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martes, junio 14, 2011

Silvia

No soporto mirar a todos esos muertos. No soporto que me miren. Me duelen sus ojos pidiéndome ayuda. Cada vez que paso, cada vez que entro, cada maldito día en que me siento al lado de ellos, no puedo evitar fijar mi atención en cada uno de sus rostros, en cada uno de sus nombres, en todas esas muertes difusas sin tumbas sin cadaver; tiemblo ante sus fechas ahí estáticas y sus edades congeladas. Hay una chica de pelo largo y rubio que no deja de llorar sin lágrimas en la foto. Mira a la nada como sabiendo su oscuro destino. Dice tener veinticuatro años, yo le estimo menos. Está ahí, lánguida y triste, sola como todo el resto. Desde una pared me mira. Me pregunto si no me mira desde otro lugar que desconozco. Quiero hablar con ella, preguntarle por qué. Y que me responda por nada. Pero es muda, es gris y muda. Sé sus nombres, su apellido. Su primer nombre es angelical como su rostro lejano, sin embargo prefiero llamarla -como si la llamara, de verdad- por su segundo nombre. Silvia. Silvia -podría decirle- Silvia, eras hermosa. Pero no sé si decirle que era hermosa o que aún lo es. Dejó de tener, ella, tiempo hace tiempo. Años hace años. Dejó de ser.
A veces la imagino caminando por pasillos que yo no conozco. No la imagino, la veo, bajando las escaleras de mármol de un edificio blanco. Oigo su voz, es suave y aniñada, como su pómulos. Cada palabra cae en cascada como su pelo. Lleva colgado de un hombro un bolso, parece pesado. Y se enjuga las lágrimas. Le dice a un amigo que tiene miedo, que es todo injusto y que ya no sabe que hacer. Si seguir, si callar, si gritar. El chico no le responde, la mira con lástima, baja la cabeza, llora un poco también. En el edificio no hay nadie más que ellos y lloran. Es un exceso de terror, es sentir la soledad. Afuera se escuchan murmullos que no llegan a distinguirse. Se escuchan órdenes, se escuchan alaridos horrorosos. Silvia mira a su amigo que la mira también. Se acercan a la puerta pero no quieren salir. Allí no hay nadie y están solos e inseguros. Afuera también lo están. Afuera poco a poco va quedando nadie, también. Nadie en todos lados finalmente quedará. Y si alguien queda -piensan los dos al mismo tiempo- habrá tanto muerto en vida que el verano será gris; y si quedan habrá silentes, habrá cómplices, habrá sordos, habrá huérfanos poblando el país; los que queden van a ser víctimas del miedo (hay gente que muere de miedo), los que queden tendrán siempre algo que no les quedará, por lo menos, la libertad.
Mera pesadilla, Silvia tiene que flanquear la puerta. Su amigo ya no está. Hay sol y una mujer barre las hojas, el diarero toma mate con su hijo y los colectivos no van tan repletos como siempre. Silvia se asoma y es pequeña, delgada, frágil. Camina dos pasos y el viento la desintegra, se la lleva.
Silvia me cuenta desde la pared sin hablar que sí, que se la llevó el viento. "En ese momento, me llevó el viento" me dice. Porque decir otra cosa era llamar a otro viento y que a otro se lleve. Me gustaría responderle lo que sea, pero sé que no me escucha. Ella solo habla con los ojos más lindos y más tristes de la historia. Suelo perderme en otros, pero siempre vuelvo a Silvia. Como buscando algo. Como buscandola.

2 comentarios:

GTyP dijo...

e invento muchas otras cosas tambien. No se si habra sido por la dinamita. Igualmente, es un explosivo bastante util, es el hombre el que lo utiliza mal(!)
Como te enteraste que tengo un blog?

GTyP dijo...

hace como 3 semanas!! xD