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jueves, junio 23, 2011

Marina

Hace un par de días -antes de ayer, en realidad- leí un cuento de Fogwill, el que da inicio a Pájaros de la cabeza. Casi al principio reconocí en él -en el cuento, claro- una evidente alusión a El extranjero. No pude evitar recordar el odio que me produjo, al leerlo, el personaje principal, Mersault. Pero eso es otra historia. La cuestión es que leí el cuento encontrando en él todo lo que hacía de él una reescritura, una adaptación libre, un homenaje o lo que fuera, al libro de Camus. Que el sol, que la madre muriendo, que el viejo siguiendo el féretro, que el viaje que requería faltar al trabajo, que el calor, la transpiración, la aparente indiferencia, el asilo (¡la muerte en el asilo!), la distancia, una muerte en manos del personaje principal (atropellar al ciclista,etc.). Hasta se llamaba Alberto el personaje, como Camus.
Lo que recién hoy noté, al releer las marcas en las páginas para subrayar lo que antes no había podido subrayar por falta de lapicera, fue el nombre de la compañera de Alberto en el viaje, compañera a la que trata con leve indiferencia, o bastante, como si fuera un adorno. La chica se llama Marina. La 'novia' de Mersault, en El Extranjero, se llama María.
Mi mente tembló. La idea, entonces, a alguien se le había ocurrido antes. Digo, la idea de que María sea Marina. La idea. Cruel es la sensación de, una vez más, comprobar que la literatura es mera repetición, que no hay originalidad, que todo es plagio. Yo ahí parada, llamandome María y odiando a Mersault, en parte, por llamarme María, y odiando a Fogwill por llamar Marina a María 30 años antes de que yo lo hiciera, y entonces se podrá leer mi obra, si es que algún día se lee, como un homenaje a Fogwill, en el instante en que fue homenaje a Camus, en el instante en que nos perdemos en el eco. Y quise pensar más allá, que en ese cuento hay mar y Marina es aquello referido al mar, en femenino, aunque en esa parte del cuento no haya realmente mar y cuando hay mar hay Marcta, que después de todo tiene el mar adentro. Y que en El Extranjero hay mar y que hay María y Maria, Maria, Maria, Marium, Maribus, Maribus es la declinación del mar en latín, y que es así porque mar en latín es neutro y en castellano, María es nombre de hombre y de mujer, por lo tanto es neutro, María es de todxs, María todxs, a todxs, hombre-mujer, neutralidad marina, neutralidad con N y si le sacamos la N a Marina, entonces. Una cadena de identidades que se ahogan en las aguas y en las profundidades cavernosas, tenebrosas, heladas como el invierno como las manos, gélida tiniebla húmeda, succionadora de vidas, hábitat de ciegos, de monstruos, de mitologías peligrosas, seductoras, letales. Ser el mar, ser la neutralidad absoluta, el poder caer parada hacia ambos lados de la pared, o hacia ambas orillas hacer olas, mojar la costa. Como si los nombres fueran un chiste, como si las ideas fueran malditas enredaderas vetustas y eternas, como si las aguas fueran el pretérito de todo ser que soy y que disfrazo ser en narraciones que traen palabras que vienen de aquellas del idioma en que soy mar, entonces no escribo sino que asesino o que inundo o que riego y qué más que eso es escribir, matar, humedecer, anegar, fecundar. En toda la cadena de las palabras está todo y cada surgimiento de la historia es un millón de sentidos y colores arrojándonos salidas o entradas a nuevas interpretaciones y nuevos caminos, porque todo fue dicho y todo se dice, porque entonces el lector, y yo no puedo ser autora de las Marías Marinas porque ya las escribió alguien antes y entonces el autor estaba muerto y Barthes tenía razón, entonces con solo repetir me estoy suicidando, estoy certificando esa defunción poética, esa desaparición en la tinta, en la pluma y el papel o las teclas. Con haber agregado una N dejé de ser yo para ser otro eslabón de la eterna cadena. Y yo, sin saberlo, creía seguir siendo yo. El error.

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