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jueves, julio 28, 2011

Santidades






Me había enamorado de su ser cuando el amor era algo que no cabía en mis experiencias posibles, quizás solo en los cuentos que me habían contado, quizás solo en mis padres, mis abuelos, en la televisión. Uno -siendo pequeño- tiene novios o novias inventadas por los vecinos o los jardines de infantes, relaciones inexplicables que quedan en la retina y en la memoria para volver de vez en cuando a cuestionarnos el verdadero sentido, la verdadera posibilidad de sentir amor. Como si no fuera una cuestión de madurez como dicen los que (no) saben sino de imanes, de ojos, de días.
Pero eso no viene al caso. Yo me había enamorado de un ser por la corriente que me arrastró a hacerlo, por amistades, por dichos detrás de columnas de patios en secretos de primaria y uniformes católicos y construcciones hegemónicas. Todo eso me había llevado a enamorarme de la persona de la que todas se enamoraban porque algo debía tener, porque era el deseado, el único, el mejor y todos los adjetivos gloriosos que puedan atribuírsele a una persona de ocho años.
En realidad, no importa que me haya enamorado o no de él. Importa como se llamaba, sin embargo, porque ese fue el día en que comprendí que hay rostros que sólo le pertenecen a ciertos nombres y que hay elecciones que vienen de atrás, vienen del tiempo y de los siglos y que hay nombres impregnados en destinos.

Su nombre era Ibar.

La persona de la que me enamoré tenía un rostro y un nombre, como todas las personas. Cumplía años un día determinado, como todas. Creció a la par mío y también cambió su rostro, su edad. Jamás su nombre. Recuerdo que mi amor nunca fue correspondido, y por eso -claramente- me empeciné en escribirle poemas cuyos versos rimaran con su nombre. En cantarle canciones que contaran con detalle el color de sus ojos y la crueldad de sus actos. Su nombre y sus ojos eran las dos cosas que más me obsesionaban de él; y si digo obsesionaban, si uso ese verbo enfermo, no lo digo por mera poesía o lugar común sino por ser fiel a mi memoria: no podía dejar de pensar en él, ni en su raro nombre ni en sus raros ojos.
En sueños su voz me regalaba presagios, me aseguraba futuros. Despierta, sus manos me negaban caricias, su cuerpo aparecía en cualquier esquina y en cualquier calle; en algún momento creí que había reemplazado al dios en quien creía en ese momento por él, llegué a creerlo dios de toda mi existencia y de todos mis actos. Responsable de mis elecciones. Recuerdo que fue él quien me confirmó en una conversación trivial -aunque no para mí- que mi destino era dedicarme a las leyes, recuerdo que me sorprendí con cierta amargura cuando años más tarde de ese primer enamoramiento hallé en el santoral su nombre, su santo, junto a la fecha de nacimiento de mi nuevo -y ahora correspondido- amor.No podía ser de otra manera: alguien omnipresente, omnisciente, omnitodo (valga la redundancia) debía ser un personaje divino. Le hablaba como puede rezarse, sus visiones eran dignas de un templo en su honor. La divinidad o santidad con la que lo revestí llegaron a preocuparme. A veces, demasiado.

Una tarde de verano encontré en toda mi locura un atisbo de sentido. Buscando inspiración en un libro de pintura, me hallé frente a un rostro conocido que parecía increparme. Su frente, su pose, sus ojos me resultaban no solo familiares sino profundos, clavados en mí. No pude menos que reconocer el rostro del hombre al que tanto había amado en esa pintura añeja. Desesperada despegué mi mirada de la imagen para encontrar, en algún epígrafe, referencias sobre el título, el pintor, el museo que albergaba el rostro gemelo de mi antigua obsesión. El autor, alemán, no me resultaba conocido. Era, supuestamente, el retrato de un santo. El santo de los abogados.
El retrato de San Ibar.



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