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sábado, julio 23, 2011

Quien solo se rie de sus maldades se acuerda

Cuando Judith cambió su nombre a Alejandra, lo hizo por su propio bien: quería empezar de cero pero sin embargo había mantenido la marca. Dijo -a su mejor amigo, que oh casualidad, compartía su nombre pero con marca de masculino- que lo hacía para poder escribir, para poder publicar. "Y voy a contar la historia que te conté en un colectivo mientras volvíamos de San Telmo" le dijo también.
Esa historia que Oh Casualidad.
Pensó que quien se acuesta con niños amanece mojado y quien pone las manos en el fuego, sabe que puede quemarse. Y rió sola. El que ríe solo de sus maldades se acuerda. Ella no tenía maldades por recordar, pero le encantaba planearlas. A Alejandra que alguna vez fue Judith le encantaba imaginar esas maldades perversas y sucias que, de tanto pensarlas -pensaba- podrían materializarse (como tantas otras, como esa misma pero con otro nombre y otra era).
Sus maldades quería ponerlas en palabras, quería hacerlas literatura porque sabía que una vez le había funcionado el juego de las profecías autocumplidas.
Ah, planear el crimen, hacerlo cuento.
"Después de todo -se decía a sí misma, le decía a su gran amigo- ella sabía a qué atenerse cuando lo eligió. Las tendencias no se matan, voy a sacar jugo".
Entonces comprendió: ella, estúpida enamorada, había elegido (¡también!) el fuego que quema, el peligro incesante. Se había inclinado por el vértigo, por la inseguridad profunda. Judith Alejandra era idéntica a la mujer a la que quería traicionar. El botín a robar no difería demasiado del tesoro que ya tenía. Nada podía hacer, entonces.
Odió, entonces y para siempre, a los genes y los apellidos.

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