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jueves, julio 21, 2011

Recipiente

A un nombre no se le escriben versos,
quizás sí a las personas
que portadoras de elecciones parentales
los visten como si fueran
-realmente-
sus identidades

como si esas palabras
los sustantivos propios arbitrarios
confirieran a cada ser
sus rasgos inalienables
sus cualidades únicas
su poder mitológico insuperable
la bendición de santoral
o la armonía emocionante,
fanatismo musical

Y si los poetas escriben
poemas cuyo título
es un humano nombre
siempre será a un rostro,
siempre será a la musa
pero jamás a las letras
que configuran la locura

pero hoy no puedo ponerle
cara a la palabra que me ata,
que con su mayúscula inicial
como la del abecedario que ostentamos,
renace en cada era, en cada año
en cada etapa
siempre tan magnífica;
tan ancestral tan legendaria,
segundas partes de hombres primeros,
enfermizas mujeres literarias.

vos tu cara tu cuerpo tenían que llevar
en la espalda vislumbrada
por vez exclusiva, ínfima
el nombre, el nombre espejo;
y vos también, aunque nunca cumplí
con la promesa de llamarte así;
y vos que a veces te digo
-hermano electo-
sólo para la histeria, para el teatro;

(y aunque vos no, podrías haberlo sido
no es culpa tuya
-olvido-
que no hayan querido para vos la grandilocuencia
sino lo pequeño, efímero)

y hasta vos
que aparecés con ojos viejos
con sonrisa mimética
con sangre idéntica,
perversidad hambrienta
de pecar dos veces con el mismo apellido

pero de pecar
(aunque entretenimiento imposible mental)
con el hombre de nombre
que vejado supo ser
la justicia
(que nadie pide, nadie clama)
cobraría por fin la deuda
encallada en el mar de años
de genes redondos
de cabellos extraños
de truncos trenes
de repeticiones de antaño.

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