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viernes, julio 22, 2011

El volcán era yo.

Te vi cruzando la calle de espaldas (era tu espalda). Después te vi en un barco y luego te vi a través de un vidrio, muerto pero vivo. Llevabas tu campera celeste, era 31 de julio. Sólo te recuerdo ahí, parado, a través de la mampara negra. Te había matado una enfermedad que nadie nombra, que es puro eufemismo, pero estabas vivo y muerto y era 31 de julio. Hacía años que te había gritado con vehemente crueldad en el patio lluvioso y las columnas verdes, pero esta vez sufría porque estabas muerto por mi odio.
Mentira.
Yo no te había matado.
Ese día era feriado. Un feriado de muerte y horror, yo me enteraba de tu deceso sin saber cómo, quizás andando por calles de mi infancia vi tu nombre y vi tu cara y tu campera. Ahí alguien (nadie) me dijo que te había matado un tumor vayaasaberunodonde. Vos no me veías, como siempre. Antes habías estado de espalda cruzando una calle y también en un barco. Otra vez nos vimos un domingo, me dolió no reconocerte con la cara desfigurada por la misma locura que luego empecé a inocularme.
Bueno, quizás no era la misma.
Pero mientras te ponías tu campera a través del enlutado vidrio negro, yo lloraba como lloro cuando escucho las canciones que me hieren. De la misma manera.
Tu campera una vez la colgaste en mi silla. Era octubre, llovía y todavía estaba encendida la estufa. Recuerdo tu desfachatez y luego tu silencio; ahora la campera se posaba sobre tu cuerpo fantasmal y yo me preguntaba qué había hecho (¡yo!) para que te murieses ese día. Lo chistoso -o quizás no tanto- es que al año siguiente la que se murió ese día fui yo, pero vos no te habrás enterado (bueno, te enteraste en el gimnasio, tras el mostrador repleto de tortas; yo llorando y vos aconsejándome, que el amor siempre triunfa, que el destino, tus mentiras). Cuando te moriste juré no volverte a insultar nunca, jamás. No sé por qué lo juré, después de todo tenía derecho. El mismo que tenías vos a no, etc. etc. Al día siguiente, caminando por tu calle, pensé en un diseñador de modas y en su coherente traducción al castellano; entonces recordé tu muerte y no pude más que estremecerme cuando abrí mi regalo de cumpleaños y era un disco de esa banda que tanto te gustaba. Me pregunté sobre el sentido de muchas cosas, de tu muerte, de julio y septiembre, de los discos y las calles y los amores trastocados por la necesidad. Quise buscar tu lápida pero solo encontré tu certificado de defunción en un cuaderno de tapas negras. Como había salido temprano y tenía un pilar más en mi futuro, entré a ver un saco de lana que estaba colgado al lado de un gato gordo negro y blanco. La radio me dijo que estabas vivo y quise llorar, pero el público y las calles y la hora de viaje. Cuando arribé a casa erupcionó el corazón con lava hirviendo que vomité con forma de lágrimas. Con el mismo sabor, también. Se llenó la ciudad de cenizas y durante un mes no salieron los vuelos.
Sí, la culpa fue mía. El volcán era yo.

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