde, siempre verde. Este verde, supongo, carece de sentido o engloba demasiados; para colmo el verde no es, ni por cerca, mi color favorito. El violeta, en cambio, sí. El violeta y después vienen sus connotaciones, que la muerte, que esto, que lo otro. Un día me dijiste que habías comprendido mi amor por el violeta cuando te enteraste del significado mortal de este color. Yo te dije que ya sabía esa interpretación simbólica pero que mi relación con el violeta venía de antes, vaya a saber uno desde cuando, como mi relación con los colores que dan origen al violeta y con los meses en que las lilas -el lila es violeta con blanco, por eso viene al caso- nacen de la tierra muerta (pero acá no, sino allá lejos al norte). También hay otras relaciones que ahora no se me ocurren y con las que acarreo desde hace miles de años. Hay una relación interesante con una seguidilla de letras del abecedario, con el latín o el griego y con alguna que otra vocal primitiva -aunque primitiva no es la palabra, pero no me interesa- que está arraigada a los primeros días de esas relaciones milenarias, aunque yo no lo sabía en ese momento (como tampoco sabía de la importancia de esas cuestiones que iniciaron las relaciones hasta años después, cuando me puse a inventar excusas y misteriosamente tuvieron un sentido tan circular como tenebroso, etc.). Si el verde y el violeta representan algo (empiezan con V; V for Vendetta, la V de la Victoria -para qué explayarme sobre eso-, o Perón vuelve o una letra de tu nombre) puede ser que haya que decir que son colores secundarios. Entonces mis problemas vienen de la secundaria. No, antes, de la primaria, digo, de los colores primarios que componen esos otros dos, de esas oposiciones futbolísticas (pero acá falta el rosa, no me vengan con cuentos) aunque si soy sincera debería admitir que todo viene de antes, del jardín y los jardines suelen ser verdes. Estoy dando vueltas y no llego a ningún lado. Dando vueltas como una calesita, como esa calesita en la que un día giramos y a la semana siguiente vimos asesinar y en la que a los tres años comimos torta o en la que decía que era torta ¿quién? no, decía que vos eras puto pero eso lo decía el tapial que está a pocos metros, el que da a la vereda por la que pasamos caminando por primera vez de la mano el día en que una pareja nos ofreció torta y nosotros dijimos que no, porque yo ya había comido torta ahí, aunque en realidad todavía no lo había hecho. Ese día el pasto estaba crecido, siempre lo está, o lo estaba, dejamos de ir tanto a esa como a la otra plaza; en parte mejor porque en la otra plaza cuando me enojaba mucho con vos o cuando quería verte, si hacía fuerza con la mente te veía y no era agradable, lo mismo si era tu cumpleaños y yo ya te había visto hacía un rato o si te tenía al lado y pensaba "falta verlo nomás" y te veía. Si no te veía, sabía que te iba a ver al día siguiente y si ahí sí, no te veía, lloraba y pensaba en todos los días en que no te iba a ver, empezando por el primero en el que me ibas a decir adiós (a mí no, a todos pero en el todos estaría yo aunque vos lo ignorases) y te fueras y te transformaras en alguien más alto o pusieran tu apellido en el cartel de una obra en construcción durante años y que entonces, cada vez que pasaramos los dos, yo dijera que ahí estaba tu apellido y vos te rieras de mí y te preguntaras (seguro) si yo seguía enamorada de vos aunque jurase que no, que yo estaba enamorada de vos. Seguro te pasa, aunque ahora ya tiraron abajo la escuela, que cuando pasamos por ese lugar que está apenas casi a la vuelta, yo mire la pared (¡verde!) y señale con los ojos un afiche desgastado que publicita un festival pasado en el que -vos no sabés- nos conocimos. Pero ya no lo hago porque ya no hay pared ni festival y porque si te miro te miro a vos, como el día en que te miré de atrás y con el pelo así pensé que eras vos pero no te lo dije; me diste un beso que no me diste como todos los que no me diste, aunque estábamos a una cuadra de tu casa y podrías haberme llevado a tu habitación del color-que-ya-conocemos para contarme que ahí mismo un día vos hablabas de que sí, me conocías, aunque no preguntaste por mí y después te fuiste y cuando te pregunté (estoy segura de haberlo hecho) por esa situación te quedaste un poco perplejo, como me quedé yo cuando me dijiste "mirá" y estabas vos y yo empecé a romper el vaso; fue el día en que recibimos una invitación para una fiesta en la que estabas pero no me prestaste atención (¡nunca, nunca!) y yo sufrí de horribles celos como siempre y sigo sin llegar a nada con esta perorata. Lo que yo quería decir era que me resigné a recordar esos detalles tuyos para toda la eternidad como el personaje conocido de nuestra literatura se resignó a recordar todo. Pero después de toda esta sarta de estupideces Borges se sentiría avergonzado por haberme atrevido -yo- a nombrar a su Irineo en este pobre relato, ¡una vergüenza, una herejía!, como debe serlo sacarle una foto a Borges haciendo pis en un baño de un instituto, para después vender la fotografía aunque eso nunca llegue a suceder. Pero viste, cuando me meto en ese campo tan ajeno a vos, en la bendita intertextualidad para entendidos, parece que ya no estás y sin embargo es desde este campo desde el que te empecé a nombrar, a construir. Si todo lo que quería decirte era lo de la memoria eterna que me ataca respecto a vos (no confundas memoria con olvido, que bien te he olvidado pero no pude olvidar los detalles nimios que obsesivamente recolecté) no sé para qué empecé a decir tantas cosas después. Supongo que esperaba un relato lineal pero no pude trazar esa linea, sucumbí ante el silencio de mi palabrerío como a veces -después de- vos querés que sucumba en el silencio y casi siempre lo hago, o en el silencio que nos hundimos durante más de un año o en ese que nos acecha desde siempre. Bastaba con arrojar a la tinta la primera frase y ya, esa primera frase que se me ocurrió en el trayecto -de una cuadra- que separa mi casa de la parada del colectivo, colectivo en el que había venido llorando por tu ausencia futura y pasada y por el presente; en realidad analizaba el presente, me preguntaba si era el nombre de un tiempo verbal o un participio, y entonces si pensaba en ausencias no sabía en donde meter el presente; la cuestión es que lloraba un poco y después me fijé si estabas en la parada del colectivo pero no (nunca estás) y al entrar a casa había olvidado la frase, tuve que hacer enorme esfuerzo para recuperarla y ¿para qué? ¿para después escribir todo esto que no tiene sentido, que no es para nada interesante?. Que los colores, que los clubes, que los meses (encima estamos en el pérfido Julio que para mí es verde y no me preguntes por qué), que todas esas palabras inútiles para decir nada, la mismísima nada, si al fin y al cabo hubiera sido mejor subirme a algunos colectivos, o buscarle tonalidades a tus ojos o recostarme al lado tuyo, entre las cuatro paredes.
Verdes.

1 comentario:

GTyP dijo...

copado!